El oso pardo del Calvario

IV Cross Trail Villa y Condado de Santa Lucía | 8 de marzo de 2026 | 10 km, 333 m D+ | 3ª prueba Carthago Mountain League

En los montes de nuestro bonito exoplaneta habita un animal huraño al que los corredores despertaron prematuramente de su letargo invernal, aunque ya estemos en primavera. Tan mítico como el abominable Hombre de las Nieves. No tiene nombre científico ni ficha en el catálogo de fauna protegida de la Región de Murcia, así que lo bautizaremos como el Oso Pardo de los Vientos.

Los peralicos saben de su existencia desde que hace unas semanas, bajando la Atalaya, le arreó un zarpazo a Leanne en la rodilla, la dejó cosida a grapas y se volvió tranquilamente a su cueva como si nada. Hoy, en la cuarta edición del Cross Trail Villa y Condado de Santa Lucía, no sabemos si el mismo o un primo hermano de aquella fiera ha salido a recibir a los más de quinientos corredores que se han dejado las piernas por las cuestas de San Julián, la ermita del Calvario y el Castillo de los Moros. Diez kilómetros, trescientos treinta y tres metros de desnivel positivo, tercera prueba de la Carthago Mountain League y un viento en la alturas que también mordía.

Una peralica doblando una esquinica.

Leanne Miller Hayhurst, que se había quitado las grapas prácticamente anteayer, estaba a las diez de la mañana en la Plaza de la Marina Española con su dorsal puesto y esa cara que pone cuando alguien le sugiere que quizá debería descansar un poco más. Esa cara de «Are you talking to me? Pero qué me estás contando».

Leanne y Natalia no albergaban ni una sombra de duda, si exceptuamos la sombra del fotógrafo, en complicado escorzo para sacarlas derechas.

El personal de la ambulancia del 061, que ya la conoce, montó un dispositivo preventivo que algunos confundieron con la cobertura sanitaria oficial de la carrera, pero que en realidad era un operativo Leanne en toda regla. Cruzó la meta en 1:19:00 a un ritmo de 7:35/km, vigésimo segunda de su categoría, que en su caso no mide el rendimiento sino la temeridad: ni las cabras montesas pasan por donde pasa esta mujer, como apuntó con lucidez Téllez en el grupo. Esta vez el oso se quedó con las ganas. Leanne asegura haberle lanzado una hacha vikinga, y dado el historial, nadie en el club se atreve a dudar de su versión.

José Antonio Téllez Almodóvar, que normalmente sube y baja estas lomas como si tuviera un contrato de mantenimiento con la gravedad, también tuvo su encontronazo con el oso y se dejó parte de la piel de la rodilla en algún recodo del recorrido. Rasguños que Téllez luce con la discreción de quien corre diez kilómetros de montaña en 54:45 a 5:15/km, puesto 57 de la general y duodécimo de veteranos B, y considera que una rodilla pelada apenas merece mención en el parte de bajas. Si le preguntas, te dirá que no ha sido nada. Si le miras la rodilla, dirás que bueno, que tampoco ha sido para hospital, pero que gratis no le ha salido.

Ha nacido una estrella.

La gran noticia del día, sin embargo, se llama Natalia García Correa. Primera de categoría promesa femenina. En 1:01:23, a 5:54/km, puesto 135 de una general de más de quinientos. Nuestra joven promesa —¡vaya fichaje!— se ha subido a lo más alto con una naturalidad despampanante. Leanne, que no es de tirar flores a la ligera, ya la ve como futura campeona del regional de montaña, y en el grupo de WhatsApp se habla abiertamente de cláusulas de rescisión, de que la Directiva tome medidas urgentes tipo camisetas para que se pueda cambiar después de la carrera, regalos, y lo que haga falta para que no nos la quiten. Con razón.

Jorge Hernández Marí completó los diez kilómetros en 59:50 a 5:45/km, puesto 118 de la general. Ramón Pérez Galera cerró en 1:05:21 a 6:17/km en el 177. Alfonso Martínez Martínez, noveno de veteranos C, firmó 1:14:34 a 7:10/km. Y Miguel Pérez Gracia, veterano B, acabó en 1:15:52 a 7:17/km.

La prueba, organizada por la Asociación de Vecinos de Santa Lucía, la Asociación Cultural El Pinacho y el club Mudos Trail con el Servicio de Deportes del Ayuntamiento, se ha consolidado como una de las citas fijas del calendario trailero cartagenero. Este año, además, la carrera era solidaria a beneficio de Accesdeluz, la Asociación de Catarata Congénita de España, y la jornada arrancó con el izado de la Bandera Nacional en la plaza y las carreras infantiles antes de que los mayores se lanzaran como críos cuesta arriba.

En la trastienda del grupo, otra buena noticia: bienvenido Miguel Ángel Álvarez, nuevo socio del Magnífico y Decano. Que le vayan explicando lo del oso, que sepa dónde se ha metido.

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Armando y las cosicas del Strava

Armando Mayordomo García vive en un pueblo de Valencia y el domingo se plantó en Serra con el dorsal 110 para correr la XI Marató de la Calderona, una carrera de montaña de cuarenta y tres kilómetros y medio con dos mil trescientos metros de desnivel positivo que Strava, con esa capacidad suya para banalizar el sufrimiento ajeno, clasificó como «Morning Run». Como si levantarte a las seis de la mañana para subir y bajar picos de la Sierra Calderona durante siete horas fuera lo mismo que salir a trotar antes del café con leche.

La Calderona sale de la Plaça de la Font, en Serra, y te mete por Rebalsadores, Cruz del Sierro, Ermitans y todo lo que el Parque Natural tiene a bien ponerte delante. El desnivel oficial son dos mil cuatrocientos cincuenta metros de subida. Armando registró dos mil trescientos diecinueve en su Garmin Fēnix 6X, que viene a ser la diferencia habitual entre lo que promete el organizador y lo que dice tu muñeca, y que a partir de cierta cantidad de metros de desnivel positivo da exactamente igual porque las piernas ya aguantan lo que sea, protestando a su dueño o resignadamente.

Lo gordo, al menos en pantalla, fue la cosecha de récords personales. Armando batió su mejor marca en cinco segmentos de Strava en una sola carrera: Blanquisar hasta el cruce, la subida CV-3342, la bajada del Castillo desde el cortafuegos nuevo, MACA-Avitu y la aproximación a La Mola. Cinco PRs. La pantalla parecía una máquina tragaperras dando premio en cada tirada. Ahora bien, conviene aclarar para los no iniciados en la liturgia de Strava que un «récord personal» significa que es tu mejor marca en ese segmento, y que si nunca has corrido ese segmento, la primera vez que lo haces es automáticamente tu récord personal. Podrías ir andando, pararte a hacer fotos del paisaje, comerte un plátano y llamar a tu madre, y Strava te regalaría igualmente la copita dorada y la fanfarria digital.

Que conste que esto no le quita ni un gramo de mérito a pegarse siete horas por la sierra con dos mil trescientos metros de desnivel —eso no hay algoritmo que lo regale—, pero la lluvia de PRs de la pantalla puede tener más que ver con la generosidad estadística de correr segmentos nuevos que con haber reventado marcas que llevaban años resistiendo. Strava es así: te aplaude siempre la primera vez, como un padre en un festival de fin de curso. ¡Armando, acláranos el misterio!

