Zumo de pepinillos

El chupito milagroso. «¿En serio me tengo que beber esto?»

Carlos Alcaraz iba perdiendo. Bueno, no exactamente perdiendo, pero sí dejando de ganar, que a veces es peor. Llevaba dos sets arriba contra Zverev en las semifinales del Open de Australia, a dos juegos de meterse en su primera final en Melbourne, y de pronto las piernas dejaron de responderle. Calambres. Rampas. Esa sensación de que el músculo decide por su cuenta contraerse y no soltarse, como si alguien hubiera metido un tenedor en el enchufe de tu sistema nervioso.

Lo que pasó después ya lo habéis visto: tiempo médico, polémica, Zverev echando espuma por la boca porque técnicamente no se puede pedir asistencia médica por calambres (y mira que Zverev me cae bien, porque es diabético y se mide la glucosa y se pincha en los partidos, visibilizando la diabetes, un gesto que aprecio como padre de deportista diabético), y Alcaraz bebiendo algo misterioso de un botecito. Era zumo de pepinillos. Pickle juice, lo llaman los americanos. Y funcionó. El chaval volvió a moverse, remontó el quinto set, y ahora tiene un Grand Slam más en la vitrina.

La ciencia detrás de esto es curiosa porque durante décadas todo el mundo pensó que funcionaba por los electrolitos: el sodio, el potasio, esas cosas que pierdes cuando sudas. Pero no. Resulta que el zumo de pepinillos alivia los calambres en treinta segundos, y los electrolitos tardan media hora en absorberse. Las cuentas no salen. Lo que realmente ocurre es que el ácido acético del vinagre activa unos receptores nerviosos en la garganta —los canales TRP, si os gustan los nombres técnicos— que envían una señal al cerebro diciendo «eh, resetea eso». Y el calambre se corta. Así, sin más. Como reiniciar el router cuando se cuelga internet.

Tiene algo de magia y mucho de receta de abuela. En el club lo sabemos bien: cuando llegan las Fortalezas (por cierto, ¡tengo dorsal!) y el calor aprieta, cada uno tiene su truco. Yo llevo una tarrina monodosis de vinagre de esas que ponen en los bares para la ensalada. Hay quien prefiere las gildas, las banderillas, cualquier cosa ácida y salada que te haga torcer el gesto.

Pues bien, este post es nuestro zumo de pepinillos particular. El community manager lleva semanas acumulando calambres informativos: carreras por aquí, carreras por allá, peralicos que no paran quietos ni un fin de semana (la madre que los…), y el blog pidiendo a gritos un reseteo. Así que vamos a tomarnos un buen trago de crónicas concentradas para salir del bucle y ponernos al día. Bienvenidos al zumo de peralicos.


Un bronce (y tres bronceados) en San Pedro

El 11 de enero, la V Media Maratón y 9K Paraíso Salado en San Pedro del Pinatar reunió a tres peralicos junto al Mar Menor. Elena García García se subió al tercer cajón del podio en su categoría M45F con un ritmo de 5:08 el kilómetro (¡enhorabuena Elena!). Junto a ella, Pablo Hernández (que como siempre llegó a la par, como si hicieran natación sincronizada en vez de correr) y el incombustible Fernando Montero completaron los 9 kilómetros disfrutando del ambiente y las salinas.

Elena comprobando que la medalla no es de chocolate, aunque después de correr 9k a 5.08 yo lo preferiría…
Elena, nuestra medallista en San Pedro, flanqueada por Pablo (dcha) y Fernando.

Noche de San Antón en Jaén

Unos van y otros vienen. Cuando la mayoría va, Ricardo ya hace tiempo que ha vuelto. Hizo el 10k de Jaén en 39.35

Ricardo García Garijo (que además de ser rápido como una centella es lo más parecido a una Wikipedia ambulante de la historia del fútbol local y quién sabe de qué otros conocimientos ignotos) se plantó el sábado 17 de enero en la XLIII edición de la Carrera Urbana Internacional Noche de San Antón, esos 10 kilómetros nocturnos que llevan cuarenta y tres años convirtiendo Jaén en una fiesta del atletismo popular. Catorce mil corredores en la línea de salida, récord histórico de participación, y una ciudad entera volcada en la calle con antorchas iluminando el recorrido (eso dicen las crónicas). La San Antón no es un 10K cualquiera: es fiesta de interés turístico nacional, y el motivo se entiende cuando te lo cuentan los que la han corrido.

Ricardo lo resume mejor que cualquier folleto promocional: «Es de esas carreras que te hacen amar este deporte». Y avisa a los que estéis dudando: sí, Jaén queda a más de tres horas y media de Cartagena, pero merece la pena. Eso sí, si os animáis para el año que viene, afinad los reflejos, porque los doce mil dorsales de la prueba popular se agotaron este año en dos horas y diecisiete minutos. Hay gente que tarda más en elegir serie de Netflix.


