Entreno y Café este 24 de diciembre de 2025

Este miércoles 24 de diciembre realizaremos una actividad lúdica de pre-noche buena para estar activados para esta noche especial.

Entrenamiento y después un café en el Kiosko de Miguel.

Elige tu entreno: Carrera o caminata.

¡Y el que no esté para ejercitarse que nos espere para el café!

Día: 24 de diciembre de 2025.

Punto de encuentro: Arco entrada al parking del Parque de Tentegorra.

Hora de comienzo del entreno: 09:00 h.

Hora de inicio del café: 10:30 h.

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Pies para qué los quiero…

José Fernando Montero se presentó este domingo en la Carrera de Navidad de San Miguel de Salinas (Alicante), cinco kilómetros solidarios organizados en beneficio de la Fundación Neuroblastoma, que investiga el cáncer infantil.

Circuito corto con cuestas empinadas que te recuerdan que la ley de la gravedad existe, pero la sensación de estar corriendo por algo más grande que tu marca personal te da un plus de energía. Como decía la pintora mexicana Frida Kahlo: «Pies para qué los quiero, si tengo alas para volar».

¿Con este porte quién necesita un Red Bull?

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Paseando a Rayko

La última vez que corrí a 4.15 minutos por kilómetro tenía dieciocho años y eran los años ochenta. Ayer lo volví a hacer. No por voluntad propia, sino por Rayko, el husky de mi hijo, que me pidió sacarlo a pasear porque él estaba trabajando.

Miro la gráfica. La primera media hora es una caminata/trote hasta su casa. Allí me recibe Rayko con un entusiasmo sospechoso. Como si yo fuera Amundsen y tuviéramos que llegar antes que Scott al Polo Sur. O sea, me ve cara de trineo. La última media hora es mi regreso en solitario, medio muerto, después de dejar a Rayko en su casa tras beberse el equivalente al lago Titicaca en el cazo.

Entre medias, lo que se ve no parece la gráfica de una carrera o una caminata, parece más bien un sismógrafo en pleno terremoto.

Picos de 4:15, valles de 22:00, luego 4:18, de nuevo frenazo. Todo ese caos que zigzaguea es el paseo con Rayko. A toda hostia, frenazo para mear contra una farola. A toda hostia, frenazo para olisquear algo que solo él sabe qué coño es. A toda hostia, frenazo porque ha visto otro perro y necesita saludar como si llevara diez años sin ver a nadie de su especie.

Catorce kilómetros. Dos horas y pico. Y la sensación de haber hecho series sin calentamiento, sin plan, sin control, solo agarrado a una correa mientras un animal de treinta kilos se convierte en mi liebre. Solo que yo estoy unido a la liebre sin más remedio. Como un niño agarrado a un montón de globos de helio de los que ya no puede soltarse.

Hay gente que corre con su perro. Lo he visto. Gente con golden retrievers educados que trotan a su lado. Gente con labradores que parecen entender conceptos como «ritmo constante» y «no tirar de la correa hasta descoyuntar el hombro de tu dueño». Gente con arnés, con perros perfectamente adiestrados, acostumbrados a ese tándem humano-canino.

Yo no soy esa gente.

Rayko es un husky siberiano con el cerebro de un lobo estepario y la paciencia de un niño de tres años en una juguetería. Cuando salimos, no paseamos. Él tira, yo intento no estamparme contra el asfalto. Él acelera, yo acelero. Él frena en seco para investigar un chicle pegado al bordillo, yo casi me arranco el manguito rotador intentando no salir volando por inercia.

La gráfica de ritmo es un festival. Hay momentos donde bajamos de 4:30 porque Rayko ha detectado algo—otro perro, un gato, un papel de aluminio movido por el viento—y sale disparado como si le fuera la vida en ello. Luego hay valles de 22:00 donde se para a investigar un zurullo fosilizado o a mear con la parsimonia de quien está firmando un tratado internacional. Marca territorio como si estuviera delimitando la frontera de un imperio. Y entre medias: acelerones, derrapadas, tirones, giros bruscos.

No cuento los perros con los que nos hemos cruzado. Cada encuentro es una negociación diplomática. Rayko quiere saludar, el otro perro quiere saludar, los dueños queremos que esto acabe rápido y sin víctimas.