Bien. Ritmo medio de 9:54 por kilómetro —que en montaña con ese desnivel es un ritmo estupendo—, frecuencia cardíaca promedio de 154 pulsaciones durante más de siete horas (que es más estupendo aún, y si no que le pregunten a cualquier cardiólogo), y a los pies unas Asics Nimbus que probablemente necesiten una semana de reposo en un spa. O directamente la jubilación.

A propósito de Strava y de sus trampas motivacionales, algún día tengo que contaros mi experiencia con la aplicación, que fue breve, intensa y humillante a partes iguales. Durante unos meses gloriosos fui el rey indiscutible de un segmento en un descampado de La Vaguada donde solo corría yo, los perros de la urbanización y algún que otro corredor despistado que pasaba por allí sin fijarse en que aquello era un segmento de Strava y no una cuesta con un poquito de desnivel (asequible), cuatro farolas (la mayoría siempre apagadas) y unos matojos que han sido meados y remeados por los chuchos, que también quieren ser los reyes del descampado, a su modo canino. En fin. Que toqué la gloria. Campeón absoluto. Líder del ranking. Fanfarria digital cada vez que pasaba por allí, y en mi caso sí que eran récords de verdad, porque llevaba meses machacando el mismo tramo intentando bajar de 6:42 (que no es que sea una marca de relumbrón para 1,2 km, pero os recuerdo que corría cuesta arriba, eh).

Hasta que un día apareció un tal RRunnerCT47 (me he inventado el alias, no desvelaré el auténtico por aquello de la intimidad), perfil privado, sin foto, sin nombre, sin nada, y me arrebató el trono con un 6:14 que me dejó mirando la pantalla como quien recibe una carta de Hacienda en agosto.

Lo que vino después fue una rivalidad sorda y a deshoras por ser el rey del descampado que no desmerecía la de Sebastian Coe y Steve Ovett en los Juegos de Moscú, con la diferencia de que Coe y Ovett al menos se veían en la pista, mientras que RRunnerCT47 y yo nunca coincidimos en el descampado, jamás, como si corriéramos en dimensiones paralelas. La cosa terminó mal, al menos para mí, cerrando mi Strava en un acto que los diplomáticos llamarían retirada estratégica y cualquier persona con dos dedos de frente llamaría derrota sin paliativos. Pero esa historia merece su propio capítulo y hoy el protagonista es Armando, que es el que se ha pegado siete horas por la sierra.

¡Enhorabuena, Armando! Y vosotros, ¿alguna vez os habéis picado con alguien en el Strava o habéis sido los dominadores de un segmento?

Misterio resuelto

Armando ha respondido por WhatsApp y resulta que esta era su segunda Calderona, así que los récords personales de Strava no eran de bienvenida: los batió de verdad, contra sus propias marcas del año pasado, lo cual le devuelve al asunto toda la épica que yo, borde profesional, le había quitado dos párrafos más arriba. Mis disculpas, Armando.

Su mensaje merece transcribirse, eso sí, con la ortografía y la puntuación del WhatsApp original porque editarlo sería traicionar el género literario: «Gracias Carlos, esta es la segunda vez que la hago, el año pasado ya la hice, veremos si hay más, muy muy bonita pero lastima que te pasas todo el tiempo mirando donde poner el pie, para matarse! pero solo una caída y aunque hoy me siento entre Rambo (por no sentir las piernas) y Rococop (por como camino) pero muy contento, muy buen día.»

Ese híbrido de Rambo y Robocop —que Armando ha bautizado involuntariamente como «Rococop», un nombre que merece su propia franquicia— es probablemente la descripción más precisa que existe del estado físico de un corredor de montaña después de una carrera. La parte de arriba de su cuerpo se siente invencible, la parte de abajo se niega a cooperar con las escaleras, y el resultado es un señor que camina por su pueblo valenciano como si le hubieran montado las rodillas del revés.

Lo de pasarse toda la carrera mirando dónde poner el pie es algo que los corredores de asfalto no entienden hasta que se meten en su primer trail y descubren que levantar la vista del suelo dos segundos significa torcerte un tobillo contra una piedra que no estaba ahí hace un momento, o eso juras tú. Por cierto, nuestra accidentada Leanne está mucho mejor, aunque dolorida aún de su espeluznante caída bajando por el cemento de la Atalaya a 4.30. En su caso, el huracán le dio un empujón que en cualquier competición hubiera sido merecedor de descalificación y hasta de calabozo). Pero échale un galgo al viento.

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¡Va por Gregorio!

¡Vamos que nos vamos!

Gregorio Lorente Rosas se calzó sus primeras zapatillas de correr a los doce años, en una carrera en Cabo de Palos que probablemente no tenía ni nombre ni dorsales ni línea de meta pintada en el suelo, porque estamos hablando de principios de los años treinta del pasado siglo. Luego pasó lo que suele pasar: que la vida es dura y hay que ganársela, y aunque nunca dejó del todo de correr, fue al jubilarse cuando Gregorio decidió que se iba a desquitar. Y a fe que lo hizo por todo lo alto.

Campeón de España de veteranos en varias ocasiones. Premios al Deporte Cartagenero. Premio al Mérito Deportivo de la Región de Murcia. Propuesto para Cartagenero del Año en 2009. A los noventa cumplidos celebraba su cumpleaños con los compañeros de natación en la Piscina Municipal, y a los noventa y tantos seguía siendo fijo en las carreras de cinco kilómetros. Yo lo vi muchas veces por Tentegorra… Y como entonces no corría, pero tenía ganas, era como… Joder, si Gregorio puede, ¿por qué yo no voy a poder?

La Verdad, en su obituario, lo describió como «el corredor más querido por todos los atletas de la Región de Murcia.» Y no exageraba. En el Marathon Cartagena, al que perteneció desde los orígenes del club, la palabra no es admiración, es devoción, que normalmente se reserva para los santos. Se fue un domingo de julio de 2014, a los 93 años, y cuando el Ayuntamiento aprobó por unanimidad ponerle su nombre a la Media Maratón y retirar el dorsal número 1 a propuesta del propio club, nadie en Cartagena tuvo que preguntar quién era Gregorio Lorente Rosas.

Su sobrino Andrés es hoy vicepresidente del Marathon Cartagena. Hay algo en eso —las sagas familiares que comparten asfalto y se pasan el relevo— que no necesita que yo lo adorne con adjetivos.

Prolegómenos

Peralicos y submarinico.

El domingo por la mañana, casi 3.000 corredores —récord absoluto de la prueba— salieron del Palacio de Deportes a las 9:30 en la XXXIII edición. Y entre esa marea humana, treinta y dos peralicos con camiseta azul (en sus diversos modelos) se repartieron entre las dos distancias: dieciocho en la media y catorce en el 10K. Lo cual dice mucho de cómo está volviendo el club por sus fueros.

Carpa diem!

La Media

El más rápido de los nuestros ha sido Juan Manuel Morell Delgado, que ha firmado un 1:27:50 a un ritmo de 4’10» el kilómetro para cruzar la meta en el puesto 126 de la general. Un escándalo. Detrás, Dani Sánchez Pedreño —nuestro eterno keniata infiltrado— ha completado la media en 1:29:38 a 4’15», puesto 162, y Noel Cegarra Lloret le ha pisado los talones con 1:30:20 a 4’17», segundo de su categoría Sub-20. Con esa edad y esos números, el porvenir da vértigo.

