Peralicos y Muflones: reconocimiento al esfuerzo y la constancia
Hay metas que se celebran con una medalla. Otras merecen algo más: el reconocimiento de todos los compañeros con los que compartimos kilómetros, madrugones, entrenamientos y aventuras.
El Club Marathon Cartagena mantiene la tradición de otorgar los premios Peralico y Muflón, unas distinciones que reconocen la participación y el compromiso de nuestros atletas representando al club en pruebas deportivas de especial exigencia
Los Premios Peralico distinguen a los corredores que alcanzan hitos maratonianos vistiendo los colores del club: Peralico de Bronce: 1 maratón completada. Peralico de Plata: 5 maratones completadas. Peralico de Oro: 10 maratones completadas.
Por su parte, el Premio Muflón G2 reconoce a los atletas que han completado cuatro carreras de montaña, maratones alpinos, maratones de montaña o trails de larga distancia, entre 42 y 102 kilómetros.
Durante la cena de gala del club, a celebrarse el viernes 19 de junio de 2026, tendremos el honor de reconocer a los siguientes compañeros:
Muflón G2 (42K – 102K) – José Pedro Cegarra Nuñez – Leanne Rebecca Miller Hayhurst – Antonio Pérez García – Pablo Pérez Esparza – Armando Mayordomo García – Francisco Javier García Blázquez – José Francisco Sedes Romero
Peralico de Bronce – Alfonso Martínez Martínez – Carlos Daniel Casadevall – José Antonio Téllez Almodóvar – José Juan Wandosell Amate – José Miguel Navarro Azorín
Cada uno de estos reconocimientos representa muchas horas de entrenamiento, sacrificio, constancia y pasión por nuestro deporte. Detrás de cada nombre hay una historia de esfuerzo que merece ser celebrada.
Además, la Junta Directiva ha aprobado un reconocimiento especial, cuya concesión será anunciada durante la propia cena de gala.
Desde el Club Marathon Cartagena queremos felicitar a todos los premiados y agradecerles que sigan llevando el nombre del club a cada línea de salida y a cada meta. Porque los kilómetros pasan, las carreras terminan, pero el ejemplo y la inspiración que dejan los compañeros permanecen.
¿Se puede irradiar más felicidad? Xtreme Happiness!
Esta foto de Tamara y compañía (juraría que la última vez que los vi correr iban disfrazados de churros y dejando un reguero de azúcar por el asfalto), me encanta porque no hay pose, ni fingimiento, ni exhibición de esas sonrisas que duran lo que dura el selfi. Esto es otra cosa. Una felicidad un poco naif, de pómulos altos y ojos entornados, la cara de quien está a punto de hacer algo que no tiene demasiado sentido bajo un calor de justicia y que, en lugar de arrepentirse, está encantado de la vida. Playa Paraíso, 7 kilometrazos a orillas del Mar Menor. Un junio disfrazado de agosto. WTF?
Si te paras a pensarlo un poco, no hay lógica que lo sostenga. Lo racional, cuando el resol del atardecer todavía te está dando en la cara como un foco en un escenario, es quedarse en una terraza con una caña bien fresquita. Y sin embargo ahí estaban, los de la foto y unos cuantos más, media docena de peralicos, dispuestos a desafiar al bochorno.
La explicación es que el cerebro nos hackea. Cuando corres, y especialmente cuando corres pasándolo mal, el cuerpo monta su propia farmacia clandestina: endorfinas, que son opiáceos que fabricas tú mismo gratis, y endocannabinoides, que son básicamente la razón científica de que correr y fumarse un porro tengan más en común de lo que admitirías ante un juez. El famoso «subidón del corredor» no es un mito que vendan las marcas de zapatillas. Es química real, una recompensa que el organismo te suelta probablemente porque durante doscientos mil años el que era capaz de seguir corriendo cuando ya no podía más tenía una ventaja competitiva que no se premiaba con subir al podio, sino con seguir vivo un día más. Y aquí da igual si corrías detrás de un antílope o delante de un tigre de dientes de sable: la zanahoria y el palo daban el mismo resultado en el Pleistoceno. El que aflojaba se quedaba sin cenar o se convertía en cena, según el caso. Somos los nietos de los que no pararon por una razón o por la otra. Y el premio por no parar sigue ahí, intacto, esperándote al cruzar la meta.
Téllez tellezeando a 4.17/km y decidiendo si cenará solomillo de mamut o costillar de bisonte.Daniel Sánchez Espejo fue 1º en la categoría Jovenes Promesas.Alberto Hernández marcó un ritmo digno de corredores etiopes, a 4.30/km, en la categoría M50M. ¡Enhorabuena!
