Correr en rosa

Foto: Ricardo Rubio / Europa Press

El vídeo se ha viralizado esta semana. Una mujer trota bajo la lluvia con la camiseta rosa empapada en la última Carrera de la Mujer de Madrid, del pasado 10 de mayo. Alguien le acerca un micrófono y le pregunta qué porcentaje de su inscripción cree que se dona a la lucha contra el cáncer de mama. Ella, que está corriendo precisamente por eso, contesta lo que contestaríamos todos: la mayoría. La mitad por lo menos. Algo decente. Le dicen que es alrededor del uno por ciento de lo que factura la empresa organizadora en un año. La cara que se le queda es la cara de quien acaba de entender, en mitad de un kilómetro tres con las piernas pesadas, que la han estafado.

La empresa se llama Sport Life Ibérica. Organiza un circuito de nueve ciudades entre marzo y septiembre. El año pasado pagaron por sus dorsales ciento diez mil mujeres. El dorsal más barato cuesta 13,95 euros (que no es mucho, dicho sea en su favor, dados los precios que se manejan ya en las carreras). La compañía dice que dona el veinte por ciento de los ingresos netos por inscripciones, lo cual suena estupendamente hasta que te paras a mirar lo que significa «ingresos netos por inscripciones». Significa que primero deducen los gastos de organizar la carrera, que son básicamente todos: alquileres, montaje, seguros, sueldos, impuestos. Y del trozo que queda, donan el veinte. 264.967 euros en 2025, según las cuentas que publican en su propia web. La asociación Teta y Teta, que es la que ha grabado el vídeo, sacó la calculadora y comparó esa cifra con los ingresos totales de la empresa de comunicación, casi once millones. De ahí sale el uno por ciento famoso. La cuenta es discutible, claro, porque Sport Life Ibérica hace muchas otras cosas además de esta carrera, pero el orden de magnitud sugiere que estamos hablando de calderilla maquillada con un lazo rosa.

Hay que decir también, nuevamente en favor de la empresa, que la lista de organizaciones beneficiarias es larga. Treinta y seis entidades. Suena a un despliegue de generosidad. Hasta que ves que de esas treinta y seis, veintitrés no reciben dinero. Reciben «cesión y montaje de stands». Es decir, una mesa con un cartelito en la feria del evento. La empresa monta el stand de todas formas porque es el evento que está organizando, y luego se anota como donación lo que le cuesta cuatro tableros de aglomerado y una bandera. ¿Marketing convertido en filantropía? La Asociación Española Contra el Cáncer sí recibe un buen pellizco, casi 96.000 euros, y eso hay que reconocerlo: la principal beneficiaria existe y cobra. Ahí no me meto. El problema es otro. El problema es ese veinte por ciento de la cifra global que se desinfla cuando lo miras de cerca.

A ver, soy perro viejo en prensa, treinta años trabajando en periódicos y revistas, y el truco me lo sé. Me lo sabía, pero necesito pensar que en nuestras cosas del correr, que las hacemos porque queremos y nos dan tanto gozo y tanto sufrimiento, no se nos tome por tontos. O sea, ya estamos pagando precios por inscripciones que empiezan a parecerse a los que se pagan en los conciertos. O más, si tenemos en cuenta los paquetes «turísticos» para ir a las grandes carreras, donde conseguir dorsal en el sorteo es casi tan probable como que te toque el Gordo de Navidad, pero hay empresas que te lo ponen todo, dorsal incluido, y te cobran como si fueras Elon Musk. Es cuestionable y merecería un debate y una buena reflexión. Pero esto es otra cosa.

La causa social es uno de los pegamentos más eficaces que existen en publicidad porque desactiva el espíritu crítico del consumidor en el primer segundo. No estás comprando una inscripción a una carrera popular de seis kilómetros: estás «luchando contra el cáncer». No estás pagando catorce euros por correr media hora un domingo por la mañana: estás «apoyando la investigación». La transacción comercial desaparece debajo del verbo emocional, que es siempre un verbo grande y digno, y al final del proceso la corredora se va a casa con la sensación de haber contribuido a curar a alguien. Ha contribuido, sí. A los beneficios de Sport Life Ibérica, principalmente. Y de paso a la AECC, en una cantidad que es real pero que tampoco va a financiar el laboratorio que investigue la cura definitiva.