Lo dejo en casa de mi hijo. Vuelvo al trote a la mía.

Como es de noche, me pongo un frontal.

Maya. Se llama Maya. Una perrita pequeña, de esas que la gente lleva sin correa porque, precisamente, «es una perrita pequeña, ¿qué mal puede hacer?». Su dueña estaba hablando por teléfono—porque claro, ¿para qué hacerle caso a una perrita pequeña que se las arregla sola con más independencia que Antonete Gálvez en el Cantón?—y Maya, que evidentemente sabe que su dueña no está pendiente de ella, cruzó la carretera para morderme.

Por detrás.

En todo el gemelo.

Creo que ha sido por el frontal, que la ha mosqueado por alguna razón. Quizá se sobresaltó y reaccionó como reacciona un perro ante un posible enemigo desconocido que se mueve en la oscuridad. El caso es que vino directa a hincar el diente. No tuvo fuerza para atravesar la malla del pantalón, pero la intención estaba clara. Fue a morder. No a avisar, no a marcar. A morder.

La dueña nos miró y dijo: «Ay, qué mala es esta Maya».

¿Mala? Mala es quedarse el cambio cuando te equivocas al pagar. Esto es ser una hijadeputa con patas. Ha cruzado una carretera —con coches, con riesgo, con premeditación—para morderme por detrás simplemente porque brotaba luz de mi frente. Y me ladra desde sus 20 cm de altura y quiere volver a hincar.

Y la dueña, tan tranquila. «Deja en paz al señor». Mientras sigue hablando por teléfono.

En fin.

¿Cuenta como entrenamiento? Según cómo lo mires. He hecho series sin querer. He trabajado la capacidad de reacción. He fortalecido el core intentando no caerme cada vez que Rayko decidía que había que girar noventa grados sin previo aviso. He mejorado mi umbral de lactato (y de paciencia).

Y aquí viene lo mejor. Lo que ningún vídeo de YouTube sobre técnica de carrera había logrado meter en mi cabeza.

Por primera vez en cuarenta años he corrido dándome con los talones en el culo.

O casi. Porque si no lo hacía así, me estrellaba. Era la única manera de seguir el ritmo del husky sin acabar con la cara en el asfalto.

Mirar adelante, erguido, con una leve inclinación que nace en los tobillos —no hacía falta pensar en nada, Rayko iba delante tirando como un cabrón y me hacía adoptar la postura correcta automáticamente. Imaginar que alguien tira de ti con una cuerda—tampoco hacía falta imaginarlo, alguien tiraba de mí de verdad. Y la sobrezancada, ese enemigo invisible que me persigue (y me lesiona) desde que volví a correr, simplemente desapareció. Todo era acción-reacción newtoniana pura. El pie cayendo debajo del cuerpo, rebotando hacia atrás, subiendo hasta casi tocar el culo. Una y otra vez. Sin pensar. Sin forzar. Porque no había más remedio.

Ha sido increíble. Toda la teoría que había leído sobre ciclo de la pisada, sobre la fase de vuelo, sobre la recuperación activa del talón, de repente tenía sentido. No en el cerebro. En las piernas.

Sin plan. Sin estructura. Solo sobrevivir. Y, a veces, de manera intermitente, durante un ratito, durante veinte o treinta ratitos, volar.

¿Alguno de vosotros corre con perro? ¡Que se anime y comparta su experiencia!

«La próxima vez te traes el trineo, tío».

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Licencias de Montaña 2026

La Federación de Montañismo Región de Murcia ha publicado en su página web los precios de las licencias federativas para el año 2026, ir a: https://www.fmrm.net/licencias-federativas/precios-licencias-federativas-2026

Para gestionar las licencias es necesario hacer un ingreso en la C/C del club: SABADELL CAM – ES42 0081 7361 73 0001255126 por el importe del tipo de licencia que queráis (hay opciones de complemento de bicicleta de montaña, esquí, etc.) más el importe de cuota del club para 2026 (12€) y que mandéis por WhatsApp o por correo el justificante del ingreso y el tipo de licencia que habéis solicitado.