Aclaremos una cosa. Las V2 eran los cohetes que Hitler lanzaba sobre Londres en el tramo final de la guerra, los primeros misiles balísticos de la historia, una maravilla de la ingeniería puesta al servicio de la peor causa imaginable. Esto que nos ocupa, el VO2max, no tiene nada que ver, aunque lleva tres años bombardeando mi autoestima. Voy a aprovechar que Xavi ha colgado su salida por Murcia (por cierto, enhorabuena por esos 50′ en 10k, ¡quién los pillara!) y que la métrica de marras está incluida (doble enhorabuena por ese 46, una cilindrada digna de una Harley Davidson) para explorar un poquito el concepto, que se ha puesto de moda en el mundo runner, no sé si justificadamente.
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que salías a correr, volvías, te duchabas y te tomabas una cerveza sin haber generado un solo dato en todo el proceso. La carrera te pasaba por las piernas y se quedaba ahí, en las piernas y en la memoria, sin convertirse en una hoja de cálculo. Hoy vuelves de correr y te espera un informe de autopsia forense: los vatios que has movido, como si fueras una lavadora centrifugando; las pulsaciones máximas y medias; las calorías quemadas calculadas hasta la unidad, mil setenta y siete clavadas en el caso de Xavi; las horas que tienes que descansar antes de volver a salir, no vaya a ser que te dé un vahido; y en una esquinita, el VO2max, imponente y misterioso. Con su decimal, además.
El decimal tiene su miga. Un VO2max de 46 sería una estimación, algo a ojo, una cifra de la que se puede dudar. Pero un 46.1 ya no se discute. Ese punto uno es lo que separa lo que se intuye de lo que se ha medido, y se lo pone el reloj precisamente porque no ha medido nada. Es el equivalente numérico del cuñado que te suelta «te lo digo yo». No sabe de qué habla, pero el aplomo con que lo dice te desarma.
A todo esto, qué es el dichoso número. Es la cantidad máxima de oxígeno que tu cuerpo es capaz de tragar, repartir y quemar en un minuto antes de echar la pota, totalmente reventado. Ni un esfuerzo cómodo ni uno duro: el último, el que no admite continuación. Viene a ser la cilindrada de tu motor, y aquí el parque móvil es de lo más variado. Hay quien es una Harley, como nuestro Xavi, con sus mil centímetros cúbicos atronando, capaz de subir el Calvario con una sonrisa en los labios. Y luego estamos los que somos un Seat Panda, y no hay manera de metamorfosearnos en un Seat Ibiza, por alguna razón que supongo que tiene que ver con la edad, que no perdona (por lo menos a mí, otros peralicos tienen bula) pues la cifra no se menea desde hace tres años, cuando volví a correr, a pesar de todo lo que entreno, que no es mucho, pero es mucho más de lo que hacía cuando solo me dedicaba a darle a la tecla. Vivo instalado en un 35 eterno, ese Panda con modestas aspiraciones de Ibiza, cuando en el fondo de mi corazón yo siempre he querido ser un Seat León de los que hacen trompos en las rotondas.
Lo gracioso es cómo se mide de verdad. La prueba auténtica es en un laboratorio, corriendo en una cinta con una mascarilla de buzo enchufada a un tubo que recoge cada bocanada que sueltas, mientras un señor con bata blanca te va subiendo la velocidad escalón a escalón y tú piensas que ya no puedes más y el señor sube otro escalón. El señor de la bata no está ahí para animarte. Está ahí para que no la palmes encima de la cinta, que es distinto. Tú corres hasta que el oxígeno que consumes deja de subir aunque te dejes la vida, y ese techo, ese «hasta aquí, por mucho que sufras no entra más aire», es tu VO2max real. Duele, cuesta una pasta y produce arcadas. Lo del reloj es más bien un truco de feria. El reloj no puede medir tu oxígeno, así que hace lo que puede: te mira el pulso, te mira la velocidad, sabe los años que tienes y lo que pesas, y con eso aplica una fórmula deducida de miles de pringados que sí pasaron por el laboratorio para adivinar cuánto oxígeno consumirías tú si te hubieran metido allí. Una corazonada con coartada estadística.
Y conste que algo mide. No quiero hacerme el listo que desprecia lo que no entiende. Es una brújula, te da una orientación… Pero de ahí a que sea un oráculo y motivo de conversacion de vestuario, va un trecho. Pero bueno, es como lo de las zonas, que las hay con numericos y con colorcicos, y los umbrales, que los hay según pulsaciones y según ritmos, cuando era el señor del mazo de toda la vida el que te arreaba cuando te pasabas de optimista. La industria se saca de la chistera métricas y los relojes las incorporan y, bueno, habría que mirarlo, pero a la gente le sigue petando la patata si no tiene un poco de sentido común, que eso no lo miden los relojes.