El término técnico es pink washing, lavado rosa, y procede del greenwashing que se inventó hace veinte años para describir lo que hacen las petroleras cuando ponen un molino de viento en su anuncio. Coges un producto o un servicio, le pegas una capa de barniz solidario, calculas el mínimo que puedes donar para que el barniz se sostenga legalmente, y vendes más caro lo que ya ibas a vender de todas formas. Existe el lavado verde, para el medio ambiente, que en las carreras populares es especialmente cómico cuando ves tres mil botellas de plástico y ochocientos geles tirados en el suelo cinco metros más allá del cartel de «evento sostenible». Existe el lavado naranja para la violencia de género, el morado para el feminismo en general, el de todos los colores del arcoíris para junio. La paleta del marketing con causa es amplia y se actualiza cada temporada.

Lo que dice Marina García Canedo, la portavoz de Teta y Teta, en el artículo de El País que ha provocado este desahogo que ya me perdonaréis, resume el asunto con una claridad meridiana. «¿A quién le estamos pidiendo que nos cuide? ¿A una marca de compresas o al Ministerio de Sanidad? Si falta dinero para investigar, hay que pedírselo al Gobierno.» Esto, que parece una obviedad, es exactamente la cosa que el marketing solidario está diseñado para que no pienses. El marketing solidario te traslada la responsabilidad: si el cáncer de mama no recibe fondos suficientes para investigación, no es porque los presupuestos sanitarios sean los que son, es porque tú no estás comprando suficientes paquetes de compresas con el lacito. Si los pacientes no tienen tratamiento adecuado, no es porque el sistema esté tensionado, es porque tú no te has apuntado a la carrera. La culpa se privatiza junto con el remedio.

Lo de las carreras solidarias de verdad es otra cosa, y no hay que confundirlas, porque las hay y son maravillosas. Las organiza el club de un pueblo o una asociación de barrio para una causa que les toca de cerca, normalmente con nombre y apellidos: un niño del vecindario que necesita un tratamiento, una familia que se ha quedado sin nada, una enfermedad rara que en el hospital de referencia ni saben pronunciar. Son cuatro voluntarios sudando con las pancartas, una inscripción modesta que cabe en un billete pequeño, cuestas que te ponen contra las cuerdas, un megáfono y un cartel pintado a mano. Al cabo de unas semanas se publica en redes o en el bar del pueblo el desglose de lo que ha entrado y lo que ha salido, con las facturas si hace falta, porque a esa escala no hay nada que esconder. Eso es solidaridad sin pretensiones, sin presentadores de televisión, sin agencia de eventos. Y no siempre da para una camiseta técnica molona.

¿La Carrera de la Mujer es una carrera solidaria? Habría que discutirlo. Lo que no es discutible es que se trata de un evento deportivo comercial con un componente solidario calibrado al milímetro. La empresa lo reconoce en su propia respuesta a El País: «No se ha presentado nunca como una carrera benéfica ni como una ONG. Su objetivo principal desde el inicio ha sido fomentar la actividad física entre las mujeres.» Estupendo. El problema es que la inmensa mayoría de las ciento diez mil corredoras de cada año cree otra cosa, y ahí está el truco. La empresa no te miente en el contrato. Pero no es clara en las formas ni diáfana en el fondo. El color rosa hace el trabajo que la letra pequeña no haría nunca, porque el rosa lleva décadas asociado al cáncer de mama y nadie pone un cartel debajo aclarando que el color es solo color. La asociación visual es el contrato verdadero. Y ese contrato visual dice una cosa que el contrato legal no dice.

