







En 1974, un señor llamado Charles Berlitz publicó un libro que vendió veinte millones de ejemplares explicando que en una zona del Atlántico con forma de triángulo, delimitada por Miami, Bermudas y Puerto Rico, los barcos y los aviones desaparecían sin dejar rastro por causas que la ciencia oficial se negaba a investigar. Berlitz era nieto del fundador de la academia de idiomas, hablaba treinta y dos lenguas, y tenía una capacidad inagotable para encontrar misterios donde los demás solo veían mal tiempo y errores de navegación. Su tesis, resumida para los que entonces íbamos al colegio, era que en aquel triángulo pasaban cosas raras. Aviones que se evaporaban en pleno vuelo. Barcos que aparecían meses después con la mesa puesta y la tripulación esfumada. Brújulas que enloquecían. Pilotos que en sus últimas transmisiones por radio decían cosas inquietantes sobre el color del cielo antes de dejar de transmitir para siempre.
El más famoso de los casos, el que todos los chavales de mi quinta comentábamos en el recreo, era el del Vuelo 19. Cinco bombarderos Avenger de la marina de Estados Unidos despegaron en diciembre de 1945 de una base en Fort Lauderdale para hacer un ejercicio de rutina, y a las dos horas el instructor empezó a comunicar por radio que las brújulas no funcionaban, que no veía tierra, que no sabía hacia dónde estaba el oeste. Despegó un hidroavión a buscarlos. El hidroavión también desapareció. Veintisiete hombres en total. Nunca se encontró ni un trozo de chapa.
Aquello, para un crío impresionable (yo mismo), era literatura de altura. Mejor que Verne. Mejor que Salgari. Berlitz mezclaba documentos militares desclasificados con leyendas marineras, anomalías magnéticas con civilizaciones perdidas, y de vez en cuando metía a la Atlántida por la puerta de atrás como quien no quiere la cosa. Luego vino la ciencia aburrida a explicar que la mayoría de las desapariciones se debían a tormentas tropicales, errores de navegación, fallos mecánicos y, en algunos casos, simple invención periodística. Que ya se sabe que los periodistas tenemos mucho peligro.
Cuento todo esto porque desde hace unos días me están llegando al móvil noticias inquietantes. Vecinos ven salir a un peralico de su casa con la mochila al hombro un sábado a las siete de la mañana y no lo vuelven a ver hasta por la tarde, arrastrando los pies y con cara de haber atravesado una dimensión paralela. Coches del club aparcados en sitios donde nadie recuerda haberlos dejado. Mensajes de WhatsApp que llegan con horas de retraso desde lugares que han perdido la cobertura. El Strava de algunos compañeros marcando posiciones que no cuadran con sus rutinas habituales…
He cogido Google Maps y he ido marcando los puntos donde han ido apareciendo los desaparecidos. Tres vértices. Uno al oeste, en la Azohía, ese pueblo de pescadores donde el tiempo parece congelado en algún verano del siglo XX. Otro al suroeste, en Águilas, con esa luz de tarjeta postal que ha vuelto loco a más de un fotógrafo. Y el tercero al norte, en las Salinas de San Pedro, con los flamencos rosas haciendo equilibrios sobre una pata como instructores de pilates avícolas.
Tres puntos en la costa. Una figura triangular dentro de la cual está pasando algo que merece ser investigado con el rigor que se merece todo asunto paranormal. Porque dentro de ese triángulo, queridos socios del Club Marathon Cartagena, han ido desapareciendo nuestros compañeros uno detrás de otro, y la única cosa que tenemos clara al cierre de esta edición es que todos los desaparecidos han sido localizados sanos y salvos, aunque algunos con las piernas temblonas y otros con la mirada perdida.
Las hipótesis están todas abiertas. Mi favorita la comento al final de este post.
Lo que sí podemos hacer, con la información disponible, es reconstruir lo que sucedió en cada uno de los tres vértices durante los días en que se produjeron las desapariciones. Solo es un relato plausible de los hechos, contado con la prudencia que exigen estos temas.
Vamos por partes.
La XIV Carrera Popular de la Azohía, sábado de Gloria. Diez kilómetros entre invernaderos de tomates, una torre vigía mirándolo todo como si ya lo hubiera visto antes… Media docena de peralicos apareció de repente en aquel lugar inverosímil, todos como recién despertados de un sueño compartido.