Dicho lo dicho. Peralicos y carreras. El tiovivo sin fin…
Cross de Alumbres
Cedamos la palabra a José Antonio Téllez: «Tres años me había inscrito en el Cross de Alumbres y ninguna de esas tres ediciones pude correrlo por llegar lesionado. Bonito y exigente cross veraniego aquí al lado de casa. He visto una crónica de una edición de hace años, en la que participaron ¡34! peralicos. Hasta se llevaron el premio al club más numeroso».
Y en el turno de réplica, Daniel comentó: «No solo eso, sino que además diseñamos el primer recorrido. Yo no lo corrí nunca, excepto ese año que hicimos el primer reconocimiento. No me quería retirar sin correrlo, el año pasado estuve inscrito y no pude ir, así que este año me he quitado la espina. Me pareció bastante duro, claro que también uno tiene una edad. Y encima cometí un error de principiante: con zapatillas de asfalto no se puede hacer este cross.»
Téllez consultando su VO2 max: sospecho que nivel Aston Martin.En su salsa, one more time…Uno diría que es Daniel, a contraluz, allá en lo alto. Y eso que se equivocó de zapatillas…
Gran Fons Massanasa
Armando Mayordomo se plantó en la localidad natal de Seguridad Social para correr un 15k. No he podido verificar su tiempo en la clasificación oficial. Quedo pendiente para actualizar.
«Por la mañana yo me levanto / Y voy corriendo desde mi cama / Para poder ver a esa chiquilla / Por mi ventana…»
Binter Night Run Murcia
Xavi se vino arriba, literalmente. Y eso que el hombre estaba resfriao…
Cross Campo de Cartagena – La Palma
Téllez sufriendo entre brócolis. O lo que fueran…
10K Santa Pola Summer Race
Love is in the air…
En la web oficial tampoco salen los tiempos, pero el LOVE02 max de esta parejita batió todos los récords.
Preparados para sudar la camiseta, um… camisetas… 4 modelos diferentes para 6 valientes.Calentando con el sargento de hierro para evitar recalentamientos en las rampas.
El Monte Calvario no es un sitio donde se vaya a pasarlo bien. Esta carrera no es un 10K, es un dolor de muelas con rampas que rozan el veinte por ciento, una bajadita traidora a mitad de subida para que te confíes justo antes de hundirte, y un tramo final que se empina por encima del once por ciento mientras a tu derecha el Mediterráneo te mira con la indiferencia de quien lleva tres mil años viendo sufrir gente. Yo solo he subido esa rampa con palitroques nórdicos o como se llamen, en la RDLF… Y una vez que me fui con la cámara de fotos para hacerle un reportaje a las mujeres que suben a la Virgen en procesión. No me preguntéis qué Virgen porque no me acuerdo… Pero estaba lloviendo e iba envuelta en plásticos. Este 31 de mayo no llovía, o sea, el sol caía a plomo.
Por si la vista del mar no bastara para ponerte filosófico, la subida pasa bordeando el cementerio de Santa Lucía, que con las pulsaciones a las que va uno por ahí y la temperatura que alcanza el radiador no es precisamente el panorama más sosegante: te da tiempo a ir escogiendo nicho, comparando orientaciones y calculando si te llegará para uno con vistas. Seis peralicos salieron del Arsenal tan campantes y se metieron ahí dentro, como quien se mete en el horno de una pizzería para comprobar que la masa está crujiente. Ellos son así…
Abrió Miguel Pérez Saura, que firmó un 41:54, que ahora no sé cuánto es exactamente, pero es a toda hostia el km; eso sí, vigilando siempre la hidratación. ¿Cuestecillas a mí?Detrás, Fernando Daniel Quesada que paró el reloj en 47:45, a 4:46.1º de la UPCT, 5º Vet-B. Oh yeah!Toni Pérez entró en 55:15 en la meta del muelle de la Curra. Como si tal cosa.Pablo Pérez Esparza entró justo después en 56:16. Aquí nos da el OK con el pulgar, pero esa mirada perdida… No sé yo.Xavi Marcillas, que parece que iba contándose chistes, no rompió la barrera de la hora por los pelos, 1:00:03. (Bajar de la hora en un 10k es una de las tareas que tengo pendientes, pero os aseguro que no lo intentaré en el Calvario).Y luego, cerrando la representación peralica, en 1:12:58, Leanne Miller Hayhurst.