Lo más triste de todo esto es a quién va dirigido. No a un consumidor cualquiera buscando una zapatilla más blanda o más reactiva… A pacientes oncológicas, a sus hijas, a sus hermanas, a sus amigas, a sus madres (y sé de lo que hablo porque lo vivo en la familia de mi mujer por partida doble, dos de sus tías han sobrevivido, no sin secuelas, ambas mastectomizadas, problemas en los brazos… y porque mi suegra murió con 32 años de un cáncer de mama). A las personas más vulnerables al argumento de que correr seis kilómetros un domingo puede salvarle la vida a alguien. Esas son las clientas perfectas del lavado rosa porque pagan sin pensarlo dos veces, vuelven cada año, hablan a sus conocidas y propagan la mística del evento sin cobrar comisión. Sport Life Ibérica no solo ha hecho ‘target’, por usar la jerga, en un público fiel. Ha encontrado un público doliente.

¿Significa esto que no haya que correr la Carrera de la Mujer? Cada cual sabrá. Hay quien irá porque le gusta el ambiente, porque su madre murió de esto y necesita el ritual, porque va con la cuadrilla, porque seis kilómetros un domingo de mayo siempre vienen bien. Todas esas razones son perfectamente respetables. Lo único que pediría yo, después de leer el artículo de esta mañana, es que nadie vaya creyendo que está donando. Lo que estás haciendo, con todo el cariño del mundo, es pagar una inscripción a una empresa que organiza eventos deportivos y obtiene beneficios de ello, y que de paso te permite contarte a ti misma una historia bonita. Si lo que de verdad te importa es que ese dinero llegue a la investigación, hay una solución sencilla: te ahorras los catorce euros, los donas íntegros a la AECC, sales a correr seis kilómetros sola por nuestro bonito exoplaneta un día cualquiera, y has hecho exactamente lo mismo pero sin alimentar el sistema. Lo más probable, además, es que esos catorce euros den para más horas en el laboratorio que los dos euros y pico de tu dorsal, si de verdad se dona el 20 por ciento y no el 1.

Joder, siento la chapa eh, pero hay días en que uno se pregunta si el negocio del running merece la pena que te dejes los cuartos. Que conste que no me parece mal que haya empresas que ganen dinero vendiendo las zapatillas, los geles, los relojes, los dorsales, el cronometraje. Estoy encantado de pagar un precio razonable. Pero no que se forren a nuestra costa.

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Mapoma forever

Ya no se llama Mapoma, pero nos da igual. La Maratón de Madrid, para nosotros, siempre será Mapoma. Y está totalmente imbricada en la historia del club. Armando Mayordomo, que es otro de nuestros corredores inagotables e inabarcables, corrió este año y su participación despertó nostalgias en el WhatsApp. Yo mismo tuve mi momento de introspección, recordando viejos tiempos.

Armando, en el Parque del Retiro (2026). Uno entre 47.000 corredores, pero el uno que nos importa.
Armando, en el Parque del Retiro, después de marcar 3.44.24 en 2022, edición en la que también corrió Camero.

Y aquí mi momento de introspección…

Mapoma, 1984. Yo estuve ahí. Volveré…

He hecho un pacto conmigo mismo. Fue el 7 de mayo, el día que cumplí 60. Mi único aliciente de haber llegado a tan venerable edad era subir al podio en alguna carrera popular, ahora que soy el más jovencito de los M60 y, de rebote, del resto de veteranos. Pero, francamente, las medallas están caras, carísimas, jajajaja… Estos cabrones están hechos unos chavales y corren que se las pelan, dicho con el debido respeto. Así que lo descarto. Y reconfiguro mis objetivos.

Voy a volver a correr la Maratón de Madrid, no sé cuándo, porque hoy por hoy no estoy preparado. Primero me he propuesto bajar de 1 hora en 10K, luego hacer una media decente, luego una maratón llanita en menos de 5 horas…

Y un día, antes de morirme, volveré una primavera a Madrid. Y haré el equivalente a bajar de 2 horas en la maratón. La marca mítica para la humanidad que se batió hace nada…

Batiré el récord de este chaval…

Puede que nunca lo consiga, es lo más probable. Pero es oficial. Tengo un pique. Y no hay nada más motivador que competir con uno mismo.