Podéis enviar el justificante al WhatsApp de socios o a los correos de leannem175@gmail.com y de andreslorente41@gmail.com

Las licencias son digitales. Si alguien la quiere plastificada hay que pagar 2€ más, y tendrá que recogerla en la sede de la Federación en Murcia:
C/ Francisco Martínez García, 4 (bajo)
30003 Murcia
Teléfono: +34 968340270)

El pedido de licencias se hará el 29 de Diciembre de 2025, por ello os pedimos hagáis el ingreso antes de esa fecha.


Posteriormente se hará un segundo pedido a finales de Enero, pero tened en cuenta que el seguro cubre desde el día 1 de enero de 2026.

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Hablemos de vuestra MMP (Mar Menor Running Challenge)

Al final no llovió. Que es lo primero que hay que decir de la Mar Menor Running Challenge, porque los días previos el cielo prometía diluvio y los grupos de WhatsApp de los clubes participantes (el nuestro por lo menos) ardían con la incertidumbre meteorológica. El domingo amaneció con nubes altas, viento del este y ese aire salado que te pega en la cara cuando corres por La Manga (para los que lean esto y no sean de aquí), esa lengua de tierra surrealista que separa el Mediterráneo del Mar Menor.

Cinco del club se plantaron en la salida de los 10K. Y tres de ellos marcaron MMP. Mejor Marca Personal. Esas tres letras mágicas que hacen que un domingo cualquiera se convierta en un domingo memorable. Otros dicen PB (pronúnciese pibí, ya en plan snob total). Personal Best. Pero es lo mismo.

Vale. Hablemos de tu MMP. Tres letras que pueden arruinarte un domingo o hacerte flotar durante una semana. Tres letras que los corredores populares pronunciamos con una mezcla de orgullo y vergüenza, como quien presume de haber acabado una carrera de obstáculos sin caerse pero omite que tardó el doble que el primero.

La cosa funciona así: sales a correr contra ti mismo. Eso es lo que te dicen. «No compitas con los demás, compite contigo mismo». Precioso. Inspirador. Una gilipollez como un piano de grande.

Porque en realidad no estás corriendo contra ti mismo. Estás corriendo a favor de ti mismo. Intentando ser mejor que ayer, mejor que el mes pasado, mejor que ese tú que empezó hace dos años y no aguantaba ni cinco kilómetros sin pararse a vomitar el alma. No es una competición. Es una evolución. Y eso, curiosamente, es mucho más difícil de gestionar.

Cuando compites contra otro, puedes perder y culpar al otro de ser más rápido. Cuando compites contra ti mismo, solo puedes culparte a ti por ser más lento. O peor: por no mejorar. Por estancarte. Por descubrir que los cincuenta años no perdonan y que tu MMP de hace tres años es inalcanzable hoy por mucho que te mates entrenando.

La obsesión con las MMP es lo que separa al corredor ocasional del corredor popular enganchado. El ocasional sale a correr y ya está. El enganchado sale a correr mirando el reloj cada doscientos metros, haciendo cálculos mentales de ritmos parciales, preguntándose si hoy será el día en que baje de los cincuenta minutos en 10K (o de la hora, servidor, que acredita 1:01; y marcó 4:06.19 en maratón, pero el maratón fue hace cuarenta años. Así que a estas alturas es probable que ni pueda considerarse ya la misma persona, porque seguramente han cambiado todas las células de su cuerpo).

Spoiler: casi nunca es el día. Pero algún domingo, sin saber muy bien cómo ni por qué, lo es.

Y ese domingo es peligroso. Porque una vez que bajas la barrera, la barrera se mueve. Ya no son cincuenta minutos. Son cuarenta y nueve. Luego cuarenta y ocho. Luego cuarenta y cinco. Y mientras tanto, Eliud Kipchoge (que se acaba de retirar) hace un maratón en menos de dos horas (pero él llevaba unas zapas diseñadas por la NASA y un ejército de liebres; y tú, bueno, tus Asics o tus Hoka te han costado unas pasta, aunque esperaste al descuento del Black Friday, y tu liebre es tu compi de la camiseta azul del submarino). Pero sigues celebrando haber bajado de cuarenta y siete minutos en 10K como si hubieras descubierto la penicilina.