José Antonio Téllez Almodóvar ha vuelto a demostrar que los cincuentaytantos son los nuevos treintaytantos: 1:31:27 a 4’20», noveno de su categoría M55 y puesto 203 de la general. Y Antonio Quiles Cantero, en la categoría M65, se ha marcado un subcampeonato con 1:40:22 a 4’47». Segundo de todos los mayores de 65 de la carrera. Que lo piensen los que dicen que a esa edad hay que dedicarse a la petanca (o al curling, disciplina por cierto a la que estoy pensando en pasarme, después de ver los Juegos Olímpicos del Invierno, total, si solo hay que barrer el hielo con una escoba, seguro que se me da mejor que correr).

Antonio Pérez García (1:43:24, 4’56»), Maximino Vázquez Ferrer (1:44:15, 4’58») y Pablo Pérez Esparza (1:46:06, 5’04») han completado un bloque muy sólido por debajo de las cinco y pico/km, con la liebre del 1.45 como referencia. También tuvieron en la visual al del globo amarillo María del Mar García López, que ha cruzado la meta en 1:46:12, cuarta de su categoría M45 femenina. Y José Ramón Camero, que ha cerrado la media en 1:46:48 a 5’05». Décimo de su categoría M60.

Ramón Pérez Galera (1:49:46), Fernando Daniel Quesada Pereira (1:51:32), Ignacio Vélez Garcerán (1:53:21) y la pareja formada por Ángel Conesa Sánchez y Paola Montijano Ogeron —que han cruzado la meta con el mismo tiempo, 1:54:37— han completado un grupo compacto en el que nadie ha bajado del 5’30». Miguel Ángel Torres (1:55:00), Miguel Pérez Gracia (1:57:04) y José Lacarcel Wandosell, que ha cerrado la representación peralica en la media con 2:10:35, completan la nómina de los dieciocho valientes que se han comido los veintiún kilómetros de rigor.

Juan Manuel Morell celebrando ese 1.27 (a 4.10 km) por todo lo alto con la family. Foto para enmarcar.
Dani, último esfuerzo para bajar de la hora y media.
Noel Cegarra entró en 1:30:32. ¡2º en sub20! Lástima que la liebre no regulase con precisión y se quedara a medio minutillo de bajar de la hora y media, que hubiera sido la guinda.
Téllez (1:31:35), tronchándose de algo que nos explicará en el wasap.
Pao y Ángel comentando si la abuela Pepa hará de comer. «Paella no toca este domingo, Pao». «Ya, pero como tú comprenderás no voy a ponerme ahora a hacer quiche. Llama a un Glovo». «¿Y una tabla de quesos?»
Ramón Pérez Galera, dejándose llevar por su playlist para ir sobrado a 5.12
Pablo persiguiendo al del globo. Como llegó minuto y medio más tarde, los del grupetto ya habían gastado todo el helio y se quedó con las ganas de poner voz de pito.
Toni celebrando que las cuentas de los peralicos tienen superávit.
Subiendo el puente del Cartago Nova con alegría. Quedaba 1 km.

El 10K

En la distancia corta, Antonio Gil Risueño ha liderado la escuadra azul con un 42:06 a 4’12» el kilómetro, noveno de la categoría M60 y puesto 116 de la general. Alberto Hernández González le ha seguido de cerca con 42:17, puesto 122. Dos veteranos tirando del carro con tiempos que merecen una reverencia.

José Francisco Saura Hernández (51:09), Juan Carlos Nieto Tabernero, Juanki, (51:32), Pablo Hernández Navarro y Elena García García —ambos con 50:39, otro empate parejil de los que dan para tertulias del corazón— y Fernando Montero Rodríguez (52:13) han completado la zona media del grupo. Luisa María Marín Lara se ha apuntado un cuarto puesto en la categoría M60 femenina con 53:13, y Bárbara García Solano ha cerrado en 53:54.

Mención especial para nuestro peralico montonero, Daniel Sánchez Espejo, que ha firmado un 56:14 en la categoría M70. Reiner Thomas (54:48), Ana Sánchez Pedreño (56:44), José Pedro Cegarra Núñez (56:25) y Antonio Sánchez Montalbán (1:04:20) y Mayte Díaz Galindo (1:05:40) completan la representación peralica en el 10K.

Una mañana estupenda

La calle Ángel Bruna es muy larga, pero piano piano si va lontano.
Fernando terminó el 10k y sin cambiarse de guantes aún tuvo tiempo para correr el cross nocturno de Chinchilla.
Quiles va bien. No, va fenomenal. Marcó 1.40. ¡2º en M65!
Los keniatas a lo suyo.
Pablo y Elena haciendo la goma.
Montalbán se volvió a perder por las calles de Cartagena, así no hay manera de bajar de la hora…
Mar y Camero ni siquiera rompieron a sudar.
Lo que no sabíais es que Quiles fue doble de Sylvester Stallone en la secuencia de las escaleras de Rocky. Así cualquiera…
Después de la carrera se organizaron diversas actividades y una paella multitudinaria. Mar, que no había tenido bastante con la media maratón, participó también en la suelta de la vaquilla, aunque pasó algún momento de zozobra.

Los que nunca fallan

Y un reconocimiento que merece párrafo propio para los que no corrían pero estaban ahí. Los que montaron la carpa, los que aplaudieron en las cuestas, los que hicieron fotos, los que gritaron ánimo a los que iban de azul y a los que no. Los que después se quedaron a la paella y a vender camisetas y a hacer lo que siempre hacemos cuando nos juntamos, que es convertir una mañana de domingo en algo que se parece bastante a una familia con zapatillas de correr. Porque un club no son solo los que cruzan la meta: son también los que están esperándote cuando llegas.

Estampas familiares 1…
…2…
…y 3.
Un alemán y un español zanjan la eterna discusión sobre la final de la Copa de Europa del 74 (Atleti-Bayern). «No me fastidies Reiner, que la teníamos ganada si no hubiera sido porque Reina encajó ese churro en el último minuto». «Juanki, hasta el rabo todo es torro». «Pues mira, en eso estamos de acuerdo».
«No os hinchéis que ahora viene el arroz».
Mercadillo peralico. ¡Estamos que lo tiramos!
Quiles en el podio, flanqueado por Isaac Peral y… ummm… ¿las K-Pop modernistas?

La cantera pisa fuerte

Y porque esto no va solo de veteranos ni de medias maratones: en las pruebas de categorías menores, que se disputaron más tarde, los hermanos Sánchez Manrubia dejaron constancia de que la cantera peralica viene con ganas. Javier, en categoría Sub-10, ganó su carrera con un tiempo de 1:31. ¡Primero! Pablo, en Sub-14, completó el recorrido en 3:16 para terminar duodécimo. Gregorio Lorente empezó a correr a los doce años en una carrera en Cabo de Palos. Estos dos ya le siguen la estela.

El más grande. ¡Va por ti!