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Fratres

Arx Asdrubalis 2026

Fratres!!!

Lo grita Máximo en mitad del bosque germano, con la niebla colgando entre los pinos, la primera línea de los suyos apretando los escudos y su fiel perro a los pies de su no menos fiel caballo. Dentro de tres semanas estaré recogiendo mi cosecha. Imaginad dónde estaréis, y así será.

Yo no sé qué tiene esa escena de Gladiator, pero cada vez que la veo se me eriza la piel. Si os encontráis solos, cabalgando por verdes campos con el sol en la cara, no os preocupéis. Estaréis en el Elíseo, y ya estaréis muertos. ¡Hermanos, lo que hacemos en vida resuena en la eternidad! Y entonces te bajas del sofá, te atas las zapatillas y resulta que la eternidad eres tú a punto de salir a correr la Arx Asdrubalis con el ritmo cardíaco a ciento veinte sin haber dado todavía un paso.

Y cuando pasas por el Palacio de Asdrúbal (se supone que estuvo ahí) a la luz de las antorchas, subiendo el Cerro del Molinete y buscando el templo de Asclepio, te entra un escalofrío que te transporta directamente al año 218 antes de Cristo. A mí me pasó, hace dos años, cuando la corrí, bueno, la corrí y, sobre todo, subí y bajé cientos de escalones, la madre que los parió. ¡Nadie me avisó de las escalinatas!

Que conste que no tomo partido, ni por los Cartagineses ni por los Romanos. Me parece un desperdicio elegir bando porque ambas civilizaciones me aportan. Soy descendiente de Aníbal y de Escipión, ahí es nada. Lo más bonito del asunto es que esos dos tipos que se pasaron veinte años matándose se admiraban sin rencor, como se admiran los rivales serios, los que saben lo que le ha costado al otro llegar hasta donde ha llegado. Y se vieron en persona dos veces, está documentado en Polibio y en Tito Livio. La primera, la noche antes de Zama, entre los dos ejércitos, con un intérprete entre ellos: Aníbal le ofreció a Escipión un tratado de paz y Escipión se lo rechazó porque, bueno, sabía que Anibal estaba perdido. Y Aníbal también lo sabía… La segunda, años más tarde, en Éfeso, en la corte de Antíoco de Siria, los dos viejos ya, derrotado uno y consumido el otro por las envidias del Senado y del Consejo de Sufetas, respectivamente, traicionados por los familias que se habían mantenido al margen mientras ellos les sacaban las castañas del fuego.

Los imagino charlando como dos jubilados en una terraza. Inevitablemente contando batallitas, o más bien batallazas. Escipión le preguntó a Aníbal a quién consideraba el mejor general de la historia. Aníbal contestó que Alejandro. ¿Y el segundo?, se mosqueó Escipión. Pirro de Epiro, contestó Aníbal. ¿Y el tercero? Yo mismo, soltó el cartaginés con todo el morro del mundo. Escipión, según cuenta Livio, vio que iba de coña y se rió y le preguntó qué habría dicho si le hubiera vencido en Zama. Y Aníbal, sin mover un músculo de la cara, le contestó que entonces se habría puesto el primero, por encima incluso de Alejandro. En fin, tenían los egos subiditos, pero podían permitírselo.

En cuaquier caso, fratres, hermanos, compis. En especial, los veinte extraordinarii que corrísteis la Arx Asdrubalis 2026. Y una mención para nuestros cronistas gráficos por sus fotazas: Madeleine y Miguel.

¡Fuerza y honor!