Pero es que eso es lo bonito. Que tu MMP no tiene nada que ver con los récords olímpicos. Que tus cuarenta y siete minutos valen exactamente lo mismo que los veintisiete de Kipchoge: son tu mejor versión hasta ahora. Y eso, aunque suene a frase de calendario motivacional (o de adviento que tanto se llevan ahora), es verdad.

En La Manga del Mar Menor, en diciembre de 2025, Paola Montijano, Tamara Yepes y Ángel Conesa marcaron MMP en 10K. Tres historias distintas, tres cuerpos distintos, tres edades distintas. Pero los tres con la misma cara de «hostias, lo he hecho» al cruzar la meta. Ángel, que ha inspirado esta parrafada, acabó el año exprimiéndose. Pao y Tamara también. Y los tres sabiendo que la próxima carrera volverán a intentarlo. Porque las MMP son así: adictivas, frustrantes, y la razón por la que seguimos pagando trece euros por correr diez kilómetros un domingo a las nueve de la mañana con frío.

Daniel Sánchez Espejo no hizo MMP. Pero subió al podio. Otra vez. Dani pisa más podios que el salón de su casa, que ya es decir. Tercero en su categoría, con setenta (quién lo diría) y un ritmo que haría llorar a la mitad de treintañeros. Daniel no necesita MMP. Ya hace tiempo que dejó de correr contra sí mismo. Ahora simplemente corre. Y disfruta.

Jorge Hernández tampoco hizo MMP. Pero marcó un tiempazo increíble. Cuarenta y seis minutos cuarenta y ocho segundos. Un ritmo de 4:40 el kilómetro, constante, implacable, de los que te hacen pensar «este tío sabe lo que hace». Jorge no necesitó batir ningún récord personal. Su carrera fue lo suficientemente buena por sí misma. Solo una vez ha corrido más rápido, así que debió correr como si repartieran jamones de bellota en meta. O relojes Garmin. O lo que quiera que motive a un millenial a darlo todo un domingo por la mañana en el asfalto y no un sábado por la noche de marcha.

Y como nunca es tarde porque en internet no hay rotativa esperando, añadimos a José Antonio Téllez, que corrió los 5K de La Manga en 20:04. Vigésimo primero en categoría ABM (absoluta masculina), a un ritmo de 4:00/km. Cuatro minutos exactos por kilómetro. Esos números redondos y perfectos que parecen imposibles hasta que ves el crono. José Antonio cuenta que se arrastró los últimos trescientos metros, que casi tuvo que pararse, que el reloj le marcó un nuevo máximo de pulsaciones. Lo normal cuando vuelas a ese ritmo. ¿Qué esperabas? Pero cuidadín con la patata, eh.

Y mientras tanto, en Madrid, Dani Puyosa corría la Carrera de las Empresas. Ahí no se puede representar al club, pero él estaba. No lo destacamos solo porque su tiempo fuera impresionante —que lo fue—, sino porque es el hijo de la presidenta y hay tráfico de influencias.

Las MMP son eso: pequeñas victorias personales que nadie más que tú entiende, excepto los que piensan en sus propias MMP. Records que no salen en los periódicos. Logros que celebras con una cerveza y que a la semana siguiente ya estás pensando en cómo bajarlos un poco más.

Corres a favor de ti mismo. Y eso, aunque no lo parezca, es mucho más difícil que correr contra cualquier otro.


Resultados Club Maratón Cartagena:

  • Jorge Hernández Marí – 22º M3SM – 46:48
  • Ángel Conesa Sánchez – 23º M4SM – 49:29 (MMP)
  • Paola Montijano – 5º M40F – 51:59 (MMP)
  • Daniel Sánchez Espejo – 3º M6SM – 54:51
  • Tamara Yepes – 6º M3SF – 55:01 (MMP)
  • José Antonio Téllez Almodovar – 21º ABM – 20:04 (5K, ritmo 4:00/km)

Esta crónica está abierta a ampliación. Si alguno de los implicados quiere contar su experiencia, añadir detalles, o simplemente decir que la historia no fue exactamente así, que nos escriba. Aquí ya no hacemos periodismo ficción. Aprendimos la lección con Cuba.