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XXXIII Media Maratón y 10K Ciudad de Cartagena Memorial «Gregorio Lorente Rosas»

Comienza marzo con la XXXIII Media Maratón y 10K Ciudad de Cartagena Memorial ‘Gregorio Lorente Rosas’ con una participación cercana de a los 3.000 corredores. La prueba se realizará este domingo 1 de marzo desde las 9:30 horas con salida y meta en el Palacio de Deportes. Se han organizado diferentes actividades para toda la familia y desde el club nos sumamos a ellos instalando nuestra carpa.

Para el instalar la carpa del club se necesitan voluntarios:
– Para la compra y el traslados de bebidas ya hay voluntarios identificados de hacer inventario de bebidas y picoteo, y de realizar las compras para reponer y comprar el hielo
– Nos faltan 4-6 voluntarios que estén a las 08:00h del domingo 1 de marzo en el Palacio de Deportes para de forma cuidadosa realizar el montaje de la carpa sin dañarla.

Por favor confirmad a los vocales de logísticas vuestro compromiso de estar el domingo a las 08:00 en las afueras del Palacio de Deportes en los alrededores de donde solemos instalar la carpa del club.

Foto del punto de encuentro para el montaje de la carpa

Aprovechamos esta publicación en nuestra web para informar que después de la carrera estaremos ofreciendo a la venta una nueva camiseta del club que se puede usar en entrenamiento y paseo con un precio de venta de 12 €. Es la misma camiseta que entregaremos de regalos a las nuevas altas del club. Como se puede observar el diseño es el mismo que hizo Dani de las camisetas que regalamos para celebrar los 25 años del club.

Foto de las nuevas camiseta para su venta

También se pondrá a la venta el material sobrante que quedó de la venta después de la carrera de San Silvestre, ver en la web del club la información sobre los modelos de esas equipaciones.

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La milla es rara

Ana, con sus gafas de tirar millas.

La milla es una distancia rara. ¿Cuánto mide una milla? He tenido que preguntarle a Google. Vale, 1.609 metros. Uno se queda mirando el número y piensa: pero qué clase de distancia es esa. Luego le das una vuelta y dices, a ver, es que estos ingleses no miden en metros, miden en yardas, y supongo que en yardas será algo más redondo. Pues no: 1.760 yardas. What the hell!

Así qué más Google (paciencia a nuestros cinco peralicos que corrieron la XIII Milla Solidaria de la Huertecica, que están aquí para leer sus hazañas, pero un misterio es un misterio). Además, que si me contaráis cosas de vuestras carreras no me enrollaría tanto… Para facilitar la lectura, lo que está entre corchetes os lo podéis saltar e ir directamente a lo que importa.

[La cosa es que la milla no es un invento inglés sino romano. Mille passus: mil pasos. Así medían las distancias las legiones cuando se dedicaban a conquistar el mundo y a pavimentarlo de calzadas. Lo que pasa es que un paso romano no era lo que tú y yo entendemos por un paso. Nosotros contamos cada vez que apoyamos un pie: izquierdo, uno; derecho, dos. Los romanos contaban de dos en dos: izquierdo-derecho, uno. Así que mil pasos romanos eran unos 1.480 metros y la milla romana se quedaba en 5.000 pies (de los ingleses, que habría que ver qué talla gasta el pie inglés del señor al que le midieron el pie para calcularlo)… ¿Complicado?

Pues resulta que los ingleses tenían su propia unidad de medida para el campo, el furlong —que viene de furrow long, «largo del surco»—, que era la distancia que una yunta de bueyes podía arar de tirón sin descansar: 660 pies. Y cuando en 1593 el Parlamento de Isabel I se sentó a poner orden en aquel desbarajuste, decidieron que una milla tenía que caber exactamente en ocho furlongs. Ocho por 660, 5.280 pies. ¡Con lo sencillo que es el sistema métrico decimal!

Misterio resuelto. La milla es rara de cojones, sí, pero al menos ahora sabemos a quién echarle la culpa: a los bueyes.

Por si fuera poco, en Cartagena la milla tiene un problema adicional de identidad. Porque aquí, cuando dices milla, la mitad de la gente piensa en la náutica, que son 1.852 metros, casi un cuarto de kilómetro más larga. Y es normal: esta es ciudad de gente que hizo la mili embarcada o en el Arsenal, de tipos como nuestro compañero Camero que seguramente ha recorrido tantas millas náuticas o más que kilómetros de asfalto, y eso que lleva unos cuantos… En fin, que aquí, el que no tiene barquico, tiene el título de patrón por si alguna vez lo tiene.

Lo curioso es que España, que nunca ha corrido millas porque para eso tenemos el milqui —el 1.500, para los no iniciados—, ha sido históricamente una potencia en esa distancia casi gemela. Fermín Cacho ganó el oro olímpico en Barcelona 92 en un 1.500 que medio país vio sin respirar. José Luis González, José Manuel Abascal… Pero la milla, esos 109 metros de más que separan al milqui de la distancia imperial, esos son territorio inglés. No solo por los metros sino por la épica.

Porque si hay una distancia legendaria en el atletismo, es la milla. Y si hay un momento legendario en la historia de la milla, es el 6 de mayo de 1954 en la pista de ceniza de Iffley Road, Oxford. Roger Bannister, estudiante de medicina de 25 años, corriendo contra un viento cruzado que no invitaba a hacer historia, con dos colegas marcándole el ritmo como quien acompaña a un amigo al borde de un precipicio. Cuando el speaker empezó a dar el tiempo —»Three minutes…»— el resto se perdió en un rugido. 3:59.4. Había hecho lo que los fisiólogos decían que era imposible, lo que podía matarte. Bajar de cuatro minutos en la milla.

Hay récords que se baten y se olvidan. ¿Quién recuerda la primera vez que alguien bajó de diez segundos en los cien metros? Spoiler: fue Jim Hines, en México 68. Pero el de Bannister permanece en la memoria colectiva como una de esas fronteras del cuerpo humano que, una vez derribada, le cambió a todo el mundo la idea de lo posible. El récord actual anda por los 3:43 de Hicham El Guerrouj, una barbaridad, pero la gente se sigue acordando de Bannister…

Me imagino a Leanne, nuestra compañera británica, corriendo de pequeña alguna carrera escolar en la campiña inglesa, medida en millas, con la leyenda de Bannister como parte de sus recuerdos de infancia, que seguro que se la contaban en el cole. Para ella, 1.609 metros no es un número raro: es la distancia natural de correr. Para nosotros, la distancia natural es el kilómetro con sus múltiplos y submúltiplos. ¡Cuida esa rodilla, Leanne, que te echamos de menos!

El caso es que la milla arrastra esa aureola mítica. Los cuatro minutos de la milla son como las dos horas del maratón: un número redondo, limpio, que se clava en la imaginación. Kipchoge lo bajó en Viena en 2019 —1:59:40—, pero no se homologó porque aquello fue un montaje de laboratorio con liebres rotatorias, coche pantalla y hasta formación en V (como las bandadas de aves migratorias) para cortar el viento. Un experimento más que una carrera. Kiptum, que batió el récord oficial con 2:00:35 en Chicago y que decían que sí podría haberlo hecho de verdad, en competición, murió en un accidente de tráfico en Kenia en febrero de 2024. Tenía 24 años].

Y ya. Vamos a ello. Vamos con La Huertecica, que lleva desde 1983 trabajando con personas en situación de exclusión social en Cartagena, y que desde 2013 organiza esta milla solidaria para recordarnos que correr también puede servir para algo más que mirarse el Garmin.