Legión de Castigo. Supervivientes de la batalla de Cannas buscan su redención ante el Senado.
Un mix cartaginés de mercenarios, honderos y númidas. Algunas caras resultan familiares, pero en las pelis de romanos los extras son universales.
Madeleine, organizando un retrato formal.
Tres generaciones de gladiadores.
Pablo en pleno esfuerzo. ¡A 4.15 el zagalico!
Nuestro cuestor, con cara de que no le cuadran los balances.
Paulus Informaticus, sufriendo el Molinete.
Ángel Escipionis y asumo que Pao Emilia en su estela…
Alberto, capaz de sonreir a 5.04/km.
Montalbán, nuestro aguerrido triario, los veteranos que solo entraban en batalla cuando la cosa estaba jodida de verdad.
Mayte, deslumbrante.
Josephus Antonius excelsus.
Aníbal e Himilce.
Luisa, encaramada a lo más alto. ¡Primera en M60F!
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Peralicos por el mundo

Hace cuarenta mil años, en algún lugar del planeta que entonces no se llamaba de ninguna manera, un sapiens apoyó la palma contra la pared de una cueva, sopló pigmento alrededor con una caña hueca y dejó la silueta de su mano grabada en la roca. Lo hizo en Altamira, en Chauvet, en la Patagonia… No estaba reclamando ningún territorio, ni marcando una frontera, ni dejando un mensaje para los arqueólogos del siglo XX. Estaba diciendo algo más sencillo y más humano: yo estuve aquí. En este pedrusco redondo que flota en mitad de un universo oscuro. Estuve aquí, brevemente. Antes de desaparecer en la nada.

A los corredores nos pasa algo parecido. El sapiens dejó la mano porque era lo que más usaba; cazaba con ella, recolectaba con ella, pintaba con ella. Nosotros, claro, dejamos el pie. La suela. La pisada. El problema técnico es que soplar pigmento alrededor de un pie impactando sobre el asfalto es complicadillo. Así que hemos resuelto la papeleta de otras maneras, vía digital: dejamos nuestro recorrido en el Strava. O nos hacemos un selfi. O, sencillamente, tiramos de memoria. Rebobinamos y ahí está cada zancada, cada pájara, cada sprint, cada puñetera pisada cosida a un lugar muy concreto del mundo.

La mano del sapiens era un punto, un instante. La nuestra es una línea, una sucesión de pisadas que se va dibujando a lo largo de varios kilómetros. El sapiens decía «yo estuve aquí». Nosotros decimos «pasé por aquí, y por aquí, y por aquí, y luego volví por allí».

Lo que sí compartimos con aquel señor de la cueva es la modestia del gesto. No nos quedamos más de lo estrictamente necesario (cuanto menos tiempo, mejor), no cobramos peaje al siguiente, no plantamos bandera… Aparecemos, pisamos, nos vamos. Somos exploradores puros, no pretendemos conquistar. No estamos trazando una cartografía para convertirla en escrituras de propiedad. No somos la antesala de un ejército. Procuramos molestar lo menos posible. Sabemos que somos fugaces. Y, ya puestos, nos esforzamos por ser dignos en la fugacidad. En los tiempos que corren (porque los tiempos también corren), me parece una manera muy decente de estar. Y de ser.

Lo único es que el mundo se nos queda pequeño. Si no, que le pregunten a Camero, que se nos fue a Serbia; a nuestro equipo de informática, José Miguel y Pablo, que corrieron por Granada; a Dani, Miguel Ángel y Noel, solidarios en Murcia; a Téllez, estirando piernas por La Unión, o a Xavi, que se estrenó con la camiseta del club por nuestro bonito exoplaneta.

Maratón de Belgrado

61 maratones contemplan a este mozo. En el de Beogradski bajó de 4 horas. ¡Bravo!, o como diría Djokovic: добро!!!
Las serbias son muy guapas y muy altas.

Media Maratón Ciudad de Granada

José Miguel y Pablo, más que dispuestos a batirse el cobre.
Suspiros en la Alhambra. Antes (o después) de bajar de 2 horas en la media.
Digo yo que en vez de medallicas podían dar piononos…

VII Carrera solidaria (Murcia) / 10K

Nuestro presi emérito nos deja una sabia reflexión: «A alguno se le hará raro, pero es posible correr una carrera de 5K por 8€ y organización de 10. Y 100% solidaria». Y ojo, a 3.57…
¡Olé ahí, Noel! Subiendo al cajón :)))
Bajar de 4 minutos en un 10k es algo que me anoto para mi próxima reencarnación…

II Cross solidario Vedruna

Téllez, recuperando sensaciones por el bosque después del reventón de las Fortalezas.