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Cuando volví de Cuba

José Fernando Montero aterrizó en Barajas el viernes por la noche. Es un suponer… Llevaría en el cuerpo el desfase horario de Cuba, la resaca de ron Havana Club y probablemente algún mojito de despedida en el aeropuerto José Martí. Pero el domingo por la mañana estaba en la salida de los 10K de Bigastro, en la Vega Baja, con el dorsal fruncido con imperdibles a la camiseta y la cabeza todavía en el Malecón.

La Joaquinesca es una de esas carreras que organiza una peña deportiva con el nombre de un santo —San Joaquín, claro, lo que yo no sabía es que fue el padre de la Virgen y, por lo tanto, abuelo de Jesús— y que se ha consolidado (va por la XIII edición), digo yo que porque lo harán bien. Además, doy fe que por aquellas tierras son más generosos que en otras latitudes con la bolsa del corredor (me he encontrado latas de mejillones, botella de vino tinto y hasta una mata de apio en la vecina Orihuela). Bigastro es un pueblo encajonado entre huertas y los tubos del trasvase Tajo-Segura, rodeado de naranjos y limoneros que en diciembre están en todo lo suyo.

José Fernando cruzó la meta en 48:48. Tercero de su categoría, VDM (veteranos D masculino, que no sé qué edades abarca, pero conozco a pocos chavales de veinte tacos que se hagan un 10K en menos de cincuenta minutos). Y eso sin jet lag, sin ron, sin dormir en un avión cruzando el Atlántico.

La cosa es que después hubo caldo con pelota. Que es lo que toca en un día lluvioso, de perros. Los geles para quien los quiera. El estómago pide algo caliente que pueda tomarse con cuchara. Y además el caldo tiene las proporciones justas de sodio, potasio y magnesio que el cuerpo necesita, aunque no tenga etiqueta con información nutricional. Y, por si fuera poco, trae buenos recuerdos…

Días de caldo y rosas.

Ahora, después de un poco de periodismo ficción para animar el domingo, vamos a ponernos serios. José Fernando nos escribe para aclarar que su viaje a Cuba no tuvo nada que ver con mojitos ni con bailar salsa en el Malecón. Regresó a la isla por huir del frío invernal y por afecto con nacionales allá, y sobre todo para agradecer a los médicos que lo atendieron después de un accidente en agosto pasado. Llevó consigo las medicinas que allí son escasas o directamente no existen: antibióticos, antiinflamatorios, todo lo que aquí compramos en cualquier farmacia sin pensar demasiado. Ahora Cuba atraviesa una epidemia de chikungunya y dengue por la insalubridad, la toxicidad alimentaria y la alta contaminación medioambiental.

Y ya que estamos con las aclaraciones: un aviso a navegantes (o mejor dicho a a corredores). El famoso Malecón de La Habana, donde José Fernando entrenó alguna vez, es un paseo marítimo sin mantenimiento, con más trampas en el pavimento que una película de chinos. Cualquier paseo marítimo de nuestras ciudades, por muchos baches que tenga y losas que se hayan desprendido es mil veces más seguro. Al menos, para los tobillos. (Añadiré, por mi cuenta, que yo temo cualquier día enterrar una pierna hasta la rodilla en la zona de tablones de madera del puerto de Cartagena, por el auditorio del Batel). Y eso que voy con mil ojos.

El que avisa…


Resultados:

  • José Fernando Montero Rodríguez – 3º VDM – 48:48
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Calblanque verde oscuro, verde invierno

Había un noventa y cinco por ciento de posibilidades de que lloviera. La AEMET no andaba con medias tintas: iba a caer. El community manager —ese cargo moderno que básicamente significa «el tío que escribe las cosas en internet»— decidió que la cama era una opción más razonable que Calblanque bajo el chaparrón. Decisión sensata. ¡Decisión de cobarde!

Un puñado de valientes dijo que no, que ellos iban igual, que ya estaba bien de que los chubasqueros criasen polillas, y que apostaban por ese cinco por ciento de margen que la AEMET les dejaba. Y ganaron. Ahí están Elena y Pablo, siempre juntos, Isa y Ramón Cherokee, Juanki y su mujer, Sabela, Enrique y su hija Mercedes, Antonio Sánchez Montalbán y la suya, Reiner, Andrés y seguro que alguno me falta, sin olvidarnos del perrico, que por la pinta es uno de sus chuchos cartageneros que aguanta más trote y tiene más mundo que Milú, el perro de Tintín.