El primero en cruzar la meta, y aquí ya empieza a desafiar las leyes de la física conocida, fue Daniel Puyosa, que se sacó un crono de 38:49 a un ritmo medio de 4:01 por kilómetro. Detrás llegó Jose Antonio Téllez con 40:56, ritmo de 4:14, otro fenómeno paranormal… Tercero por el club entró Alberto Hernández con 43:58, ritmo de 4:33. Tres peralicos por debajo de los 44 minutos en una popular de diez kilómetros es la clase de dato que uno apunta en la libreta y subraya. Ummm…


Y aquí es donde los hechos empiezan a parecerse a esos pasajes de Berlitz en los que dos pilotos que despegaron de bases distintas aparecen flotando en la misma balsa salvavidas sin saber explicar cómo. Jose Ramón Camero y Luisa María Marín cruzaron la línea de meta exactamente al mismo tiempo. Los dos en 54:52. Posición 175 él, posición 176 ella, separados por una millonésima de segundo. Que dos personas distintas, con biomecánicas distintas, con piernas distintas, con respiraciones distintas, acaben una carrera de diez kilómetros con una diferencia de menos de un segundo después de dar 7777 zancadas (aprox), es algo que nadie en su sano juicio llamaría coincidencia.

Cerró el grupo Antonio Sánchez Montalbán con 1:05:50, ritmo de 6:50. Antonio es de los que entienden que en una carrera popular la posición en el cajón no la determina la línea de meta sino el camino hasta ella. La épica suele ser inversamente proporcional a la posición que ocupas cuando llegas.



Una semana más tarde, la ciudad de Águilas celebraba la decimotercera edición de su Media Maratón. Por motivos que la ciencia no ha podido aclarar todavía, en este vértice remoto del triángulo aparecieron dos peralicos. El primero fue Fernando Daniel Quesada Pereira, que firmó 1:36:41 con un ritmo medio de 4:34 por kilómetro y quedó segundo en la categoría M50 masculino. Plata.

Pero el dato que pone el vértice de Águilas oficialmente bajo sospecha de actividad paranormal es el de Leandro Miras Ontiveros. Leandro corrió la media en 1:54:34. Y aquí viene la categoría: M70 masculino, primer puesto.

Setenta años. Veintiún kilómetros. A 5:25 el kilómetro. WTF???

Aquí donde los datos disponibles para el cronista se vuelven, digámoslo sin medias tintas, fragmentarios.
Lo único que se sabe con certeza es que un número indeterminado de peralicos fueron vistos materializándose el sábado por la mañana en las inmediaciones del hotel Thalasia, en San Pedro del Pinatar. Tres horas más tarde, los peralicos —al parecer, los mismos— fueron vistos reapareciendo exactamente en el mismo punto del que habían partido. El mismo aparcamiento. Los mismos coches. Algunos llevaban flores silvestres pegadas a las mallas. Todos, sal y espuma de mar seca en la piel.
A partir de esa información, los investigadores —es decir, yo— nos vemos obligados a formular hipótesis. La más probable, después de cotejarla con la lógica geográfica del lugar, es que el itinerario fuese circular. Es decir, que los desaparecidos no atravesaron ningún portal dimensional sino que caminaron en círculo durante tres horas hasta volver al punto de partida, que es una forma muy ingeniosa que tiene la especie humana de no perderse del todo. La hipótesis circular tiene a su favor la elegancia de lo simple (la navaja de Ockham, como diría el doctor House) y el respaldo de varios milenios de senderismo organizado desde los cazadores recolectores hasta nuestros días. En su contra tiene únicamente el hecho de que no disponemos de ninguna prueba directa: no he visto fotos, salvo una asombrosamente incongruente…

Por mi propia experiencia con el lugar, me atrevo a aventurar que la ruta debió pasar por las charcas salineras, por los carriles entre molinos donde uno se siente caminando por una acuarela del siglo XIX, por la playa de la Llana… Y de ahí, vete tú a saber… Pero todo esto es especulación. La verdad oficial, hasta que aparezcan testigos o se desclasifiquen tracks, sigue siendo un enigma.
Y aquí mi teoría.
Por mi experiencia, yo diría que este lugar es un portal dimensional. A mí, por lo menos, siempre me transporta en el espacio y en el tiempo…