A toda pastilla en Santa Pola

Al día siguiente, el domingo 18, la cosa iba de agua salada. La 34ª Mitja Marató Internacional Vila de Santa Pola volvió a demostrar por qué está considerada una de las cuatro mejores medias maratones de España y una de las más rápidas de Europa. Circuito prácticamente plano, el Mediterráneo como telón de fondo durante 21 kilómetros, y casi 8.000 corredores en la línea de salida. Para que os hagáis una idea del nivel: el ganador paró el crono en 1:00:49. Una hora y cuarenta y nueve segundos. Yo tardo más en clavarle los puñeteros imperdibles al dorsal, pero es que lo mío no es la motricidad fina…

Antonio Pérez García y Miguel Ángel Torres Llamas llevaron los colores del club por el litoral alicantino. Antonio firmó un estupendo 1:47:51, mientras que Miguel Ángel completó los 21 kilómetros en 2:01:09. Es su media número 55, ahí es nada. Y con las mismas se marcha este mes a Nápoles, donde correrá con el Vesubio a la vista y las ruinas de Pompeya en lontananza. ¡Cómete una buena pizza a nuestra salud!

Nuestro banquero se marcó un Citizen Kane en las redes de Santa Pola. Y pescó un tiempazo, por cierto…
Juraría que a Miguel Ángel le he visto lucir melena y coleta… ¡Lo digo en serio!

Kilómetros solidarios en Molina

Y mientras tanto, en Molina de Segura, Fernando Montero (sí, Fernando otra vez) se apuntaba a la III Carrera Popular La Molineta, una prueba de 7 kilómetros con ese carácter solidario que convierte el simple hecho de correr en algo que va más allá de la marca personal. Fernando completó el recorrido en 37:22, a un ritmo de 5:20 el kilómetro. El trazado combinó circuito urbano por el centro de Molina con tramos por la Rambla de las Canteras, la Vía Verde y la mota del río, ofreciendo un recorrido variado que sacaba a los corredores del asfalto puro y duro.


Plomo (¡y plata!) en La Unión

Y cerramos por todo lo alto con otra plata en la XXXVII Carrera Alcalde de La Unión. Lo cuenta el protagonista, Juan José Téllez, que no solo corre que se las pela, sino que lo cuenta maravillosamente.

«Qué mejor plan para una fresca y soleada mañana de invierno que correr por el monte minero de La Unión, pensé cuando a escasas dos horas del cierre de las inscripciones hice la mía. Lo que no sabía el pasado jueves es que la carrera iba a ser tan dura y a la vez tan bonita. Dura, porque sus más de 200 metros de desnivel positivo en tan sólo 9 kilómetros son cosa seria, y más si le sumas la dificultad técnica de algunos tramos de estrechísimo, roto y húmedo sendero. Tanto, que yo meditaría cambiar su denominación oficial y añadirle el título de trail, o al menos el de cross. Y bonita. Parece mentira que la Sierra Minera cuente con semejante vegetación, parajes tan frondosos, senderos de tanta belleza y paisajes con tantos contrastes. En resumen, una carrera muy cercana y totalmente aconsejable desde el plano lúdico/deportivo. Por cierto, para los que conviven con un can deportista, que sepáis que también se disputa un Cross Canino 6k. Ya en lo personal, satisfecho de mi rendimiento en la carrera y del segundo puesto obtenido en mi categoría».

Por si tenéis curiosidad, en el cross canino participaron 18 perros, y algunos podían ir a unos Juegos Olímpicos, o casi… El que ganó bajó de 3min/k. Me pregunto si el dueño aprovechó para acoplar una vela al arnés y aprovechar el impulso de su chucho para hacer kitesurf…

Téllez, magníficamente acompañado en el podio de La Unión.

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II Ruta Senderista

El sábado 07 de febrero de 2026 realizaremos la segunda ruta senderista organizada por los vocales Juan Carlos Nieto Tabernero e Isabel María Lizán Fernández.

Por favor avisad a los vocales de senderismo de vuestra intención de participar en esta actividad.

📅 Sábado · 07 Febrero 2026

📍 Recorrido: Faro Portman → Batería Cenizas → Calzada Romana

📏 Distancia: 9,5 km
⛰️ Desnivel positivo: 350 m
⏱️ Duración: 3 – 3,6 h
⚡ Dificultad: Nivel medio

🕣 Hora de salida: 8:30 h
📍 Encuentro salida: Grifo Cartagonova
📍 Encuentro llegada: Faro Portman

🔗 Ruta completa: Wikiloc

👥 Invitación abierta a:
Miembros, amigos y relacionados del Club Marathón Cartagena

🎒 Recomendaciones:
✅ Ropa de montaña o deportiva
✅ Calzado de montaña o trail (suela dura y buen agarre)
✅ Bastones (opcionales)
✅ Mochila pequeña con agua, fruta y barritas

✨ Prepárate para disfrutar de la naturaleza y ¡buena compañía! ✨

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El Tesoro de Sierra Gorda

Leanne en la cima, con la chimenea de Peñarroya y el cabo Tiñoso al fondo.