Aquí empieza lo bueno. Porque Leanne cruzó la meta del Calvario ya repuesta de su lesión y con una sonrisa que en las fotos parece de spot de protector solar. Yo, al día siguiente, dejé el coche en el taller y volví a casa corriendo tres kilómetros llanos con el mismo calor, y llegué con cara de haber discutido con la muerte y haber perdido por penaltis (como su sagrado Arsenal, dicho sea de paso). Sorry Leanne! Pero ganásteis la Premiere… Congrats Leanne!
Ese penalti a las nubes duele menos cuando los tuyos te esperan en la meta…
El secreto de la sonrisa no estaba en las piernas, estaba en la meta. Allí esperaban los suyos con una cerveza fría, y Pablo —que un rato antes había sufrido de lo lindo— le tendió la birra antes de que a Leanne le diera tiempo de apagar el reloj. Esa es la jerarquía real de prioridades del corredor popular: primero la cerveza, después las estadísticas. El Strava puede esperar; la espuma, no. Le pregunté qué tal y me dijo, palabras textuales, que lo más bonito de toda la carrera fue ver a los peralicos esperándola. North London forever and ever South Calvario!
Mientras uno corre piensa en el ritmo, en el del dorsal de delante que no hay manera de cazar, en si la rodilla va a aguantar. Pero no suele pensar en la suerte que tiene… La Asociación de Párkinson de la Comarca de Cartagena lleva desde 2003 peleando una guerra de las que no salen en los titulares. Mi tío Tano, que le ha dado a la bici toda la vida, lleva años con párkinson y durante una temporada seguía escapándose a escondidas de su mujer a echar unos kilómetros, hasta que empezó a caerse. Hoy tiene una bici estática metida en el taller de carpintería y le da a los pedales como puede, y mientras pedalea la cabeza se le va a aquellas salidas multitudinarias por las carreteras de los tubos de Orihuela, cuando las piernas hacían lo que él les mandaba.
A estas alturas ya cuesta distinguir entre las carreras solidarias de verdad de las que llevan la palabra «solidaria» como reclamo de marketing. Esta es de las de verdad. Asociación local, tres modalidades para que quepa todo el mundo (los 7K, una marcha senderista y las carreras infantiles), y una inscripción modesta que va donde tiene que ir, que es a pagar fisio y logopeda para vecinos de la comarca con nombre y apellidos.
A la segunda edición de la Run for Parkinson 7K se presentaron cinco peralicos. Abrió plaza Noel Cegarra, nuestro influencer, segundo de su categoría con un crono de 26:31 que da un ritmo de 3:47 el kilómetro. Detrás llegó Antonio Gil Risueño, tercero en la suya, parando el reloj en 29:01. Dos cajones en una sola mañana. No está pero que nada mal.
Completaron la representación Ángel Conesa (32:31), que le mojó la oreja en su particular pique conyugal a Paola Montijano (33:44). Y cerró José Pedro Cegarra (36:55), cada uno a su ritmo, aunque el ritmo era lo de menos, porque de lo que se trataba era sacar a la calle una enfermedad de la que la mayoría de la gente solo sabe que te da por temblar.
Noel ya es un fijo en el podio.Estos dos con la satisfacción de los deberes hechos: una mañana solidaria y relamiéndose pensando en el premio culinario que la abuela Pepa les habrá preparado.
Plantéese el siguiente problema. Un señor de 72 años se presenta a la carrera de montaña más dura de la provincia de Almería. La misma que ya ha corrido doce veces. La lógica, la física y su médico de cabecera dicen que este año debería tardar más que el anterior (si es que la termina): un año más en las piernas, un año más de desgaste. Pero hay que tener en cuenta el factor peralico… ¿Cómo se resuelve esta ecuación?
T(72) = T(71) + desgaste − k·(peralico)
Donde desgaste es lo que el calendario suma cada año, y k·(peralico) es la constante que nadie sabe medir pero todos en el club hemos visto funcionar.
Hay carreras que se corren una vez por curiosidad, otras por capricho, y luego está la subida de Armuña (de la que jamás en mi vida había oído hablar, lo que no quita para que sea la más dura y exigente de toda la provincia de Almería). Leandro Miras, nuestro Leandro, procónsul peralico en Águilas junto a nuestro Fernando, la ha corrido doce+una veces. Que ya no es afición, es una provocación.