Desde el Club Marathón Cartagena seguimos promoviendo actividades para disfrutar del deporte y la naturaleza en grupo. En esta ocasión, organizamos una ruta senderista circular abierta a socios, familiares y amigos.
La actividad tendrá lugar el próximo 11 de abril de 2026, con salida a las 09:00 desde el complejo Thalasia, en San Pedro del Pinatar.
La ruta propuesta tiene una distancia aproximada de 13 kilómetros, completamente llana y de fácil recorrido, lo que la hace apta para todos los niveles.
El itinerario discurre por el Parque Regional de las Salinas de San Pedro, donde podremos observar distintas aves, y continúa por la Playa de la Llana en dirección a La Manga, punto en el que se realizará el giro para completar el recorrido circular.
Se trata de una excelente oportunidad para compartir una mañana activa en grupo, disfrutar del entorno natural y seguir fomentando el compañerismo dentro del club.
Puedes consultar el recorrido aquí:
https://loc.wiki/t/185300404?h=yzv33ne7m7&wa=sd&la=es
¡Anímate a participar!

Hubo un tiempo en el que los peralicos celebraban estas cosas. Un maratón, pues venga: se quedaba para tomar unas cervezas, se comentaban las anécdotas de la carrera (y del viaje), se brindaba por el que había hecho la hazaña (que muchas veces eran un montón). Luego, como pasa con todas las buenas costumbres, la cosa decayó. Hasta ahora. Porque el miércoles pasado recuperamos la tradición con la excusa más gorda que podíamos encontrar: los sesenta maratones de José Ramón Camero Fuentes.
Sesenta.
El caso es que nos sentamos a cenar y a charlar. Y yo hubiera ido con la intención secreta de sacarle chicha al homenajeado. Que un periodista lleva una grabadora mental que no se apaga nunca, y sesenta maratones tienen que dar para una epopeya. Para tres epopeyas. Para un ciclo artúrico completo con su caballero, su grial y sus dragones.
Pero como ya me voy conociendo el percal, ni me lo planteé. ¿Pa qué?
Camero, que es muy capaz de describirte cualquiera de sus 60 maratones con un titular que un redactor jefe te tacharía en rojo: “Bien”. “Hizo calor el final”. “Había mucha gente y costaba coger el ritmo”. “A por el siguiente, mientras el cuerpo aguante”. ¿El titular tachado? ¡Te tacharía la crónica entera!
Al principio me frustraba. Yo, que llevo toda la vida intentando que la gente me cuente cosas. Miraba la chatarra gloriosa de su última docena de medallas encima de la mesa y pensaba: hijo mío, si yo solo he corrido un maratón en mi vida, y fue hace cuarenta años, y todavía se lo cuento a cualquiera que se deje.
Pero esa noche empecé a entender que el laconismo de Camero no es timidez, ni modestia. Es otra cosa. Y no es solo Camero. Es Téllez, es Dani, es Mar, de la que todavía recuerdo un: «Se hizo durillo». Son todos. Los que llevan años corriendo distancias que les exigen todo lo que tienen, y cuando les preguntas te responden como si les preguntaras, en la caja del Lidl, qué tal las hojas esas de parra con algo raro dentro que se compró cuando la semana griega.