Hay una película clásica de John Huston, El Tesoro de Sierra Madre, donde tres tipos suben a una montaña buscando oro y acaban medio locos. Sierra Gorda no es Sierra Madre —ni tiene oro ni Humphrey Bogart merodeando con sombrero—, pero te puede volver tarumba si te descuidas. Es el patito feo de las sierras cartageneras, sin tanto paisaje deslumbrante (aunque haberlos, haylos). Un poco zona de nadie, otro poco desgarbada; monte bajo pavimentado de pedruscos, con el mar insinuándose en el horizonte, aunque lejos para una postal. Ese tramo de la Ruta de las Fortalezas donde tradicionalmente se forma los tapones y mucha gente va como pollo sin cabeza para evitar el atasco. (Excepto en la última edición, todo hay que decirlo).

Pero Fat Sierra tiene su encanto y sus incondicionales. Los vecinos de Vista Alegre animan desde las puertas de sus casas, el tren de FEVE pasa cerca con su traqueteo oxidado, y si aguantas bien las subidas hay momentos en los que casi llegas a entender por qué te apuntaste. Casi. Porque luego vienen las bajadas, todo piedra suelta, más cantos rodados que en una canción de Bob Dylan, y te das cuenta de que esto no será un trail especialmente técnico según los estándares alpinos, pero como no lleves mil ojos el trompazo puede ser de los que se vuelven virales en TikTok. No te sepultará un alud, pero si te rompes la crisma te duele igual que en el Mont Blanc.

No están todos los que son, pero son todos los que están…

El sábado 11 de enero, nueve peralicos se presentaron en Vista Alegre para la octava edición de la CXM Sierra Gorda, primer trail de la I Carthago Mountain League. La mañana era soleada pero con ese frío de enero que te hace plantearte si fue tan buena idea salir de la cama. Tan calentita… Pero ahí estaban los nueve, con sus dorsales bien derechos y esa mezcla de masoquismo y temeridad que caracteriza al corredor de trail. Los de asfalto, por lo menos los más torpes (yo mismo), solemos pensar que el monte es para las cabras y vamos pisando huevos (creo que tengo el récord de mayor número de tropezones a menor velocidad en el Bosque de las Hadas). Pero hay gente pa tó. Y si no, mira a Kilian Jornet adelantando a Philemon Kiriago aprovechando una recontracurva especialmente recontraretorcida, con el consiguiente riesgo de salir volando y aterrizar en meta, que estaba a 2 km, o pasarse tres pueblos (alpinos) y aparecer a nivel del mar.

Siete de los nuestros se lanzaron a por la media maratón. De esos siete que fueron a buscar el tesoro en la distancia larga, tres lo encontraron: podio en sus categorías. Leanne Rebecca Miller Hayhurst Mountbatten Windsor, segunda de su categoría (SNF) con un tiempo de 2:38:49 y ritmo de 7’33″/km, a pesar de torcerse el tobillo en algún punto traicionero de la carrera, demostrando que está hecha de una aleación indestructible de pundonor británico y cabezonería mediterránea.

God Save Our Glorious Leanne!!!

José Ramón Camero Fuentes, que sigue coleccionando podios como quien colecciona cromos, tercero en M60M con 2:12:54 y ritmo de 6’19″/km.

«Otro tachado de la lista».

Y José Antonio Téllez Almodóvar, también tercero en M55M, con un tiempazo de 1:56:43 y ritmo de 5’33″/km que hay que apreciar porque ese ritmo en Sierra Gorda no lo hace cualquiera.

Téllez parece formalito, pero en las cuestas se desmelena.

Los otros cuatro no subieron al podio pero tampoco se dejaron la vida en el intento, lo cual no es poca cosa. Y llegaron molidos y contentos: José Miguel Navarro-Azorín, cuarto en M55M (1:57:35, ritmo 5’35″/km). Fernando Daniel Quesada Pereira, octavo en M50M (1:58:18, ritmo 5’38″/km). Ambos pisándole los talones a Téllez… Jorge Hernández Marí, decimoctavo en M35M (2:15:52, ritmo 6’28″/km). Y Francisco Javier García Blázquez cerró la expedición de media maratón en la posición 172, vigesimoquinto de su categoría M50M, con 2:34:24 y ritmo de 7’21″/km.

En la distancia promo de 12 kilómetros, otros dos peralicos completaron la expedición: Ignacio Vélez Garcerán, vigesimoctavo en categoría senior masculina con 1:17:35 y ritmo de 6’27″/km, y Reiner Thomas, nuestro fichaje del Bayern Tentegorren, vigesimoquinto en categoría veterano B masculino con 1:32:16 y ritmo de 7’41″/km.

«Ja! Migad que camiseta y qué medaguia más guapen!»