Nos cuenta Leandro que son 21 kilómetros largos de asfalto que arrancan en Armuña, atraviesan Tíjola y Bayarque y van trepando hasta las alturas de Bacares, un pueblo precioso que se gana cuesta arriba y a base de piernas. Eso dice, de piernas. Yo sospecho que también de corazón, de cabeza y de otra cosa que empieza por c (aunque también puede empezar por o). De los 64 que tomaron la salida, solo 55 cruzaron la meta. Leandro fue uno de ellos, y no de cualquier manera: subcampeón en Veteranos H, con un crono de 2:23:24 y catorce minutos arrancados a su propia marca del año pasado.
Hasta aquí, bravo.
Y a partir de aquí… Pues no sé, no creo que haya palabras. ¿Probamos con números entonces?
Leandro se ha merendado la subida de marras a los 72 años. Voy a repetirlo en inglés y despasico, porque hay gente de treinta que pide un Glovo para que le suban la cena del bar de enfrente. Seventy two. «La edad solo es un número», explica Leandro. Y se queda tan ancho. Pues sí, pero vamos, depende. Como explicación, no me parece convincente. ¿Qué es la edad? ¿Un estado mental? Pues tampoco lo tengo muy claro, lo del estado mental me parece, en muchos casos (el mío, sin ir más lejos), wishful thinking, pretensiones de alguien que se niega a aceptar la cruda realidad de que el tiempo pasa. Vale. ¿Qué demonios es la edad entonces? Básicamente, y a ciertas edades, la edad es una putada. Pero hay gente como Leandro, que se sube al podio y después se come la paella que pone la organización en buena compañía con otros «privilegiados», como él mismo dice, que han participado y (algunos) terminado una carrera que no es apta para pusilánimes.
Sí, es un privilegio llegar a los 72 haciendo tales barbaridades. Y esperamos que repitas el año que viene, Leandro, que serán 14. No hace falta que hagas récord otra vez. Te lo puedes tomar con calma… O no. Lo que te pida el cuerpo.
Leandro, en el podio de la Olimpiada Matemática del valle de Almanzora.
La solución
T(72) = T(71) − 14 min
El factor peralico no solo compensó el desgaste: se lo comió entero y dejó catorce minutos de propina. Resuelta la ecuación, subcampeón en Veteranos H, y demostrado que la k peralica es la única constante de la física que mejora con la edad.
El vídeo se ha viralizado esta semana. Una mujer trota bajo la lluvia con la camiseta rosa empapada en la última Carrera de la Mujer de Madrid, del pasado 10 de mayo. Alguien le acerca un micrófono y le pregunta qué porcentaje de su inscripción cree que se dona a la lucha contra el cáncer de mama. Ella, que está corriendo precisamente por eso, contesta lo que contestaríamos todos: la mayoría. La mitad por lo menos. Algo decente. Le dicen que es alrededor del uno por ciento de lo que factura la empresa organizadora en un año. La cara que se le queda es la cara de quien acaba de entender, en mitad de un kilómetro tres con las piernas pesadas, que la han estafado.
La empresa se llama Sport Life Ibérica. Organiza un circuito de nueve ciudades entre marzo y septiembre. El año pasado pagaron por sus dorsales ciento diez mil mujeres. El dorsal más barato cuesta 13,95 euros (que no es mucho, dicho sea en su favor, dados los precios que se manejan ya en las carreras). La compañía dice que dona el veinte por ciento de los ingresos netos por inscripciones, lo cual suena estupendamente hasta que te paras a mirar lo que significa «ingresos netos por inscripciones». Significa que primero deducen los gastos de organizar la carrera, que son básicamente todos: alquileres, montaje, seguros, sueldos, impuestos. Y del trozo que queda, donan el veinte. 264.967 euros en 2025, según las cuentas que publican en su propia web. La asociación Teta y Teta, que es la que ha grabado el vídeo, sacó la calculadora y comparó esa cifra con los ingresos totales de la empresa de comunicación, casi once millones. De ahí sale el uno por ciento famoso. La cuenta es discutible, claro, porque Sport Life Ibérica hace muchas otras cosas además de esta carrera, pero el orden de magnitud sugiere que estamos hablando de calderilla maquillada con un lazo rosa.
Hay que decir también, nuevamente en favor de la empresa, que la lista de organizaciones beneficiarias es larga. Treinta y seis entidades. Suena a un despliegue de generosidad. Hasta que ves que de esas treinta y seis, veintitrés no reciben dinero. Reciben «cesión y montaje de stands». Es decir, una mesa con un cartelito en la feria del evento. La empresa monta el stand de todas formas porque es el evento que está organizando, y luego se anota como donación lo que le cuesta cuatro tableros de aglomerado y una bandera. ¿Marketing convertido en filantropía? La Asociación Española Contra el Cáncer sí recibe un buen pellizco, casi 96.000 euros, y eso hay que reconocerlo: la principal beneficiaria existe y cobra. Ahí no me meto. El problema es otro. El problema es ese veinte por ciento de la cifra global que se desinfla cuando lo miras de cerca.