Y es que correr distancias respetables —respetables para ti, que lo mismo son cinco kilómetros que cuarenta y dos— te enseña algo que no viene en ningún manual de autoayuda ni en ningún podcast de desarrollo personal, aunque ahora todo el mundo hable de estoicismo como si lo hubieran inventado los de Silicon Valley. Te enseña a ponderar. A distinguir lo que importa de lo que no importa tanto. Porque cuando llevas treinta kilómetros y las piernas están en huelga y el cerebro te pide que pares y el estómago te avisa de que como sigas va a tomar decisiones por su cuenta, aprendes que, en ciertos momentos, las palabras sobran. Que lo que importa es el siguiente paso. Que la pájara del kilómetro treinta y cinco no necesita un soliloquio shakespeariano, necesita que sigas andando hasta que se pase o no se pase, y si no se pasa, pues te sientas un rato y luego sigues. O te retiras… Que tampoco pasa nada. Las cosas vienen y las cosas se van. El dolor viene y el dolor se va (aunque a veces solo se va a un segundo plano). Y cuando cruzas la meta y alguien te pregunta qué tal, dices «me salió una ampolla, pero no estuvo mal». Lo demás lo llevas dentro y no tiene traducción.
Me acordé esa noche de un libro que compré hace siglos, un americano que en los años ochenta escribía sobre maratones cuando correr maratones no estaba de moda. No me acuerdo del título ni del autor, pero me acuerdo de dos cosas que decía. La primera: que correr te da buena salud y lesiones. Las dos, inseparables, como el anverso y el reverso de la misma moneda. Y es verdad, porque mira que muchos andamos cojos de vez en cuando, con nuestras rodillas y nuestras fascitis y nuestros tendones protestando, y lo contamos con la misma naturalidad con la que los abuelicos comentan en la sala de espera del centro de salud que si la artrosis o la próstata. Sin drama. Sin épica. «Me molesta el sóleo.» «Tengo la cintilla jodida.» «Me ha dado un tirón en el gemelo.» Y vuelta a correr en cuanto se puede, que es siempre antes de lo que el médico recomienda.
La segunda cosa que decía aquel americano es que un domingo salió a correr y pasó por delante de una iglesia a la hora de misa. Un vecino lo vio y le soltó que iría mejor yendo más a la iglesia y corriendo menos. Y el corredor, que evidentemente llevaba ya unos cuantos kilómetros encima y estaba en ese estado de beatitud o bordería, según te pille el cuerpo, en el que dices cosas que normalmente no dirías, le contestó que en los últimos diez kilómetros había hablado con Dios más que toda la congregación junta cantando salmos.
Yo no soy religioso y no voy a meterme en camisas de once varas teológicas, y menos en un día como hoy, viernes de Dolores, pero reconozco una verdad cuando la oigo. Porque rezar, al fin y al cabo, es hablar contigo mismo con la esperanza de que alguien te escuche. (Y si es omnipotente, mejor). Y correr, cuando llevas el rato suficiente, es un poco eso. Una conversación larga y honesta contigo mismo en la que no puedes mentir porque el cuerpo no te deja. Te duele o no te duele. Puedes o no puedes. Estás aquí o quieres irte a casa. Y en esa conversación descubres cosas que sentado en el sofá no descubrirías nunca, porque el sofá es cómodo y la comodidad es el enemigo natural de preguntarte cosas.
No digo que correr te haga filósofo. Digo que te hace un poco más capaz de encajar lo que venga (en las carreras y, quizá, con suerte, también en la vida) sin necesidad de decorarlo con adjetivos. Los peralicos que llevan años en esto no cuentan sus carreras con épica porque no la necesitan. La épica es para los que gustan del postureo, que por algo hay gente pa tó.
Así que brindamos por Camero y sus sesenta. Y ese confesión suya, que sí valdría un titular: “Y nunca he ido a un fisio”.
Eso no es ser estoico, es ser duro de pelar.