Al final, los macarrones de atún de El Many y el roscón de Reyes pusieron el broche a una mañana donde nueve peralicos demostraron que Sierra Gorda, con pedruscos y todo, merece mucho la pena

Resultados Oficiales

https://www.lineadesalida.net/resultados/viii-cxm-vista-alegre-sierra-gorda

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Estampas de San Silvestre

Parece que fue ayer, pero no, fue hace 24 días, que el community empezó el año renqueante (y remolón), pero ya ha cargado baterías. Así que al lío. Terminamos 2025 con buen pie, que por algo nos gusta correr. Y empezamos 2026 con toda la ilusión de seguir zampando kilómetros.

La representación peralica en la San Silvestre de Cartagena fue nutrida, variada y de calidad. Como debe ser.

La tradicional foto de familia, antes de la carrera.
Desde otro ángulo, incluyendo las sombras benefactoras de nuestros retratistas.
Los que madrugan (y se lo curran). Gracias a ellos tenemos un hogar, dulce hogar, en la meta.
También hubo representación del club al otro lado del puerto de la Cadena.
Y en las lejanas tierras de los celtas. Manolo en la San Silvestre de Ribadeo, Lugo.

Vayamos con la carrera…

Ricardo García, nuestro mejor clasificado, un año más… Volando a 3.45.
Daniel Puyosa, otro ‘bala’… A 3.48.
Daniel Sánchez también bajó de los 4 min/k.
Al fondo, Antonio Gil (creo). Por la pinta de velocidad… Si es él, fue 2º en M65M.
José Vera, quien tuvo, retuvo… A 4.27.
Alberto Hernández, otro que tal… También a 4.27.
David Puyosa enfila los metros finales. El ‘lento’ de la saga negocia los 4.47, pero no hay piedad en la cena familiar.
Miguel Pérez. Sufriendo (un poquito) a 5.05.
Leanne, as usual, no se deja nada…
Camero y Luisa, la pareja que corre unida… (Luisa casi sube al podio, 4ª en su categoría).
José Miguel Rodríguez, muy enchufado.
Juanki, dosificándose.
La ‘community’, de tranqui.
Sabela, de naranja, escoltada por sus pretorianos.
Alfonso Martínez, procurando no pisar las hormigas.
A Hilario se le escapa el trineo…
Andrés, corriendo y meditando junto a su sensei.
Hilario Romero y Andrés Lorente. Peral los cría y ellos se juntan.
Paulino Pereira se lo pasa de miedo.
Ana Sánchez, animosa y animada.
Antonio González derrochando simpatía.
Julián Martínez viendo la meta en lontananza.
Antonio Sánchez Montalbán (izda), con los amigos.

Y el descanso de los guerreros y guerreras…

La familia que desayuna unida… Primer premio al mejor disfraz colectivo por tercer año consecutivo. Enhorabuena a Tamara, Enrique, Juanamari y Laura (si no me equivoco).
Tamara derramando azúcar a Leanne y Andrés. Menos mal que ya venían desayunados.
Nuestros tres galgos: Ricardo (5º en M50M), Daniel y Daniel.
Antonio Martínez, the ‘number one’.
Juanki, recién llegado del rodaje de ‘Ocho apellidos colchoneros’, se los enumera a un Peralico: «Aragonés, Gárate, Reina, Pantic, Futre, Simeone, Torres, Kiko.» «No, Kiko no es un apellido…»
Antonio y Camero, dos cracks.
Nuestro departamento de Informática, siempre a su servicio.
Madeleine, con los Puyosa bros.
¡Feliz 2026!

Una colleja al cronometraje. A pesar de que los dorsales llevan chip, el tiempo oficial y el tiempo real son iguales, cuando hubo 3500 corredores y casi todos pasamos el arco de salida con un retraso a veces considerable, de hasta cinco minutos. Por lo demás, una jornada festiva, redonda y para enmarcar.

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Trail Tour FAMU y Ultra Trail Tour FAMU 2026

Calendario

Reglamento

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Remate de complementos y ropa deportiva del club

Os informamos de que vamos a rematar la ropa deportiva que aún tenemos, con tallas y unidades muy limitadas.

Esta acción se enmarca dentro de la organización de una nueva equipación deportiva y complementos, cuya adquisición está prevista para el primer trimestre de 2026. Con el fin de liberar stock y facilitar la transición a la nueva equipación, se pone a disposición de los socios el material actualmente disponible.

👉 El inventario completo y los precios de venta pueden consultarse en el PDF adjunto a esta entrada.

Cómo realizar la solicitud

Las personas interesadas deberán contactar por WhatsApp con la vocal de Equipación e Inventario, Maricarmen López Fraga, indicando claramente:

  • El material que desean
  • La talla correspondiente

⚠️ Dado que las cantidades son muy reducidas, las solicitudes se atenderán por riguroso orden de llegada.
La reserva quedará confirmada una vez recibida la solicitud.