(Me confirma Ángel que Mercedes fue la que trajo a Tinky, el perrico con mundología, que resulta que tiene Strava y corre a 3:30 min/km, lo cual deja a más de uno preguntándose si no deberíamos empezar a entrenar a cuatro patas).

La crónica la aportan Sabela y Juanki, que han hecho el trabajo tan bien que al community prácticamente solo le queda copipegar y darle un par de vueltas para que parezca que ha trabajado. ¡Se agradece!

La expedición recorrió 12,1 kilómetros en tres horas y media, parando donde hay que parar: en Cala Parreño, en las dunas fósiles —que llevan ahí millones de años pero siempre sorprenden, y hoy estaban especialmente fotogénicas—, y en playa Larga, donde había surfistas. Surfistas de verdad, no instagrameros con tabla. Gente aprovechando que el Mediterráneo estaba caótico, que es como le gusta al Mediterráneo cuando quiere recordarte que no es una piscina.

Calblanque tiene recovecos para mil días, pero hoy el mar estaba especialmente verde. Verde oscuro, dijo Juanki. Verde invierno, dijo Sabela, que discutieron como discutirían dos poetas japoneses sobre el matiz que mejor capta ese verdor maravilloso para un haiku. Pues sí: estaba verde. Verde de diciembre, verde de lluvia que no llega pero amenaza, verde de ese que no ves en verano ni con prismáticos. Un lujo visitar el parque regional en invierno, cuando todo está como crujiente y nítido, como nuevo.

El tiempo los respetó. Podía haber caído la mundial. La AEMET no se equivocaba del todo: las nubes estaban ahí, gordezuelas, cargadas como piñatas esperando que alguien les diera el palo. Pero no cayó. Ni aguacero ni labios lilas ni hipotermias para dar y tomar. Los que arriesgaron se vieron recompensados. Los que no, bueno, en esta vida hay que tomar decisiones y luego apechugar con ellas mientras miras las fotos desde el sofá con un puntito de sana envidia.

Para ser la primera ruta senderista, salió todo bien. El grupo se portó fenomenal —que es una forma educada de decir que nadie se quejó, nadie se perdió y nadie tuvo que ser rescatado en helicóptero—, lo que permitió alargar el recorrido inicial y profundizar en Calblanque como se merece.

Se vinieron oxigenados con brisa marina y, como corresponde a toda ruta que se precie, el isotónico «Estrella de Galicia» XXL esperaba en el local social. Ahí, bajo palio, vieron llover. Un pequeño aguacero del que se libraron por minutos, porque a Sabela ya se le empezaban a helar los pies. Los pies helados son un síntoma claro de que has llegado justo a tiempo al bar.

Caminata muy agradable y bien acompañada, que es lo que importa cuando sales con un noventa y cinco por ciento de probabilidades de acabar empapado y acabas seco, con cerveza y los pies recuperando los 36º bajo la mesa.

Ya tienen otra ruta en mente para enero: muy llana, muy bonita. Seguramente habrá un ochenta por ciento de probabilidades de que sople el cierzo, que por estos lares nunca sopla, acostumbrados al lebeche y al jaloque, pero verás cómo el community manager remolonea, valorando sus opciones. Gracias a todos los que se mojaron —bueno, no, que no se mojaron, pero podrían haberse mojado— y a los que aportaron crónica y fotos para que el que se quedó en la cama pudiera hacer como que estuvo ahí.

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Ganando barlovento

Esta mañana han participado en el Cross de Navidad de la Armada los compañeros Quiles y Camero, quedando 2º y 3º respectivamente en la categoría de Veteranos C. Para variar, el mensaje de Camero en el WhatsApp del club es escueto como un parte meteorológico. Solo le faltó añadir «con viento duro de levante»…

Estos veteranos no solo han ganado unos cuantos barloventos en sus singladuras, también medallas y podios. Así que enhorabuena por partida doble.

Y ahora una confesión: no tengo ni idea de qué significa ganar barlovento, aunque sospecho que tiene algo que ver con perder sotavento. Algo del viento, pero vamos, hasta bien mayorcico no me enteré de que los vientos rolaban, yo pensaba que rulaban. Un lector atento a los gazapos me informó de que lo había escrito mal en las páginas del diario decano en la Región.