A ver, soy perro viejo en prensa, treinta años trabajando en periódicos y revistas, y el truco me lo sé. Me lo sabía, pero necesito pensar que en nuestras cosas del correr, que las hacemos porque queremos y nos dan tanto gozo y tanto sufrimiento, no se nos tome por tontos. O sea, ya estamos pagando precios por inscripciones que empiezan a parecerse a los que se pagan en los conciertos. O más, si tenemos en cuenta los paquetes «turísticos» para ir a las grandes carreras, donde conseguir dorsal en el sorteo es casi tan probable como que te toque el Gordo de Navidad, pero hay empresas que te lo ponen todo, dorsal incluido, y te cobran como si fueras Elon Musk. Es cuestionable y merecería un debate y una buena reflexión. Pero esto es otra cosa.
La causa social es uno de los pegamentos más eficaces que existen en publicidad porque desactiva el espíritu crítico del consumidor en el primer segundo. No estás comprando una inscripción a una carrera popular de seis kilómetros: estás «luchando contra el cáncer». No estás pagando catorce euros por correr media hora un domingo por la mañana: estás «apoyando la investigación». La transacción comercial desaparece debajo del verbo emocional, que es siempre un verbo grande y digno, y al final del proceso la corredora se va a casa con la sensación de haber contribuido a curar a alguien. Ha contribuido, sí. A los beneficios de Sport Life Ibérica, principalmente. Y de paso a la AECC, en una cantidad que es real pero que tampoco va a financiar el laboratorio que investigue la cura definitiva.
El término técnico es pink washing, lavado rosa, y procede del greenwashing que se inventó hace veinte años para describir lo que hacen las petroleras cuando ponen un molino de viento en su anuncio. Coges un producto o un servicio, le pegas una capa de barniz solidario, calculas el mínimo que puedes donar para que el barniz se sostenga legalmente, y vendes más caro lo que ya ibas a vender de todas formas. Existe el lavado verde, para el medio ambiente, que en las carreras populares es especialmente cómico cuando ves tres mil botellas de plástico y ochocientos geles tirados en el suelo cinco metros más allá del cartel de «evento sostenible». Existe el lavado naranja para la violencia de género, el morado para el feminismo en general, el de todos los colores del arcoíris para junio. La paleta del marketing con causa es amplia y se actualiza cada temporada.
Lo que dice Marina García Canedo, la portavoz de Teta y Teta, en el artículo de El País que ha provocado este desahogo que ya me perdonaréis, resume el asunto con una claridad meridiana. «¿A quién le estamos pidiendo que nos cuide? ¿A una marca de compresas o al Ministerio de Sanidad? Si falta dinero para investigar, hay que pedírselo al Gobierno.» Esto, que parece una obviedad, es exactamente la cosa que el marketing solidario está diseñado para que no pienses. El marketing solidario te traslada la responsabilidad: si el cáncer de mama no recibe fondos suficientes para investigación, no es porque los presupuestos sanitarios sean los que son, es porque tú no estás comprando suficientes paquetes de compresas con el lacito. Si los pacientes no tienen tratamiento adecuado, no es porque el sistema esté tensionado, es porque tú no te has apuntado a la carrera. La culpa se privatiza junto con el remedio.
Lo de las carreras solidarias de verdad es otra cosa, y no hay que confundirlas, porque las hay y son maravillosas. Las organiza el club de un pueblo o una asociación de barrio para una causa que les toca de cerca, normalmente con nombre y apellidos: un niño del vecindario que necesita un tratamiento, una familia que se ha quedado sin nada, una enfermedad rara que en el hospital de referencia ni saben pronunciar. Son cuatro voluntarios sudando con las pancartas, una inscripción modesta que cabe en un billete pequeño, cuestas que te ponen contra las cuerdas, un megáfono y un cartel pintado a mano. Al cabo de unas semanas se publica en redes o en el bar del pueblo el desglose de lo que ha entrado y lo que ha salido, con las facturas si hace falta, porque a esa escala no hay nada que esconder. Eso es solidaridad sin pretensiones, sin presentadores de televisión, sin agencia de eventos. Y no siempre da para una camiseta técnica molona.