Entrega del material

La entrega de los pedidos se realizará el día 31 de diciembre, en la carpa del club, coincidiendo con la celebración de la Carrera de San Silvestre.

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Por el camino de baldosas amarillas

La cosa empezó bien. Demasiado bien.

El Cross Nocturno de Orihuela es una de esas carreras que lo tienen todo para ser perfectas: distancia asumible (6,6k), monumentalidad de postal, público entregado y esa magia tan especial de correr por la noche. Y un final por todo lo alto: la subida al Seminario. Son solo 643 metros, pero cada puñetero metro te muerde las piernas, con 66 metros de desnivel y una pendiente máxima del 16%.

Además, es un Vía Crucis. Literalmente. Con sus catorce estaciones en las que puedes pararte, si quieres, a rezar, meditar o recuperar el resuello.

Este año tenía un plan. Subir esa cuesta corriendo. Del tirón. Sin parar en ninguna estación, ni la primera ni la decimocuarta. Redimirme de anteriores ediciones en las que me había rendido a mitad de pendiente mientras la gente me pasaba acelerando como si yo fuera un semáforo en ámbar. Y lo conseguí. Bueno, técnicamente lo conseguí.

La subí del tirón.

Andando.

Sin correr ni un solo metro. Convertido en un transformer articulado que se movía con la fluidez de la estatua en el Jardín Botánico que cantaba Radio Futura.

Porque este año decidí ir disfrazado de Hombre de Hojalata.

No fue casualidad. En la revista, mis jefas me llaman Iron Man desde que volví a correr hace tres años. Yo siempre las corrijo: soy el Hombre de Hojalata, no Iron Man. Es coña, claro. Después de 25 años celebrando el cierre semanal de cada edición con una noche de gin tonics (yo a distancia, porque teletrabajo y la redacción está en Madrid), ponerse a correr es casi una traición.

Sin embargo, en el fondo, confieso que siempre me he creído un poco Iron Man. O sea, nací en el Mediterráneo. Tengo una mamma. Cómo no me voy a creer un macho alfa con unas cualidades portentosas. La biología y la realidad me pusieron en mi lugar, pero me costó décadas aceptarlo.

Así que este año me planté en Orihuela vestido de lo que soy.

Por cierto: yo había pensado ir al chino a comprarme un disfraz de los que venden en bolsa de plástico por quince euros. Práctico, rápido y a otra cosa. Pero Manoli consideró que eso era poco currado. Cutre. Industrial. Así que se empeñó en hacer su propia versión del Hombre de Hojalata. Y se entregó a la causa con fervor artesanal: Shein, Amazon, tiendas de todo a cien. Mallas plateadas, leggings compresivos plateados (aunque no sé cómo definir esta prenda, ni siquiera si tiene nombre, una especie de manguito hasta media pierna para que no se vieran mis calcetines amarillos de Bob Esponja que son, eran, mi amuleto), pantalón plateado por encima —para no marcar paquete con la malla, que es algo que queda muy feo—, camiseta plateada. Pintura plateada en la cara. El corazón de reloj colgando del pecho. El embudo en la cabeza. El hacha. No faltaba detalle.

Y luego estaba la broma. Que a mí me parecía obvia, graciosísima. Cuando alguien del público reconocía el disfraz y me gritaba:

—¡Hombre de Hojalata!

Yo respondía:

—No, no… Soy Iron Man, lo que pasa es que en Aliexpress me timaron.

¿Risas? No. Perplejidad. Incomprensión.

Luego ya, cuando empezó a fallarme el resuello, cuando me llamaban:

—¡Hombre de hojalata!

Yo negaba con el dedo y respondía:

—I-ron-man…

Misma perplejidad, misma incomprensión.

Excepto dos o tres excepciones de las 200 personas del público que me gritaron ¡Hombre de hojalata!, sin contar los 800 corredores que me adelantaron por el camino, que debieron ser casi todos. A nadie le hizo ni puñetera gracia. En cuanto a los niños pequeños que estiraban sus bracitos para chocar las manos, yo era una mezcla incomprensible de payaso y alienígena.

Y entonces fui entendiendo algo. Algo que arruinaba mi chiste. Y que me ha hecho reflexionar sobre los compartimentos estancos, las cámaras de resonancia y los contextos culturales (casi universos paralelos) en los que vivimos. Así que aquí van cinco fotos con interpretaciones diferentes de lo mismo, para dejar bien claro que mi idea era buena, joder, pero que habitamos burbujas separadas por edades y algoritmos.

Foto 1: El Mago de Oz (fotograma original – Dorothy, león cobarde, espantapájaros, hombre de hojalata, todos juntos en el camino de las baldosas amarillas)

Para un boomer: El Hombre de Hojalata. Evidentemente. El que necesitaba aceite para moverse y corazón para sentir. ¿Cómo no vas a reconocerlo?