Los peralicos

Ana, dándolo todo, que la gracia de la milla es la épica. Y la pierde si dosificas…

Ana Sánchez Pedreño fue nuestra representante femenina en esta edición. Ana completó la milla en 8:43, a un ritmo de 5’25» por kilómetro, octava en la categoría senior femenina. En una carrera donde todo el mundo sale a darlo todo desde el metro cero porque no hay tiempo para dosificar, cada segundo cuenta y cada segundo duele. ¡Enhorabuena Ana!

Supersónico Téllez, al que admiro mucho y al que también odio un poquito. Y es que la envidia es muy mala.

José Antonio Téllez Almodóvar está de dulce. Tercero en la M55 con un tiempo de 5:40. Cinco minutos y cuarenta segundos. Que alguien haga las cuentas: eso sale a 3’31 por kilómetro. Yo no podría ni corriendo cuesta abajo con viento a favor y habiendo firmado un pacto con el diablo. Téllez lo hace un domingo de febrero como quien va a comprar el pan.

Ignacio Vélez Garcerán hizo su milla en 6:14 a 3’52» el kilómetro, puesto 27 en la categoría senior masculina. No sale en las fotos, pero estuvo ahí, y el chip no entiende de postureo.

Montalbán en el momento de percatarse de que iba en dirección contraria. Marcó 8:46, pero quién sabe qué marca hubiera hecho si no tiene que volver…

Antonio Sánchez Montalbán, quinto en la M60, completó la milla en 8:46 a 5’27» por kilómetro. En la categoría de los sesenta, donde cada carrera es un acto de fe en las articulaciones y de rebeldía contra el calendario, terminar entre los cinco primeros no es un resultado: es una declaración de intenciones.

«Pao, que ya estoy llegando, que ya puedes echar el arroz».

Y luego está Ángel Conesa Sánchez, que cerró su milla en 6:26. Puesto 16 en la M45. Y aquí viene lo bonito del asunto, porque el ritmo de Ángel fue de 3’59» por kilómetro. ¡Bajó de cuatro minutos!

No es la milla. Es el kilómetro. Lo sé. Pero dejadme un momento.

Pista de ceniza batida por el viento. Un corredor solo contra el reloj y contra la certeza de todos los fisiólogos del mundo que dicen que no se puede, que el cuerpo humano no está diseñado para esto… Los pulmones queman. Las piernas ya no responden a órdenes racionales. El speaker coge el micrófono, hace una pausa eterna y dice: «Three minutes…»

Perdón. Me he dejado llevar. Que esto es la Avenida del Cantón, las palmeras, el Palacio de Deportes de Cartagena, la mañana de un domingo. Que por aquí, de noche, a veces corretean los jabalíes. Que esta es mi zona habitual de entrenamiento, la Línea Verde que discurre paralela (y que mide algo así como 830 metros, otro número incomprensible, la podían haber dejado en 800, como la del faro verde) y que llega casi hasta el Grifo, lugar mítico para los peralicos. Donde te cruzas con los chavales africanos que hacen dominadas y abdominales en los aparatos de calistenia, con las autocaravanas de jubilados centroeuropeos que hibernan al sol, con montones de niños que aprenden a patinar o a montar en bici, con zagalones en patinete que ni se darían cuenta si te atropellan porque encima van mirando el móvil… Un ecosistema que no se parece en nada a Oxford, pero que tiene su propia épica de andar por casa.

Ángel bajó de cuatro minutos. El kilómetro, no la milla. Pero yo, que nunca he visto un tres delante de los dos puntos en la pantalla de mi Coros, le miro con la misma admiración con la que imagino que miraban a Bannister los que estuvieron allí.

Enhorabuena a los cinco. Y gracias a La Huertecica por darnos un motivo para correr que no cabe en un reloj.

Misión cumplida. El 60 por ciento de los peralicos participantes en la Milla Solidaria, luciendo, cual modelos de Armani, nuestra colección de camisetas. Va siendo hora de renovar, y unificar, el fondo de armario (la directiva está en ello).

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El ojo del huracán

Por la izda, Fernando Daniel Quesada, Miguel Pérez Gracia, Leanne Miller y Alfonso Martínez. Eolo no sale en la foto porque estaba calentando.

La borrasca se llamaba Oriana, que suena a princesa de cuento, pero podía haberse llamado Gengis perfectamente. Novena del año. ¡Hombre, por favor! El caso es que a Oriana le dio por visitarnos el sábado 14, justo el día que a nueve peralicos les había dado por subirse al monte Atalaya con dorsal puesto para la VI King of the Mountain, segunda prueba de la I Carthago Mountain League. Catorce kilómetros, setecientos metros de desnivel positivo y rachas de viento de más de 100 kilómetros por hora, con aviso naranja en media Región de Murcia. Un día, en definitiva, para quedarse en casita con una manta, un café y la conciencia tranquila. Pero no. Ahí estaban los nuestros.

El anemómetro de mi estación meteorológica, en La Vaguada, marcó récord: 115,2 km/h.

Miguel Pérez Saura hizo una carrera de auténtico escándalo: undécimo en la general con un tiempo de 1:16:15 y un ritmo de 5’26» por kilómetro. En un 14K de montaña. Con setecientos metros de desnivel. Con un vendaval que te arrancaba las ideas de la cabeza antes de poder pensarlas. Natalia García Correa lideró la expedición femenina con otro tiempazo: 1:41:03, cuarta de su categoría.

José Miguel Navarro-Azorín cruzó meta en 1:38:08, Fernando Daniel Quesada Pereira en 1:44:32, Ignacio Vélez Garcerán en 1:51:10, nuestro alemán favorito, Reiner Thomas, en 2:08:20, Alfonso Martínez Martínez en 2:20:16 y Miguel Perez Gracia en 2:30:09. Todos llegaron enteros. Y todos con una historia que contar sobre lo que es correr cuando el viento empuja, frena, zarandea y te trata, en fin, como si le debieras dinero.

Mención especial para nuestra valiente Leanne Rebecca Miller Hayhurst, que cerró la representación peralica con un susto que nos dejó el corazón en un puño. Casi se nos estropicia Leanne, pero aquí la tenemos, entera y con medalla de superviviente.

Con seis grapas en la rodilla y una lata de… ¿suero salino?

Y hablando de valentía, gracias enormes a Mari Carmen, que desafió a Oriana armada no con zapatillas de trail sino con una cámara, para que todo esto quede documentado.

700 metros de desnivel, pero ni el Everest cuando el viento soplaba de cara.

Buscando a Téllez

Una semana antes de que Oriana convirtiera la King of the Mountain en una prueba de supervivencia, José Antonio Téllez Almodóvar se acercó a Roche para estrenar la I Carrera y Marcha Condado de Roche, un cross de cinco kilómetros con vocación solidaria organizado a beneficio del AMPA Ginés Cabezos Gomariz y dentro de La Unión Running League. Cinco kilómetros de campo, con un perfil que engañaba: subidas cortas pero empinadas, terreno irregular y el recuerdo todavía fresco de la borrasca Marta, que la víspera había dejado avisos naranjas por toda la Región. El domingo amaneció más tranquilo, pero tranquilo en febrero de 2026 es un concepto bastante relativo.

Téllez firmó un meritorio puesto 15 en la general con 22:50, a ritmo de 4’34» por kilómetro en un terreno que no era precisamente una pista de atletismo.