¿La Carrera de la Mujer es una carrera solidaria? Habría que discutirlo. Lo que no es discutible es que se trata de un evento deportivo comercial con un componente solidario calibrado al milímetro. La empresa lo reconoce en su propia respuesta a El País: «No se ha presentado nunca como una carrera benéfica ni como una ONG. Su objetivo principal desde el inicio ha sido fomentar la actividad física entre las mujeres.» Estupendo. El problema es que la inmensa mayoría de las ciento diez mil corredoras de cada año cree otra cosa, y ahí está el truco. La empresa no te miente en el contrato. Pero no es clara en las formas ni diáfana en el fondo. El color rosa hace el trabajo que la letra pequeña no haría nunca, porque el rosa lleva décadas asociado al cáncer de mama y nadie pone un cartel debajo aclarando que el color es solo color. La asociación visual es el contrato verdadero. Y ese contrato visual dice una cosa que el contrato legal no dice.
Lo más triste de todo esto es a quién va dirigido. No a un consumidor cualquiera buscando una zapatilla más blanda o más reactiva… A pacientes oncológicas, a sus hijas, a sus hermanas, a sus amigas, a sus madres (y sé de lo que hablo porque lo vivo en la familia de mi mujer por partida doble, dos de sus tías han sobrevivido, no sin secuelas, ambas mastectomizadas, problemas en los brazos… y porque mi suegra murió con 32 años de un cáncer de mama). A las personas más vulnerables al argumento de que correr seis kilómetros un domingo puede salvarle la vida a alguien. Esas son las clientas perfectas del lavado rosa porque pagan sin pensarlo dos veces, vuelven cada año, hablan a sus conocidas y propagan la mística del evento sin cobrar comisión. Sport Life Ibérica no solo ha hecho ‘target’, por usar la jerga, en un público fiel. Ha encontrado un público doliente.
¿Significa esto que no haya que correr la Carrera de la Mujer? Cada cual sabrá. Hay quien irá porque le gusta el ambiente, porque su madre murió de esto y necesita el ritual, porque va con la cuadrilla, porque seis kilómetros un domingo de mayo siempre vienen bien. Todas esas razones son perfectamente respetables. Lo único que pediría yo, después de leer el artículo de esta mañana, es que nadie vaya creyendo que está donando. Lo que estás haciendo, con todo el cariño del mundo, es pagar una inscripción a una empresa que organiza eventos deportivos y obtiene beneficios de ello, y que de paso te permite contarte a ti misma una historia bonita. Si lo que de verdad te importa es que ese dinero llegue a la investigación, hay una solución sencilla: te ahorras los catorce euros, los donas íntegros a la AECC, sales a correr seis kilómetros sola por nuestro bonito exoplaneta un día cualquiera, y has hecho exactamente lo mismo pero sin alimentar el sistema. Lo más probable, además, es que esos catorce euros den para más horas en el laboratorio que los dos euros y pico de tu dorsal, si de verdad se dona el 20 por ciento y no el 1.
Joder, siento la chapa eh, pero hay días en que uno se pregunta si el negocio del running merece la pena que te dejes los cuartos. Que conste que no me parece mal que haya empresas que ganen dinero vendiendo las zapatillas, los geles, los relojes, los dorsales, el cronometraje. Estoy encantado de pagar un precio razonable. Pero no que se forren a nuestra costa.
Ya no se llama Mapoma, pero nos da igual. La Maratón de Madrid, para nosotros, siempre será Mapoma. Y está totalmente imbricada en la historia del club. Armando Mayordomo, que es otro de nuestros corredores inagotables e inabarcables, corrió este año y su participación despertó nostalgias en el WhatsApp. Yo mismo tuve mi momento de introspección, recordando viejos tiempos.
Armando, en el Parque del Retiro (2026). Uno entre 47.000 corredores, pero el uno que nos importa.Armando, en el Parque del Retiro, después de marcar 3.44.24 en 2022, edición en la que también corrió Camero.
Y aquí mi momento de introspección…
Mapoma, 1984. Yo estuve ahí. Volveré…
He hecho un pacto conmigo mismo. Fue el 7 de mayo, el día que cumplí 60. Mi único aliciente de haber llegado a tan venerable edad era subir al podio en alguna carrera popular, ahora que soy el más jovencito de los M60 y, de rebote, del resto de veteranos. Pero, francamente, las medallas están caras, carísimas, jajajaja… Estos cabrones están hechos unos chavales y corren que se las pelan, dicho con el debido respeto. Así que lo descarto. Y reconfiguro mis objetivos.
Voy a volver a correr la Maratón de Madrid, no sé cuándo, porque hoy por hoy no estoy preparado. Primero me he propuesto bajar de 1 hora en 10K, luego hacer una media decente, luego una maratón llanita en menos de 5 horas…
Y un día, antes de morirme, volveré una primavera a Madrid. Y haré el equivalente a bajar de 2 horas en la maratón. La marca mítica para la humanidad que se batió hace nada…
Batiré el récord de este chaval…
Puede que nunca lo consiga, es lo más probable. Pero es oficial. Tengo un pique. Y no hay nada más motivador que competir con uno mismo.