Para un millennial: Me suena a una peli viejuna de mis padres, de antes de Pixar. ¿No había un señor detrás de una sábana moviendo palancas?

Para mi sobrino Alexei, puro Gen Z, : Ni idea, tito. ¿Steampunk? ¿Cosplay vintage? ¿Algo de antes de internet?

Para un niño: ¡Un astronauta!

Foto 2: Mägo de Oz (el grupo de heavy metal español)

Para un boomer: Coño, estos son muy buenos. Son de mi época. ¿Cómo se llamaban? ¡Ah, sí, Barón Rojo!

Para un millennial: [Tarareando] «Ponte en pie, alza el puño y ven, a la fiesta pagana…”

Para un Gen Z: [En su jerga incomprensible] Qué cringe tío, esos heavys son re-based.

Para un niño: ¿Por qué tienen barbas tan largas?

Foto 3: Iron Man (la película de Marvel)

Para un boomer: Ah, sí, ese de las películas modernas. Mis nietos las han visto todas, pero no les veo el fuste.

Para un millennial: IRON MAN. Obvio. El puto amo. Tony Stark. Tecnología, millones en el banco, salvando el mundo porque él lo vale.

Para un Gen Z: Iron Man, sí. ¿Pero cuál? ¿De qué fase del MCU?

Para un niño: ¡Iron Man! ¡Ese sí que lo conozco!


Foto 4: Ironman (prueba de triatlón – gente sufriendo)

Para un boomer: Masoquistas.

Para un millennial: La prueba definitiva. Algún día la haré. Algún día.

Para un Gen Z: Contenido para Instagram. Motivación. Grind. Hashtag NoExcuses.

Para un niño: ¿Por qué lloran si han ganado?


Foto 5: Yo disfrazado de Hombre de Hojalata en Orihuela

Para un boomer: Ah, el Hombre de Hojalata. Aunque va un poco pasado de lycra.

Para un millennial: El yayo se lo ha currado, ¿aunque cuál es el concepto?

Para mi sobri el Z: Jajaja, ya verás qué sticker guapo te hago, tito…

Para un niño: ¡Un robot! ¿Por qué va tan despacio?

Vayamos con la carrera.

Salí bien. A seis minutos y pico el kilómetro, que es mi ritmo natural cuando no intento impresionar a nadie. Las piernas respondían. Las pulsaciones estaban controladas. Todo perfecto.

Hasta que me encontré con el Muro.

Ese Muro del que hablan los maratonianos con reverencia y terror. Ese Muro que te llega en el kilómetro treinta, treinta y cinco, treinta y ocho, cuando ya casi acaricias la meta… Pues bien: a mí me llegó en el kilómetro tres. En el kilómetro tres de una carrera de seis kilómetros y pico. Ni siquiera había llegado a la mitad y ya estaba contra el Muro. No podía creérmelo. Colapso total.

No era cansancio normal. Era otra cosa. Una rigidez mecánica que me convertía literalmente en lo que representaba: un muñeco de metal oxidado. Como si me hubiera metido en el papel tanto que lo hubiera metabolizado mentalmente, en plan Actor’s Studio. Las rodillas no se doblaban. Los muslos me pesaban como si alguien les hubiera metido lastres de plomo. Cada zancada requería un esfuerzo consciente. Era Forest Gump antes de que se le rompieran las prótesis. Era el Hombre de Hojalata antes de que Dorothy le echara aceite en las bisagras.

Y entonces empezó el desfile de humillaciones.

Me adelantó un papá con su hija de 12 años. Me adelantó uno que llevaba un cencerro al cuello de los que llevan los bueyes. Me adelantaron las que iban disfrazadas de monjas sexis, como Rosalía en Lux, y que corrían con zapatos de tacón. Me adelantaron unos que llevaban unos paracaídas suspendidos de unos armazones metálicos supercurrados. Me adelantaron los grupos que llevaban carros caseros de cartón piedra que pesaban más que yo. Me adelantó un chaval simpatiquísimo que me dio ánimos desde una silla de ruedas empujada por sus colegas —con toda mi admiración, por cierto—. Me adelantó un grupo de zagalones que venían empalmando de marcha, a uno de los cuales lo vi apartarse detrás de un contenedor en el barrio de San Francisco para vomitar en el km 1, y aun así, en el km 4 me dejó atrás como si fuera un poste de la luz. Acabé, posiblemente, entre los cinco últimos clasificados. Puede que el último. Todavía no me he atrevido a mirar los resultados oficiales.

Fui haciendo cacos, pero tampoco funcionaba. Toda la calle san Agustín me la hice andando para reservar lo poco que me quedaba y pasar el puente viejo trotando, porque media Orihuela está ahí, animando. Y cuando empezó la cuesta definitiva sencillamente me rendí. Aproveché varias estaciones del Vía Crucis para sentarme. Manoli me esperaba a 200 metros del final para hacerme la foto gloriosa. Y yo me volví a sentar a su lado. Un minutillo. Filosofando sobre las cosas que merecen la pena en esta vida y que si me empeñaba en seguir hasta la meta, que se venía conmigo por si me tenía que recoger del suelo.