Primera salida con la camiseta del club por Cartagena. Distancia: unknown

Xavi estrenó la camiseta del club rodando por Cartagena. ¡Enhorabuena y que corras muchas más!

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Así fue la RDFL 2026, desde dentro (y 4)

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Así fue la RDLF, desde dentro (3)

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Así fue la RDLF 2026, desde dentro (2)

CONTINUARÁ.

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Así fue la RDFL 2026, desde dentro

CONTINUARÁ.

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Nuestro triángulo de las Bermudas

No es fácil de ver por su disposición apaisada, pero es sin duda un triángulo. Mi conjetura es que la M significa Misterio, aunque también podría significar Manoli…

En 1974, un señor llamado Charles Berlitz publicó un libro que vendió veinte millones de ejemplares explicando que en una zona del Atlántico con forma de triángulo, delimitada por Miami, Bermudas y Puerto Rico, los barcos y los aviones desaparecían sin dejar rastro por causas que la ciencia oficial se negaba a investigar. Berlitz era nieto del fundador de la academia de idiomas, hablaba treinta y dos lenguas, y tenía una capacidad inagotable para encontrar misterios donde los demás solo veían mal tiempo y errores de navegación. Su tesis, resumida para los que entonces íbamos al colegio, era que en aquel triángulo pasaban cosas raras. Aviones que se evaporaban en pleno vuelo. Barcos que aparecían meses después con la mesa puesta y la tripulación esfumada. Brújulas que enloquecían. Pilotos que en sus últimas transmisiones por radio decían cosas inquietantes sobre el color del cielo antes de dejar de transmitir para siempre.

El más famoso de los casos, el que todos los chavales de mi quinta comentábamos en el recreo, era el del Vuelo 19. Cinco bombarderos Avenger de la marina de Estados Unidos despegaron en diciembre de 1945 de una base en Fort Lauderdale para hacer un ejercicio de rutina, y a las dos horas el instructor empezó a comunicar por radio que las brújulas no funcionaban, que no veía tierra, que no sabía hacia dónde estaba el oeste. Despegó un hidroavión a buscarlos. El hidroavión también desapareció. Veintisiete hombres en total. Nunca se encontró ni un trozo de chapa.

Aquello, para un crío impresionable (yo mismo), era literatura de altura. Mejor que Verne. Mejor que Salgari. Berlitz mezclaba documentos militares desclasificados con leyendas marineras, anomalías magnéticas con civilizaciones perdidas, y de vez en cuando metía a la Atlántida por la puerta de atrás como quien no quiere la cosa. Luego vino la ciencia aburrida a explicar que la mayoría de las desapariciones se debían a tormentas tropicales, errores de navegación, fallos mecánicos y, en algunos casos, simple invención periodística. Que ya se sabe que los periodistas tenemos mucho peligro.

Cuento todo esto porque desde hace unos días me están llegando al móvil noticias inquietantes. Vecinos ven salir a un peralico de su casa con la mochila al hombro un sábado a las siete de la mañana y no lo vuelven a ver hasta por la tarde, arrastrando los pies y con cara de haber atravesado una dimensión paralela. Coches del club aparcados en sitios donde nadie recuerda haberlos dejado. Mensajes de WhatsApp que llegan con horas de retraso desde lugares que han perdido la cobertura. El Strava de algunos compañeros marcando posiciones que no cuadran con sus rutinas habituales…

He cogido Google Maps y he ido marcando los puntos donde han ido apareciendo los desaparecidos. Tres vértices. Uno al oeste, en la Azohía, ese pueblo de pescadores donde el tiempo parece congelado en algún verano del siglo XX. Otro al suroeste, en Águilas, con esa luz de tarjeta postal que ha vuelto loco a más de un fotógrafo. Y el tercero al norte, en las Salinas de San Pedro, con los flamencos rosas haciendo equilibrios sobre una pata como instructores de pilates avícolas.