Y mira que soy de Cartagena, ciudad marinera donde las haya, y que incluso he cruzado el Drake —como ha hecho tantas veces Camero, pero él con gallardía—yo lo crucé sin levantarme de la litera. Bueno, salvo cuando la inclinación del barco por las olas me propulsaba literalmente fuera de ella, o cuando salía de la camareta a mear y/o vomitar agarrándome a lo que pillara por el pasillo porque temía sinceramente acabar ahogado en el Mar de Hoces, que así se llama ese trozo de océano donde Poseidón debe tener su gimnasio particular. Pero eso no me quita el derecho, como superviviente del Drake, a lucir aro en la oreja izquierda, como manda la tradición. Puede que algún día, si me atrevo a que me perforen el lóbulo en una farmacia (no sé si todavía se le hace eso a los bebés) lo luzca.

Y ahora que lo pienso, cuando uno echa la vista atrás hasta añora aquellos Rugientes Cuarenta, los Furiosos Cincuenta y los Aullantes Sesenta… Eh, Camero.

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De casta le viene a los galgos

El domingo 8 de diciembre el Club Maratón Cartagena se repartió por medio Levante, pero lo que podría ser una crónica más de resultados acabó convirtiéndose en una historia de linajes y relevos generacionales. Porque cuando ves a los hijos corriendo maratones y mejorando marcas mientras los padres observan desde la barrera —o desde el mismo asfalto—, te das cuenta de que esto del running tiene algo de transmisión genética. De casta le viene al galgo.

Mientras algunos se lanzaban a los cuarenta y dos kilómetros de Valencia, otros se quedaban más cerca de casa en Torre Pacheco y Puerto Lumbreras. El resumen: tiempazos, sufrimiento, alguna locura de las que merecen mención especial y la confirmación de que en este club pesan los apellidos, pero no las piernas.

Valencia: cuando los genes pueden con el calor

La Maratón de Valencia es conocida por ser rápida. Treinta y seis metros de desnivel en total, o sea, como bajar del sofá al suelo. El problema es que este año el tiempo decidió ponerse veraniego y convertir la carrera en un ejercicio de supervivencia. Aun así, los nuestros no defraudaron.

Daniel Sánchez Pedreño —hijo de Dani Sánchez, expresidente del club, un detalle que el peralico novato que escribe esta crónica desconocía— cruzó la meta en 3:16:49, mejorando su marca personal. Cuando tu padre lo ha sido todo en el club (literalmente, un auténtico hombre orquesta) y tú sales a correr con su apellido en el dorsal, la presión existe aunque nadie la mencione. Pero Daniel no solo la soportó: la machacó. Su declaración posterior fue de una modestia refrescante, en línea con la de otros peralicos igualmente humildes: «Gracias a todos. Muy sufrida por el tiempo veraniego que nos hizo. Se hizo lo que se pudo». Se hizo lo que se pudo. Tres horas dieciséis minutos con calor de julio. Claro, Daniel, claro.

Y si hablamos de herencias, hay que hablar de Carlos, el hijo de José Juan. Segunda maratón de su vida y un crono de 3:12:52 que da vértigo solo de leerlo. Carlos no es socio del club, pero lo queremos igual. José Juan compartió con orgullo la carrera de su hijo en el grupo de WhatsApp, y desde aquí aprovechamos para lanzarle un mensaje directo: usa tus poderes patriarcales y fíchalo ya.

Hablando de genes y de cargos directivos: Daniel Puyosa, hijo de Olga —nuestra presidenta— y de Héctor —secretario del club—, también corre que se las pela. Cuando tienes a la cúpula directiva en casa y sales a entrenar, o lo haces bien o te quedas sin cenar. Daniel lo hace bien. Muy bien. Otro caso más de que aquí las zancadas se heredan igual que el color de ojos.