Concurso de agudeza visual. Imagina que Wally lleva camiseta de peralico, cronometra cuánto tardas en encontrarlo.

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Cansinos supremos

Si hay que correr se corre, y si que irse de fiestuki, se va.

«Al final hemos ganado por cansinos.» Eso escribió Jorge Hernández Marí en el grupo de WhatsApp del club, y ahí está la mejor definición de lo que el Marathon Cartagena ha arrasado en la I Carthago Running League. Por estar ahí. Por no faltar. Por ser esos pesados que siempre aparecen con el dorsal puesto en cada línea de salida de este bonito exoplaneta que es nuestro municipio.

Sobre el escenario, los peralicos demostraron que tienen tablas.

El jueves 12 de febrero se celebró en el Centro Cultural Ramón Alonso Luzzy la gala de clausura de esta primera edición de la liga, presidida por la alcaldesa Noelia Arroyo, y el club decano del atletismo popular cartagenero tuvo una presencia destacada. Bronce como club más participativo, con 190 puntos, por detrás de Runtritón y Vista Alegre Trail. Y un puñado de premios individuales que demuestran que los cansinos, además de ir a todas, compiten.

Tres peralicos completaron las quince pruebas del calendario. ¡No dejaron ni el postre! Paola Motijano Ogeron y Ángel Conesa Sánchez —que además de ir al gimnasio, o eso dice él, resulta que también saca tiempo para correr— se llevaron junto a Jorge Hernández Marí la distinción de Finishers Oro, un club selecto de solo quince corredores en toda la liga.

Los 15 que completaron las 15. Yo terminé una, pero claro, mis pilas son del chino. Estos llevan las del conejito rosa.

Otros tres peralicos se sumaron a la categoría Finisher con diez o más participaciones: José Antonio Téllez Almodóvar, Antonio Sánchez Montalbán e Ignacio Vélez Garcerán.

Y luego están los trofeos. Paola se llevó dos —y si existiera el premio a la simpatía suprema se llevaría tres—: oro en la categoría participativa de Máster 40 Femenino y plata en la competitiva.

Pao, nueva heroína de Marvel. Confesándole a Noelia que sus zapatillas tienen superpoderes.

Su media naranja Ángel, plata en la participativa de Máster 45. Téllez, oro en la participativa de Máster 55 Masculino… Y, en fin, cada uno de los más de cien peralicos puso su granito de arena para poner al club en el podio de una liga que superó las 15.000 participaciones y los 172.000 kilómetros recorridos en toda la temporada.

Nuestro multitarea Ángel, que hizo isquios antes de ir a la gala y tenía como un vacío en el estómago.
Jorge Hernández, el cansino que titula esta crónica.
Téllez demostró su categoría innata y además ganó en su categoría.

Nada de esto se entiende sin las dos personas que han pilotado el club durante esta primera edición. Dani, presidente durante la mayor parte de la liga, que nos llevó con la generosidad y la clase de siempre. Y Olga, que recogió el timón con la energía de una central nuclear portátil.

Nuestra presi, con el trofeo y un outfit insuperable. ¡Guapa!

Si os perdisteis la fiesta, nuestra community manager Madeleine ha subido un reel al Instagram del club para que lo viváis en diferido. ¡Echadle un ojo y dejad corazoncitos!

Enhorabuena a todos los premiados y a todos los que sumaron kilómetros esta temporada. Al final, la mejor categoría es la que inventó Jorge: cansinos, que sois unos cansinos. Dicho sea con el debido respeto, aunque me tengáis mirando con lupa las clasificaciones a horas indecentes, que descifrarlas ha sido más complicado que montar un mueble de Ikea con las instrucciones en sueco.

Nuestros premiados (nótese que Pao va cargada como si se saliera del Mercadona).
Celebrando. Ángel parece Michel (el ex futbolista), cuando dijo aquello de: «¡Me lo merezco!». Os lo merecéis. Y nos lo merecemos.

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Contra todo pronóstico

Gracias a Juanki y Sabela, nuestros vocales de senderismo, por organizar estas escapadas y por los retazos y fotos que luego nos ayudan a reconstruir la historia.

Lima, capitaneando a sus diez valientes humanos.

La AEMET lo tenía clarísimo: quédate en casita. Lluvia, viento, frío, el repertorio completo de calamidades meteorológicas que llevamos arrastrando desde que este tren de borrascas decidió instalarse en la península. Pero claro, en el Club Marathon Cartagena llevamos lo de desafiar pronósticos en el ADN, así que allí estábamos, una decena de peralicos más Lima —una perra muy cariñosa que trajeron nuestros compañeros teutones, recientemente incorporados al club—, plantados junto al faro de Portmán como quien dice «lo que tú digas, AEMET, pero nosotros vamos a salir, y ya si eso…»

En perfecta formación. De frente, ¡paso ligero!

La mañana del sábado se abrió como un regalo inesperado, de esos que te hacen pensar que alguien ahí arriba nos tiene aprecio. Nada de chuzos de punta. Nada de paraguas ni chubasqueros. Arrancamos con unas vistas impresionantes desde los acantilados, casi sin viento, que luego sí empezó a subir pero que a nosotros apenas nos afectó.

La diosa Perséfone, recién llegada del inframundo, pinta el boceto de la primavera que viene.

Y el paisaje se desató con una explosión de colores que parecía que nos habíamos colado en el escenario donde la naturaleza estaba preparando el ensayo general de la primavera: amarillos, ocres, lilas, todo ese repertorio cromático que se empeña en desbordarse en febrero cuando el calendario dice que aún falta un mes para la función oficial.

Sin palabras.

Después de los acantilados nos metimos en un bosque frondoso que nada tenía que envidiar a sus primos del norte. Pinos carrascos, palmitos, algún que otro ciprés de Cartagena, también llamado sabina mora —esa especie endémica que solo crece aquí y que los botánicos bautizaron Tetraclinus articulata porque para eso son botánicos—, todo ese verde espeso que te hace olvidar que estás en el sureste seco de España.

Supongo que estos pedruscos los pusieron los descendientes de los etruscos…

La última parte era la más técnica y durilla, pero el grupo la afrontó sin problema alguno. Tres horas de marcha circular que te van llevando monte arriba hasta los 305 metros de altura donde, en 1931, la dictadura de Primo de Rivera decidió plantar dos cañones Vickers modelo 1923 de 88 toneladas cada uno, dieciocho metros de longitud, calibre de 381 milímetros, alcance de 35 kilómetros. Los mismos que hay en Castillitos, en Cabo Tiñoso. Toda una red de baterías costeras que estuvieron en servicio hasta 1994, hasta que los modernos misiles las dejaron obsoletas (para los asuntos militares), aunque sus usos culturales y turísticos no caducan.

Por esta boca salían pepinos de 885 kg…

Ya arriba, en la batería, pudimos disfrutar de las magníficas vistas tanto del Mar Menor como de la costa de poniente, que aprovechamos para reponer fuerzas. La batería es un festín de arquitectura modernista abandonada: túneles, casamatas, polvorines, galerías subterráneas, ese pórtico de entrada con las cabezas de serpiente inspirado en Chichén Itzá… Alucinante.