En fin.

Me cambié en casa de su tía. Mientras me quitaba capas de ropa plateada como si fuera una cebolla metálica, analicé la carrera, buscando una razón para el desastre, una excusa, una coartada. Y seguí analizándola mientras me duchaba y me quitaba la pintura de la cara y me comía la tortilla de alcasiles.

Y entonces di con el culpable.

Los leggings compresivos, o manguitos perniles, o cómo demonios se llamen, que me cubrían las rodillas habían jodido por completo la biomecánica newtoniana que aprendí de Héctor. Demasiadas capas de tela apretada impidiendo el movimiento natural. La rigidez no era cansancio. Era física pura: un bloqueo mecánico de la articulación. Había acción, pero no había reacción.

¡Claro!

Se lo expliqué a Manoli en el coche, de vuelta a Cartagena.

Pero Manoli no se lo tomó bien.

—Oye, que no me vengas a echar la culpa por haber tenido una pájara, ¿eh? Que a veces el cuerpo funciona y a veces no. Y ya está. No pasa nada. No tienes que demostrar nada.

—No. Técnicamente no he tenido una pájara. Han sido los tubos cilíndricos esos. No podía doblar las rodillas.

—Pero melón, si te dije que te los pusieras por debajo de las rodillas.

—No. Eso no lo has dicho.

—Que sí. Textualmente te lo dije.

—No lo he escuchado.

—No lo has escuchado porque no me escuchas.

Silencio. Cincuenta minutos de carretera en silencio.

Pero ella no había terminado. Al llegar a casa, soltó:

—¿No te das cuenta de la contradicción?

—¿Qué contradicción?

—Si no aceptas que te puede dar una pájara sin más explicación, porque somos humanos y a veces el cuerpo falla, eso contradice toda tu teoría de que por fin has aceptado que eres el Hombre de Hojalata. O sea, en el fondo de tu subconsciente, sigues creyendo que eres Macho Man.

—Iron Man.

—Me da igual. ¿No te parece un poco incoherente, cariño?

Ay.

(Acabo de mirar la clasificación, tampoco fue tan mal. Llegué en el puesto 906… O sea, hubo 35 que llegaron por detrás de mí. ¡Hombres y Mujeres de Hojalata, benditos seáis!)

Vuestro community, con Orihuela al fondo, que parece el País de Oz desde la cuesta del Seminario.

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El arco de Tentegorra

La mañana del 24 empezó en Tentegorra. Y no es un detalle menor, porque Tentegorra es para los corredores de Cartagena lo que la estación Victoria de Londres para Phileas Fogg: el sitio donde empiezan los viajes. El arco de Tentegorra, el mirador del Roldán, el grifo de Juanlu… Lugares con nombre propio que cualquiera que corra por aquí conoce como conoce su propia casa. Pero por eso mismo, porque los conoces como tu propia casa, son el punto de partida para lanzarte a recorrer el mundo, que es más grande o más pequeño de lo que parece, según las ganas que tengas de pateártelo.

Julio Verne no lo cuenta en el libro, pero Phileas Fogg volvió a Londres después de dar la vuelta al mundo y se dedicó, supongo, a sus negocios y a recordar su periplo. A rememorar Bombay, Yokohama, San Francisco como los peralicos recuerdan las maratones de Berlín, Nueva York o Roma. Seguro que se movió poco de su Londres querido después de aquello. Y seguro que tuvo esa desazón, ese vértigo silencioso de quien ya ha hecho el viaje grande, los viajes largos, y no sabe muy bien qué hacer con lo que queda.

Recordar está muy bien, vivir de los recuerdos no tanto. Por supuesto, los peralicos siguen pisando asfalto en todos los continentes. Pero cada uno un poco por su cuenta. Y no por falta de voluntad, sino porque pasa. Porque la vida pasa. Se echaba de menos esa efervescencia colectiva, el espíritu de equipo, la celebración de la tribu… No se había perdido, pero estaba aletargada, esperando a la primera oportunidad para rebrotar. Porque en el fondo somos como los primeros Sapiens alrededor de la hoguera… ¡Nos va la marcha!

Y entonces llegó Olga.

La pequeñita (pero cuidadín con ella) es Olga. La que sostiene la cámara para el selfi, Sabela.

Hormiguita incansable, lesionada, sin poder correr pero sin querer perderse nada tampoco. Empeñada en reavivar esa hoguera. La de las grandes y las pequeñas carreras, amistades, quedadas… Guardiana de un fuego que mantuvo Dani con tesón, sin dejar que se apagaran los rescoldos. Y Olga ha mandados a un pelotón de peralicos a por leña. Y las llamas se están reavivando. Y de qué manera.