Tres puntos en la costa. Una figura triangular dentro de la cual está pasando algo que merece ser investigado con el rigor que se merece todo asunto paranormal. Porque dentro de ese triángulo, queridos socios del Club Marathon Cartagena, han ido desapareciendo nuestros compañeros uno detrás de otro, y la única cosa que tenemos clara al cierre de esta edición es que todos los desaparecidos han sido localizados sanos y salvos, aunque algunos con las piernas temblonas y otros con la mirada perdida.

Las hipótesis están todas abiertas. Mi favorita la comento al final de este post.

Lo que sí podemos hacer, con la información disponible, es reconstruir lo que sucedió en cada uno de los tres vértices durante los días en que se produjeron las desapariciones. Solo es un relato plausible de los hechos, contado con la prudencia que exigen estos temas.

Vamos por partes.


Vértice oeste: La Azohía – Isla Plana

La XIV Carrera Popular de la Azohía, sábado de Gloria. Diez kilómetros entre invernaderos de tomates, una torre vigía mirándolo todo como si ya lo hubiera visto antes… Media docena de peralicos apareció de repente en aquel lugar inverosímil, todos como recién despertados de un sueño compartido.

Se materializaron tal cual, en La Azohía, de la nada…

El primero en cruzar la meta, y aquí ya empieza a desafiar las leyes de la física conocida, fue Daniel Puyosa, que se sacó un crono de 38:49 a un ritmo medio de 4:01 por kilómetro. Detrás llegó Jose Antonio Téllez con 40:56, ritmo de 4:14, otro fenómeno paranormal… Tercero por el club entró Alberto Hernández con 43:58, ritmo de 4:33. Tres peralicos por debajo de los 44 minutos en una popular de diez kilómetros es la clase de dato que uno apunta en la libreta y subraya. Ummm…

Dani, que estaba en Madrid, apareció sorpresivamente en la playa de San Ginés.
¿Téllez es humano? Dejo caer la pregunta…

Y aquí es donde los hechos empiezan a parecerse a esos pasajes de Berlitz en los que dos pilotos que despegaron de bases distintas aparecen flotando en la misma balsa salvavidas sin saber explicar cómo. Jose Ramón Camero y Luisa María Marín cruzaron la línea de meta exactamente al mismo tiempo. Los dos en 54:52. Posición 175 él, posición 176 ella, separados por una millonésima de segundo. Que dos personas distintas, con biomecánicas distintas, con piernas distintas, con respiraciones distintas, acaben una carrera de diez kilómetros con una diferencia de menos de un segundo después de dar 7777 zancadas (aprox), es algo que nadie en su sano juicio llamaría coincidencia.

Camero y Luisa, entrelazados cuánticamente, dan de la mano a terrícolas del futuro.

Cerró el grupo Antonio Sánchez Montalbán con 1:05:50, ritmo de 6:50. Antonio es de los que entienden que en una carrera popular la posición en el cajón no la determina la línea de meta sino el camino hasta ella. La épica suele ser inversamente proporcional a la posición que ocupas cuando llegas.

La épica del 10K en versión Montalbán.

Vértice suroeste: Águilas

Evidentemente, Leandro y Fernando no son de esta planeta… El parecido de ambos con el comandante Spock salta a la vista.

Una semana más tarde, la ciudad de Águilas celebraba la decimotercera edición de su Media Maratón. Por motivos que la ciencia no ha podido aclarar todavía, en este vértice remoto del triángulo aparecieron dos peralicos. El primero fue Fernando Daniel Quesada Pereira, que firmó 1:36:41 con un ritmo medio de 4:34 por kilómetro y quedó segundo en la categoría M50 masculino. Plata.