La sagrada hora del almuerzo, que en el campo es más sagrada aún. Por cierto, el club debería financiar una bota de vino.
Lima también repone líquidos y fuerzas junto a sus teutones dueños.

La bajada fue cómoda, por pista, viendo la antigua bahía de Portmán, hoy todavía anegada y en espera de solución. Ese Portus Magnus que los romanos convirtieron en enclave estratégico para sacar plata, plomo y cobre, y que la minería moderna del siglo XX sepultó bajo sesenta millones de toneladas de residuos que llegaron a adentrarse doce kilómetros en el Mediterráneo. Una de las mayores catástrofes medioambientales de España, ahí abajo, a nuestros pies, esperando que alguien decida hacer algo al respecto.

Gema nos invita a seguirla. ¿A dónde? Al bosque frondoso, o al fin del mundo… Nunca se sabe si hay peralicos en el camino, que cuando cogen carrete…

Terminamos en la antigua calzada romana, frondosa de vegetación, esa misma calzada por donde los romanos bajaban el mineral hasta los barcos anclados en el puerto. Y de ahí, de vuelta a los coches para plantarnos en una terraza soleada de Portmán y dar buena cuenta de unos merecidos zumos de cebada fermentada en buena camaradería.

Van Gogh se hubiera puesto las botas por estos lares…

Como dijo Sabela… «Sábado 7 febrero, contra todo pronóstico…preciosa mañana de invierno»… De invierno disfrazado de primavera. Y como refrendó Gema: «Pasamos una muy buena mañana». De eso se trata. Y de recuperar sensaciones. En marzo, nueva excursión, ¡a ver qué nos preparan nuestros sherpas!

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Peregrinos en Murcia

Pablo posa con su medalla frente a la catedral de Murcia, que no es la de Santiago, pero es bien bonica. Y completar los 42,195m de la maratón equivale a un día de peregrinaje (mínimo)…

Un grupo de peralicos se desplazó el pasado domingo a la vecina provincia de Murcia para participar en la 12ª edición de la TotalEnergies Maratón Murcia Costa Cálida. Una peregrinación deportiva que este año tenía sabor especial: la capital del Segura celebraba nada menos que 1.200 años desde su fundación como Madina Mursiya allá por el 825. Enhorabuena, murcianicos, ya tenéis casi la mayoría de edad. Nosotros, con nuestros… bueno, aquí viene la duda. ¿Cuántos años tenemos exactamente? Porque decimos que Cartagena es trimilenaria, pero si contamos desde que Asdrúbal fundó Qart Hadasht en el 227 a.C., eso nos da unos 2.252 años, que no está nada mal pero no llega a tres mil ni empujando.

Ahora bien, si tiramos del hilo de Mastia, la ciudad íbero-tartésica que ya existía antes de que el cuñado de Aníbal apareciera por aquí, la cosa cambia. Por suerte, entre los peralicos tenemos a Miguel Martín Camino, que además de ayudar con la logística para plantar la tienda del club, es una eminencia del Museo Arqueológico Municipal y uno de los mayores expertos del mundo en la Cartagena púnica. Quizá nos saque de dudas y podamos presumir con propiedad. Mientras tanto, lo que está claro es que cuando Murcia era un proyecto urbanístico en la cabeza de un emir, nosotros ya habíamos inaugurado las pistas para los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano-Cortina en la categoría de slalom de paquidermos. Y ni siquiera se habían inventado los esquíes.

Los nuestros cubrieron las tres distancias —maratón, media maratón y 10K— en un recorrido completamente llano que partía del Ayuntamiento y culminaba a los pies de la Catedral, sede de la Diócesis de… ejem… Cartagena desde 1291. Una catedral con bula papal auténtica, la del Papa Paulo II de 1465, así que técnicamente los corredores que cruzaron la meta tienen indulgencia plenaria. O deberían tenerla. El chip no te lo sellan como en el Camino de Santiago, pero a cambio te dan una medalla de finisher que pesa lo suyo y sirve igual para presumir con los amigos.

Por parejas. Los Danieles (padre e hijo) + Luisa y Camero, Camero y Luisa (tanto monta, monta tanto)
Pablo y Mayordomo, que reapareció a lo grande después de sus tres maratones en tres semanas.
Luisa corrió el 10K, Camero la acompañó hasta la meta, la despidió con un besico y le dijo: «Ahora vuelvo». Y volvió con otro maratón tachado de la lista, y debe estar ya en los 60, pero sospecho que no lleva la cuenta…

En el 10K, Daniel Sánchez (padre) cruzó la línea de meta en 59:25, seguido de Luisa María Marín con 1:00:34. Cerrando la expedición peralica, los hermanos Lacárcel Wandosell —José y Alfonso— entraron juntos, con idéntico tiempo de 1:05:15, demostrando que la sangre tira y que cuando uno aprieta el otro no se queda atrás.

En la media maratón, Daniel Sánchez (hijo) tiró con ganas y marcó un notable 1:31:30. Más atrás, Rafael García Martínez y Pablo Pérez Esparza cruzaron la meta con tiempos muy parejos —1:49:57 y 1:50:18 respectivamente— probablemente les dio tiempo a conversar mientras corrían. O, por lo menos, a verse las camisetas azul cielo. Como dicen en Liverpool, «You will never run alone!» (o algo parecido).

Y en la distancia reina, los 42 kilómetros y una propina de 19500 centímetros de sufrimiento, José Miguel Navarro firmó un excelente 3:43:59. José Ramón Camero se coló por los pelos en el club sub-4 con un 3:59:53, ¡olé ahí! Cerrando la expedición maratoniana, Armando Mayordomo completó la prueba en 4:06:31, un tiempo que a un servidor le resulta inquietantemente familiar (mi personal best es 4:06:19, pero tenía 18 años). Quizá el universo me manda señales… Lo mismo el año que viene me apunto a la maratón de Murcia, con bula o sin ella.


Paulino se da a la fuga

El mismo día, pero sin salir de casa, Paulino representó a los peralicos en la I Carrera Solidaria Ruta 091, organizada por la Policía Nacional en colaboración con el Ayuntamiento de Cartagena. Más de 2.000 participantes en un recorrido de 6 kilómetros con salida y meta en el Palacio de Deportes. Los beneficios fueron destinados a «Las mil batallas de Claudia», una asociación que recauda fondos para investigar la enfermedad rara Menke-Hennekam.

Nuestro hombre, en una emocionante persecución digna de película americana, logró escapar del cerco policial manteniendo un ritmo de 5:46 por kilómetro hasta cruzar la línea de meta en 34:19. A esa velocidad ni el helicóptero le pilla.

Paulino Pereira puso tierra de por medio. Sigue en busca y captura.

Caso abierto

La crónica de sucesos se completa con Fernando Montero, que corrió en Campello (Alicante). Cinco kilómetros que completó en 23:36, a un ritmo de 4:46, colgándose la medalla de plata en la categoría Máster G. Hasta ahí, lo habitual. Pero Fernando tuvo que abandonar rápidamente el podio porque Interpol le pisa los talones. El caso Montero lo tiene todo para convertirse en una serie de Netflix. Las hipótesis son varias y fascinantes: cyborgs que contienen copias genéticas, hermanos gemelos no declarados, clonación masiva del DNI… Porque resulta estadísticamente imposible que un solo individuo aparezca en tantas carreras populares y encima se suba al cajón de forma sistemática. Todas las líneas de investigación permanecen abiertas.