Aquí están los de siempre y los nuevos. Se está creando una masa crítica (no sé muy bien qué es eso, pero suena potente). Vendrán más entrenamientos —y no me los perderé, espero—. Vendrán salidas: nos vamos en bus a Sax en enero, como quien se va de excursión del colegio. Vendrán planes más ambiciosos, ya hay gente buscando vuelos baratos… Y ahí estaremos, haciendo piña. Porque la parte que Verne no contó, la que viene después de la épica, no es menos importante. No son los ochenta días dando la vuelta al mundo. Es el día ochenta y uno. Y el ochenta y dos. Y todos los que vienen después, cuando ya no hay apuesta que ganar ni récord que batir, solo la costumbre y el privilegio de seguir ahí, con la gente con la que merece la pena estar.

Esta salida del 24 fue eso: volver a empezar, poco a poco. Como lo fue la de Calblanque. Refundación en toda regla, aunque nadie lo dijera en voz alta. Pero se notaba en las caras, en las sonrisas. Piano piano, como dicen los italianos. Esto no ha hecho más que empezar. Los grandes viajes siempre empiezan con pasos pequeños.

Ángel Conesa se encarga de la crónica.

Dos grupos. Uno senderista que se fue hasta el mirador del Roldán, que es uno de los lugares más bonitos de nuestro bonito exoplaneta.

Los que fueron de tranquis…

El otro decidió darle la vuelta al monte y subir el Angliru. Cinco kilómetros. Ciento treinta y nueve metros de desnivel.

Los que van como motos.

Confiesa Ángel: «La cosa iba bien hasta que Mar, que está más fuerte que el vinagre, suelta: ¿hacemos otra? Segunda vuelta. Diez kilómetros en total, mismo desnivel otra vez, y yo haciendo cálculos mentales de cuántos árboles hay en Tentegorra para colgarme de uno. No serían pocas opciones. Subí en coche, eso lo admito sin problemas. Porque si llego corriendo desde abajo, la segunda vuelta la hago directamente en ambulancia».

Tentegorra volvió a ser el principio de algo, no solo el recuerdo de lo que fue. Los grandes viajes siempre empiezan así: con el primer paso en el lugar de siempre, rodeado de la gente de siempre y de los que se apuntan por el camino, preguntándote si de verdad vas a poder con esto. Y luego das el segundo paso. Y luego el tercero. Y cuando quieres darte cuenta, Mar ya está proponiendo otra vuelta más y tú buscando el árbol más cercano.

Cavernícolas en el kiosco Miguel. Hoy tomando café, hace cien mil años comiéndose un mamut. El mismo espíritu.

¡Felices fiestas!

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Leandro y la cuesta de diciembre

Leandro Miras lleva unos años jubilado de la recepción del Hotel Carlos III, pero no para quieto. El 21 de diciembre se plantó en Águilas para la Carrera Popular de Navidad, que tiene subida al mirador del Pico de L’Aguilica y al Castillo de San Juan de las Águilas. Solo ver la foto de esa cuesta me da taquicardia.

Leandro terminó en 31:07, a un ritmo de 5:11, que para seis kilómetros con esas rampas yo solo podría hacerlo en bici eléctrica. Las cuestas tienen un no se qué que qué se yo. Odi et amo, que decía Catulo. En Cartagena tenemos unas cuantas… Algunas duras de verdad. El Calvario, que tiene muy bien escogido el nombre. O el Angliru, que es el hermano pequeño del asturiano. Y qué decir de la subida al castillo de la Atalaya por la cara norte, que en la Ruta de las Fortalezas te llega con 50 km en el cuerpo. Cuando la empiezo y miro parriba, me parece el castillo de Drácula en la peli de Coppola.

La arista de la Atalaya, en mi mente agonizante.

En Orihuela está la del Seminario, que tengo como asignatura pendiente: subirla del tirón corriendo, sin andar, que es la única forma de poder decir que la has subido de verdad. (Quizá mañana, en la San Silvestre nocturna, lo consiga). Leandro subió las de Águilas dos días antes de Navidad, cuando el resto de mortales estaban comiendo turrones. Bravo por él. La cuesta de enero, en comparación, es pan comido.

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Licencias Atletismo Federado

La Federación de Atletismo de la Región de Murcia ha publicado en su página web los precios de las licencias federativas para el año 2026, ver enlace https://www.famu.es/wp-content/uploads/2025/11/CIRCULAR-161-2025-Normativa-Licencias-Federativas-Temporada-2026.pdf.

Para gestionar las licencias es necesario hacer un ingreso en la C/C del club: SABADELL CAM – ES42 0081 7361 73 0001255126 por el importe del tipo de licencia que queráis más el importe de cuota del club para 2026 (12€) y que mandéis por WhatsApp o por correo el justificante del ingreso y el tipo de licencia que habéis solicitado.

Podéis enviar el justificante al WhatsApp de socios o al correo electrónico del vocal de atletismo federado Ramón Iborra, ramoniborra@hotmail.com.

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