
Armando Mayordomo García vive en un pueblo de Valencia y el domingo se plantó en Serra con el dorsal 110 para correr la XI Marató de la Calderona, una carrera de montaña de cuarenta y tres kilómetros y medio con dos mil trescientos metros de desnivel positivo que Strava, con esa capacidad suya para banalizar el sufrimiento ajeno, clasificó como «Morning Run». Como si levantarte a las seis de la mañana para subir y bajar picos de la Sierra Calderona durante siete horas fuera lo mismo que salir a trotar antes del café con leche.
La Calderona sale de la Plaça de la Font, en Serra, y te mete por Rebalsadores, Cruz del Sierro, Ermitans y todo lo que el Parque Natural tiene a bien ponerte delante. El desnivel oficial son dos mil cuatrocientos cincuenta metros de subida. Armando registró dos mil trescientos diecinueve en su Garmin Fēnix 6X, que viene a ser la diferencia habitual entre lo que promete el organizador y lo que dice tu muñeca, y que a partir de cierta cantidad de metros de desnivel positivo da exactamente igual porque las piernas ya aguantan lo que sea, protestando a su dueño o resignadamente.

Lo gordo, al menos en pantalla, fue la cosecha de récords personales. Armando batió su mejor marca en cinco segmentos de Strava en una sola carrera: Blanquisar hasta el cruce, la subida CV-3342, la bajada del Castillo desde el cortafuegos nuevo, MACA-Avitu y la aproximación a La Mola. Cinco PRs. La pantalla parecía una máquina tragaperras dando premio en cada tirada. Ahora bien, conviene aclarar para los no iniciados en la liturgia de Strava que un «récord personal» significa que es tu mejor marca en ese segmento, y que si nunca has corrido ese segmento, la primera vez que lo haces es automáticamente tu récord personal. Podrías ir andando, pararte a hacer fotos del paisaje, comerte un plátano y llamar a tu madre, y Strava te regalaría igualmente la copita dorada y la fanfarria digital.
Que conste que esto no le quita ni un gramo de mérito a pegarse siete horas por la sierra con dos mil trescientos metros de desnivel —eso no hay algoritmo que lo regale—, pero la lluvia de PRs de la pantalla puede tener más que ver con la generosidad estadística de correr segmentos nuevos que con haber reventado marcas que llevaban años resistiendo. Strava es así: te aplaude siempre la primera vez, como un padre en un festival de fin de curso. ¡Armando, acláranos el misterio!
Bien. Ritmo medio de 9:54 por kilómetro —que en montaña con ese desnivel es un ritmo estupendo—, frecuencia cardíaca promedio de 154 pulsaciones durante más de siete horas (que es más estupendo aún, y si no que le pregunten a cualquier cardiólogo), y a los pies unas Asics Nimbus que probablemente necesiten una semana de reposo en un spa. O directamente la jubilación.
A propósito de Strava y de sus trampas motivacionales, algún día tengo que contaros mi experiencia con la aplicación, que fue breve, intensa y humillante a partes iguales. Durante unos meses gloriosos fui el rey indiscutible de un segmento en un descampado de La Vaguada donde solo corría yo, los perros de la urbanización y algún que otro corredor despistado que pasaba por allí sin fijarse en que aquello era un segmento de Strava y no una cuesta con un poquito de desnivel (asequible), cuatro farolas (la mayoría siempre apagadas) y unos matojos que han sido meados y remeados por los chuchos, que también quieren ser los reyes del descampado, a su modo canino. En fin. Que toqué la gloria. Campeón absoluto. Líder del ranking. Fanfarria digital cada vez que pasaba por allí, y en mi caso sí que eran récords de verdad, porque llevaba meses machacando el mismo tramo intentando bajar de 6:42 (que no es que sea una marca de relumbrón para 1,2 km, pero os recuerdo que corría cuesta arriba, eh).
Hasta que un día apareció un tal RRunnerCT47 (me he inventado el alias, no desvelaré el auténtico por aquello de la intimidad), perfil privado, sin foto, sin nombre, sin nada, y me arrebató el trono con un 6:14 que me dejó mirando la pantalla como quien recibe una carta de Hacienda en agosto.
Lo que vino después fue una rivalidad sorda y a deshoras por ser el rey del descampado que no desmerecía la de Sebastian Coe y Steve Ovett en los Juegos de Moscú, con la diferencia de que Coe y Ovett al menos se veían en la pista, mientras que RRunnerCT47 y yo nunca coincidimos en el descampado, jamás, como si corriéramos en dimensiones paralelas. La cosa terminó mal, al menos para mí, cerrando mi Strava en un acto que los diplomáticos llamarían retirada estratégica y cualquier persona con dos dedos de frente llamaría derrota sin paliativos. Pero esa historia merece su propio capítulo y hoy el protagonista es Armando, que es el que se ha pegado siete horas por la sierra.
¡Enhorabuena, Armando! Y vosotros, ¿alguna vez os habéis picado con alguien en el Strava o habéis sido los dominadores de un segmento?
Misterio resuelto
Armando ha respondido por WhatsApp y resulta que esta era su segunda Calderona, así que los récords personales de Strava no eran de bienvenida: los batió de verdad, contra sus propias marcas del año pasado, lo cual le devuelve al asunto toda la épica que yo, borde profesional, le había quitado dos párrafos más arriba. Mis disculpas, Armando.
Su mensaje merece transcribirse, eso sí, con la ortografía y la puntuación del WhatsApp original porque editarlo sería traicionar el género literario: «Gracias Carlos, esta es la segunda vez que la hago, el año pasado ya la hice, veremos si hay más, muy muy bonita pero lastima que te pasas todo el tiempo mirando donde poner el pie, para matarse! pero solo una caída y aunque hoy me siento entre Rambo (por no sentir las piernas) y Rococop (por como camino) pero muy contento, muy buen día.»
Ese híbrido de Rambo y Robocop —que Armando ha bautizado involuntariamente como «Rococop», un nombre que merece su propia franquicia— es probablemente la descripción más precisa que existe del estado físico de un corredor de montaña después de una carrera. La parte de arriba de su cuerpo se siente invencible, la parte de abajo se niega a cooperar con las escaleras, y el resultado es un señor que camina por su pueblo valenciano como si le hubieran montado las rodillas del revés.
Lo de pasarse toda la carrera mirando dónde poner el pie es algo que los corredores de asfalto no entienden hasta que se meten en su primer trail y descubren que levantar la vista del suelo dos segundos significa torcerte un tobillo contra una piedra que no estaba ahí hace un momento, o eso juras tú. Por cierto, nuestra accidentada Leanne está mucho mejor, aunque dolorida aún de su espeluznante caída bajando por el cemento de la Atalaya a 4.30. En su caso, el huracán le dio un empujón que en cualquier competición hubiera sido merecedor de descalificación y hasta de calabozo). Pero échale un galgo al viento.


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