Y luego está Armando Mayordomo. Un caso aparte. Armando ha completado tres maratones en tres semanas. Sí, has leído bien: tres maratones en veintiún días. La de Valencia fue la última, con un tiempo de 4:08:05. No sé si Armando necesita un fisioterapeuta o un psicólogo, pero desde aquí le mandamos un abrazo y nuestra más sincera preocupación. En el buen sentido. Armando, ya has cumplido hasta después de Navidad. Tienes permiso para darte unos cuantos homenajes en estas fiestas, que los músculos hay que cargarlos de glúcogeno.

Torre Pacheco: once kilómetros con trío de peralicos

En la XIX Media Maratón y XII 11K Villa de Torre Pacheco, el club se presentó con tres corredores que dejaron el pabellón bien alto. Elena García García terminó sexta en la categoría VBF con un tiempo de 0:57:58, a un ritmo de 5:16 por kilómetro. Pablo Hernández Navarro cruzó la meta en 0:58:14, quincuagésimo en VBM y con un ritmo prácticamente calcado al de Elena: 5:17. Yo no lo sabía, pero viendo la foto debí sospechar que son algo más que un par de peralicos random que coinciden en la salida…

La feliz pareja. ¿Quién hace de liebre?

Y el incombustible Pepe —José Lacarcel Wandosell para los papeles oficiales— completó los once kilómetros en 1:04:18, decimocuarto en la categoría VCM. Tres corredores, tres ritmos sólidos.

Hay que añadir (más vale tarde que nunca) que José Antonio Téllez se animó con el 21K y pulverizó cualquier esperanza de llegar yo algún día a subir a un podio en esta vida, ni siquiera cuando cumpla los 60 y sea el ‘junior’ de la categoría. En M55 se marcó un estratosférico 1.33.48, a un ritmo brutal de 4.26/km, que en mi reloj Coros yo solo aguanto máximo unos 10 segundos aprox cuando entreno. Y eso si tengo un buen día. Enhorabuena, Téllez, pero que sepas que te odio. Por lo menos, lo describió con un pelín de épica. «Me pegué un reventón para salir en la crónica». Pues ya sales, con todo merecimiento.

Puerto Lumbreras: Leandro en el podio

En Puerto Lumbreras, cinco mil metros en un circuito de cinco vueltas, Leandro Miras se subió al tercer puesto del podio en la categoría M70 con un crono de 24:18, a un ritmo de 04:56 min/km. A ver, lo voy a repetir porque me parece increíble. Más de 70 años, menos de 5 minutos por kilómetro. Leandro, otro de los históricos del club, sigue demostrando que la edad es solo un número. Y me da mucha envidia.

Leandro, en la fase de vuelo.

Y compartiendo podio.

En fin, domingo de esos que merecen una cerveza larga y una siesta más larga todavía. Enhorabuena a todos los que salieron a comerse el asfalto, con calor, sin calor, en Valencia o en la puerta de casa. Y enhorabuena especial a los que corren con el peso —y el orgullo— de un apellido a la espalda. Más que los genes, es el ejemplo. Es lo que ven, lo que vieron en casa, los kilómetros compartidos con sus progenitores. Seguimos.

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Una petición de Homero

El pasado domingo Mar García completó su decimoséptimo maratón, saliendo de lesión y topándose con unas cuestas traicioneras que el recorrido no advertía en la planimetría. Cuando pedí detalles, sensaciones, alguna anécdota para la crónica, respondió con una economía verbal que daría envidia a Hemingway: «Se hizo durillo».

José Ramón Camero también cruzó la meta del Elche-Alicante. Van ya casi 60 maratones (todavía no me ha dicho cúantos). Camero ha navegado el Drake, ha pisado los hielos eternos de la Antártida. Acaba de salir sorteado para Melbourne y cuando lo corra habrá completado todos los continentes. Le pregunté qué tal la experiencia. «Vamos sumando mientras el cuerpo aguante». Como quien comenta que ha ido al Mercadona.

Es como entrevistar a Ulises después de la Odisea y que te diga «bueno, fue un viaje largo, ya sabes, cositas». Homero se hubiera tirado de los pelos. O preguntarle a Shackleton por su expedición antártica y que te suelte «hacía fresco». Así que aquí va mi súplica pública: peralicos, cuando vuelva de mi viaje, espero encontrarme con vuestros relatos, hazañas y batallitas. Con detalles. Con algo más que monosílabos. ¡Hacedle la vida más fácil al community manager!

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