Lo grita Máximo en mitad del bosque germano, con la niebla colgando entre los pinos, la primera línea de los suyos apretando los escudos y su fiel perro a los pies de su no menos fiel caballo. Dentro de tres semanas estaré recogiendo mi cosecha. Imaginad dónde estaréis, y así será.
Yo no sé qué tiene esa escena de Gladiator, pero cada vez que la veo se me eriza la piel. Si os encontráis solos, cabalgando por verdes campos con el sol en la cara, no os preocupéis. Estaréis en el Elíseo, y ya estaréis muertos. ¡Hermanos, lo que hacemos en vida resuena en la eternidad! Y entonces te bajas del sofá, te atas las zapatillas y resulta que la eternidad eres tú a punto de salir a correr la Arx Asdrubalis con el ritmo cardíaco a ciento veinte sin haber dado todavía un paso.
Y cuando pasas por el Palacio de Asdrúbal (se supone que estuvo ahí) a la luz de las antorchas, subiendo el Cerro del Molinete y buscando el templo de Asclepio, te entra un escalofrío que te transporta directamente al año 218 antes de Cristo. A mí me pasó, hace dos años, cuando la corrí, bueno, la corrí y, sobre todo, subí y bajé cientos de escalones, la madre que los parió. ¡Nadie me avisó de las escalinatas!
Que conste que no tomo partido, ni por los Cartagineses ni por los Romanos. Me parece un desperdicio elegir bando porque ambas civilizaciones me aportan. Soy descendiente de Aníbal y de Escipión, ahí es nada. Lo más bonito del asunto es que esos dos tipos que se pasaron veinte años matándose se admiraban sin rencor, como se admiran los rivales serios, los que saben lo que le ha costado al otro llegar hasta donde ha llegado. Y se vieron en persona dos veces, está documentado en Polibio y en Tito Livio. La primera, la noche antes de Zama, entre los dos ejércitos, con un intérprete entre ellos: Aníbal le ofreció a Escipión un tratado de paz y Escipión se lo rechazó porque, bueno, sabía que Anibal estaba perdido. Y Aníbal también lo sabía… La segunda, años más tarde, en Éfeso, en la corte de Antíoco de Siria, los dos viejos ya, derrotado uno y consumido el otro por las envidias del Senado y del Consejo de Sufetas, respectivamente, traicionados por los familias que se habían mantenido al margen mientras ellos les sacaban las castañas del fuego.
Los imagino charlando como dos jubilados en una terraza. Inevitablemente contando batallitas, o más bien batallazas. Escipión le preguntó a Aníbal a quién consideraba el mejor general de la historia. Aníbal contestó que Alejandro. ¿Y el segundo?, se mosqueó Escipión. Pirro de Epiro, contestó Aníbal. ¿Y el tercero? Yo mismo, soltó el cartaginés con todo el morro del mundo. Escipión, según cuenta Livio, vio que iba de coña y se rió y le preguntó qué habría dicho si le hubiera vencido en Zama. Y Aníbal, sin mover un músculo de la cara, le contestó que entonces se habría puesto el primero, por encima incluso de Alejandro. En fin, tenían los egos subiditos, pero podían permitírselo.
En cuaquier caso, fratres, hermanos, compis. En especial, los veinte extraordinarii que corrísteis la Arx Asdrubalis 2026. Y una mención para nuestros cronistas gráficos por sus fotazas: Madeleine y Miguel.
¡Fuerza y honor!
Legión de Castigo. Supervivientes de la batalla de Cannas buscan su redención ante el Senado.Un mix cartaginés de mercenarios, honderos y númidas. Algunas caras resultan familiares, pero en las pelis de romanos los extras son universales. Madeleine, organizando un retrato formal.Tres generaciones de gladiadores.Pablo en pleno esfuerzo. ¡A 4.15 el zagalico!Nuestro cuestor, con cara de que no le cuadran los balances.Paulus Informaticus, sufriendo el Molinete.Ángel Escipionis y asumo que Pao Emilia en su estela…Alberto, capaz de sonreir a 5.04/km.Montalbán, nuestro aguerrido triario, los veteranos que solo entraban en batalla cuando la cosa estaba jodida de verdad.Mayte, deslumbrante.Josephus Antonius excelsus.Aníbal e Himilce.Luisa, encaramada a lo más alto. ¡Primera en M60F!
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