Puede ser Fernando Montero, o uno de sus múltiples cómplices… En la sede del FBI están analizando esta imagen.

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Los indomables de Sax

Bien abrigaditos en los prolegómenos. Más de uno se lo pensó antes de despojarse de chándals y plumíferos…

Hacía tiempo que los Peralicos no se subían a un autobús para ir juntos a una carrera. Años, probablemente. Nos vemos en los entrenamientos, coincidimos en las carreras locales, nos cruzamos por Cartagena, pero lo de organizar una salida en grupo, con autobús y todo, eso ya era otra cosa. Eso requería intención. Y ganas. Y que alguien se pusiera las pilas para organizarlo.

Olga, la presidenta, decidió que el 24 de enero sería el Día D. Y las siete de la tarde, la Hora H. Y eligió bien: el XV Cross Nocturno de Sax, un pueblo de Alicante que cada año monta una carrera que es más fiesta que competición, más celebración que cronómetro. Ocho kilómetros, dos vueltas, cuestas incluidas (y qué cuestas), y todo el pueblo en la calle. Si queríamos volver a juntarnos, ese era el sitio.

Así que ahí estábamos, un sábado por la tarde, subiéndonos al autobús como críos de excursión. Daban ganas de ponerse a cantar eso de badabadúm badúm badumbadumbadero, como cuando salías de excursión con el colegio y el viaje era la mitad de la aventura. Aunque nosotros ya no seamos unos críos —pero correr sí que es un vestigio de la infancia, de esos años en los que ibas corriendo a todas partes, no porque tuvieras prisa, sino porque era divertido y tu corazón y tus pulmones y tus piernas te lo pedían: detrás de un balón, jugando a la pillá en el recreo, siempre masticando algo, el bocadillo de salchichón, un chicle, regaliz—. O sea, que sí, que en el fondo seguimos siendo unos críos.

El viaje discurrió sin novedad. Y cuando llegamos a Sax, lo primero que hicimos fue buscar los dorsales y los baños. Porque antes de correr, ya se sabe, el cuerpo pide lo suyo. Y aquí viene uno de los grandes descubrimientos de la noche: había un autocar-retrete. Sí, habéis leído bien. Un autobús entero remozado como un aseo portátil. Pero no de esos químicos infames donde entras conteniendo la respiración y sales traumatizado. No. Esto era un bus-váter de lujo. Subías las escaleras y casi te daba cosa de lo limpios que estaban. Dire Straits sonando de fondo mientras uno se encierra ahí dentro a hacer lo que hay que hacer (soltar lastre) antes de correr ocho kilómetros. Héctor, claro, estuvo haciendo fotos del invento —porque esto había que documentarlo—.

Después nos refugiamos en los vestuarios de la piscina municipal, donde la calefacción estaba a tope. Hacía un frío de cojones fuera, y ahí dentro se estaba tan a gusto que te entraban dudas existenciales: ¿salgo o no salgo? ¿Me quedo aquí calentito o me lanzo a la noche helada a correr como un poseso por las cuestas de Sax? Al final todos salimos, claro. Para eso habíamos ido.

La carrera fue exactamente lo que promete: un caos maravilloso. Las calles del casco antiguo son muy estrechas. Al principio hubo atasco, gente frenando, gente adelantando por donde no cabía… Pero esa es la gracia del cross nocturno: es un festival, con música en cada esquina, vecinos asomados en cada portal, chavales animando, bares donde te invitan a beber de un porrón de mistela… Y mirar arriba, a la derecha, y ver el majestuoso Castillo medieval. Una gozada.

Las cuestas dolían. Claro que dolían. Y en la segunda vuelta, cuando ya las conocías, dolían más, porque sabías lo que venía. Pero también había tramos donde podías soltarte, dejarte caer por las bajadas, aprovechar el impulso. Y siempre, siempre, había alguien gritándote algo. «Vamos, que ya queda poco». «Ánimo, que lo llevas». «Tú puedes». Quizá no lo llevabas tan bien, y a lo mejor no podías. Pero daba igual. Te lo creías.

Y entonces pasó lo que nadie espera que pase. Un corredor sufrió una parada cardíaca en plena carrera. Los servicios de emergencia actuaron rápido, pero durante muchos minutos angustiosos estuvieron ahí, en la calle, con la RCP, luchando. La carrera siguió —porque así funciona esto, la vida sigue aunque alguien las esté pasando canutas detrás de un biombo—, pero todos los que pasamos por ahí nos llevamos esa imagen. Esa sensación de fragilidad. De que esto que hacemos, correr, que parece tan inocente, tan sano, también tiene sus riesgos. Días después leí que el hombre se había recuperado. Menos mal.

Pero la noche no acabó ahí. Después vino la cena. Y la conversación. Y ahí es donde los Peralicos demostramos que somos más que un club de running: somos un grupo de gente rara con intereses variados y conversaciones imposibles. Astronomía y eclipses, navegaciones por la Antártida —con tormenta de nieve en Isla Decepción incluida, ¡esos fuelles de Neptuno!—, y del Albacete Balompié, que Ricardo es manchego y sacó pecho (aunque casi hubo que ponerle una pistola en el ídem para que presumiera un poco) después de ganarle al Real Madrid…

Y en algún momento de la cena, alguien lanzó la idea. Una escapada más seria. Un viaje como los de antes. El maratón de Florencia. O el de Marrakech. Algo grande. Algo que requiriera planificación, ilusión, compromiso. Algo que nos recordara que este club nació hace más de veinticinco años precisamente para eso: para correr juntos, sí, pero también para vivir juntos esas experiencias que solo tienen sentido si las compartes.

Ahí lo dejo.

Y luego volvimos en autobús. Con la luna como una sonrisa en el cielo, colgada ahí arriba como si también hubiera disfrutado de la noche. A gusto. En paz. Cansados pero contentos. Con esa sensación de que habíamos hecho algo más que correr ocho kilómetros. Habíamos vuelto a salir juntos. ¡Y qué bien lo pasamos!

Ricardo, como una moto, estimulado (¿dopaje psicológico?) por el postrero gol de Jefté.
Pablo, que no necesita dopaje porque los de Franciscanos llevamos la alegría en el cuerpo.
Juanki (otro manchego de pura cepa y forofo del Queso Mecánico), sufriendo, pero como también es del Atleti ya está acostumbrado…
Luisa y su Camero, haciendo de liebre y quitándole, de paso, un poquito de viento frío…
Fernando también se acercó, desde Torrevieja (creo). No cenó con nosotros porque llegaba tarde a otra carrera…
Dani y Ana, disfrutando de la avenida engalandada para las fiestas de Moros y Cristianos.
Mar y su sonrisa ‘led’. Por donde ella pasa no hacen falta farolas.
Toni, calculando si el flujo de caja dará para más salidas de los peralicos…
Mi vecino Salvador, un crack total al que tuve el placer de llevar a casa.
El community, a escasos metros de la meta, bueno, no tan escasos… Que los últimos cinco se le hicieron eternos…
Cena en familia. No dejamos nada en el plato (ni en las copas).
Brindando con vino y casera por nuestros sufridos acompañantes, que fotografiaron, se dejaron la garganta animando y casi se congelan. ¡Gracias por venir!
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