Fernando en el podio. Disimulando…

Pero el dato que pone el vértice de Águilas oficialmente bajo sospecha de actividad paranormal es el de Leandro Miras Ontiveros. Leandro corrió la media en 1:54:34. Y aquí viene la categoría: M70 masculino, primer puesto.

Leandro haciendo el saludo secreto del exoplaneta 571-/9A.

Setenta años. Veintiún kilómetros. A 5:25 el kilómetro. WTF???


Vértice norte: Salinas de San Pedro

Aquí donde los datos disponibles para el cronista se vuelven, digámoslo sin medias tintas, fragmentarios.

Lo único que se sabe con certeza es que un número indeterminado de peralicos fueron vistos materializándose el sábado por la mañana en las inmediaciones del hotel Thalasia, en San Pedro del Pinatar. Tres horas más tarde, los peralicos —al parecer, los mismos— fueron vistos reapareciendo exactamente en el mismo punto del que habían partido. El mismo aparcamiento. Los mismos coches. Algunos llevaban flores silvestres pegadas a las mallas. Todos, sal y espuma de mar seca en la piel.

A partir de esa información, los investigadores —es decir, yo— nos vemos obligados a formular hipótesis. La más probable, después de cotejarla con la lógica geográfica del lugar, es que el itinerario fuese circular. Es decir, que los desaparecidos no atravesaron ningún portal dimensional sino que caminaron en círculo durante tres horas hasta volver al punto de partida, que es una forma muy ingeniosa que tiene la especie humana de no perderse del todo. La hipótesis circular tiene a su favor la elegancia de lo simple (la navaja de Ockham, como diría el doctor House) y el respaldo de varios milenios de senderismo organizado desde los cazadores recolectores hasta nuestros días. En su contra tiene únicamente el hecho de que no disponemos de ninguna prueba directa: no he visto fotos, salvo una asombrosamente incongruente…

¿Peralicos internándose en otra dimensión? La nieve, totalmente improbable en el Mar Menor, indicaría temperaturas cercanas al 0 absoluto, típicas de un agujero de gusano intergaláctico. Por fortuna, reversible.

Por mi propia experiencia con el lugar, me atrevo a aventurar que la ruta debió pasar por las charcas salineras, por los carriles entre molinos donde uno se siente caminando por una acuarela del siglo XIX, por la playa de la Llana… Y de ahí, vete tú a saber… Pero todo esto es especulación. La verdad oficial, hasta que aparezcan testigos o se desclasifiquen tracks, sigue siendo un enigma.

Y aquí mi teoría.

Por mi experiencia, yo diría que este lugar es un portal dimensional. A mí, por lo menos, siempre me transporta en el espacio y en el tiempo…

En un bonito exoplaneta, un peralico que andaba perdido volvió de no se sabe dónde. Todos los que acierten el lugar desde el que se tomó esta foto y/o dónde se abrió esa rendija anaranjada en el horizonte se llevarán 1 point…

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Ruta senderista en San Pedro del Pinatar – 11 de abril

Desde el Club Marathón Cartagena seguimos promoviendo actividades para disfrutar del deporte y la naturaleza en grupo. En esta ocasión, organizamos una ruta senderista circular abierta a socios, familiares y amigos.

La actividad tendrá lugar el próximo 11 de abril de 2026, con salida a las 09:00 desde el complejo Thalasia, en San Pedro del Pinatar.

La ruta propuesta tiene una distancia aproximada de 13 kilómetros, completamente llana y de fácil recorrido, lo que la hace apta para todos los niveles.

El itinerario discurre por el Parque Regional de las Salinas de San Pedro, donde podremos observar distintas aves, y continúa por la Playa de la Llana en dirección a La Manga, punto en el que se realizará el giro para completar el recorrido circular.

Se trata de una excelente oportunidad para compartir una mañana activa en grupo, disfrutar del entorno natural y seguir fomentando el compañerismo dentro del club.

Puedes consultar el recorrido aquí:
https://loc.wiki/t/185300404?h=yzv33ne7m7&wa=sd&la=es

¡Anímate a participar!

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