«Las piernas ni para chope.» Eso escribió Jorge Hernández Marí, que es un chollo para periodistas porque va por ahí regalando titulares, por el grupo de WhatsApp el domingo a mediodía, recién salido del VIII Trail de Alumbres, y la frase se quedó flotando en el chat como esas verdades que no necesitan explicación. Ni para chope suena mucho más potente que chóped, aunque la RAE prefiera esta última acepción. Hay algo en esa expresión que va más allá de las piernas cansadas. Existe una película sobre Vietnam, La colina de la hamburguesa, que cuenta cómo los que mandan se empeñan en conquistar una cota sin ningún valor estratégico y envían oleada tras oleada de chavales a hacerse picadillo contra unas posiciones que al día siguiente van a abandonar de todos modos. El Trail de Alumbres no es exactamente la colina 937 de la provincia de Thua Thien, pero a tenor de los mensajes que fueron llegando al grupo a lo largo de la mañana, algunos peralicos debieron de sentir un parentesco espiritual con aquellos pobres marines o con sus enemigos del Vietcong, que también eran chavales y quizá incluso podían haber sido colegas en otras circunstancias.

La diputación cartagenera de Alumbres se estrenaba en la Liga Trail Tour FAMU con dos distancias —22,5 kilómetros para la TTF-Classic y 18,5 para la Short Trail, que además acogía el Campeonato de la Región de Murcia de Trail Running por equipos— en una mañana de esas «perfectas para sufrir»: sol, monte y casi quinientos metros de desnivel positivo para los de la corta. Salida y meta en el Pabellón de Alumbres, organización del Club Deportivo Alumbres Sport con la colaboración del Ayuntamiento de Cartagena, la FAMU y Repsol. Ocho peralicos se metieron en la aventura y volvieron todos, aunque seriamente loncheados.
En los 22,5K, José Miguel Navarro Azorín marcó el camino con 2:06:23 a 5’37» por kilómetro, puesto 66 de la general. Un minuto después cruzaba José Antonio Téllez Almodóvar con 2:07:32 y un 5’40» de ritmo que le valió la segunda posición en la categoría M55M. Téllez en un trail es como esos jugadores de mus que no dicen nada en toda la partida y luego te levantan un órdago a la grande sin cambiar la expresión de la cara: no hace ruido, no se queja, no sube stories al kilómetro doce con la lengua fuera, y cuando miras la clasificación resulta que ha hecho plata.
El propio Jorge, el del embutido, completó la distancia en 2:21:23 a 6’17», y confesó por el grupo que a cierta altura del recorrido no paraba de preguntarse por qué se había apuntado a los 22 y no a los 18, que son el tipo de reflexiones existenciales que produce un trail cuando llevas dos horas machacándote en una sierra y empiezas a sospechar que la versión corta de la prueba también incluía todos los paisajes bonitos pero con cuatro kilómetros menos de penitencia. Le siguieron Ignacio Vélez Garcerán (2:31:30, a 6’44»), Armando Mayordomo García (2:35:04, a 6’53»), que vino desde tierras valencianas, y Miguel Pérez Gracia, cerrando la representación en la larga con 2:57:27 a 7’53».

Ojito con Natalia
En la distancia de 18,5K, mucho ojito con Natalia García Correa: segunda en la categoría S23F con 1:59:18 a 6’26» de ritmo. Natalia lleva una temporada que pide más espacio del que cabe en una crónica, y conviene ir tomando nota de su nombre porque da la impresión de que vamos a escribirlo bastante en los próximos meses. Alfonso Martínez Martínez completó la representación del club en la Short Trail con 2:22:37 en la categoría M60M, demostrando que los sesenta son un número que solo preocupa a los que no corren.

La ciudad de Elche celebraba el domingo la quincuagésimo tercera edición de su media maratón, que presume de ser la más antigua del mundo en activo sobre la distancia. Se corre desde 1968, cuando las Vaporfly eran unas bambas de lona que habías heredado de tu hermano mayor y no había placa de carbono, ni falta que hacía, porque lo que te preocupaba no era la reactividad del calzado, sino que la suela no se despegase jugando al fútbol en el patio del colegio. Y si se despegaba, tampoco pasaba nada, porque así era como el zapatero se ganaba su jornal.
Más de 6.100 inscritos se dieron cita en un recorrido llano y urbano que atraviesa el Palmeral, declarado Patrimonio de la Humanidad, que convierte ciertos tramos en algo parecido a correr por un oasis. Yo cada vez que voy a Orihuela también aprovecho para estirar las piernas por su precioso palmeral, así que no me es ajena la experiencia de trotar con la sensación de haberte colado en un decorado bíblico.
José Pedro Barrancos Pérez representó al Club Maratón Cartagena entre los 4.500 corredores de la media y cruzó la meta con 2:19:10. Su resumen es un ejercicio de concisión: «Jo, qué calor.» Los últimos kilómetros, confiesa, se le hicieron eternos, que es la forma cortés de decir que el sol ilicitano en marzo aprieta como si ya fuese junio, pero rescató del sufrimiento un tramo entre palmeras que le arrancó un «genial» sin reservas. La Media de Elche, con sus casi seis décadas de historia y su recorrido prácticamente plano, es una de esas pruebas que todo corredor popular debería hacer al menos una vez.

Y mientras los peralicos lo daban todo por esas sierras o entre palmeras datileras, en Torun (Polonia), un paisano al que le dijeron que su manera de correr —ponerse en cabeza y tirar hasta reventar— no funcionaba en el alto nivel, lo que hizo fue ponerse en cabeza y tirar hasta reventar a sus rivales en un Mundial. Mariano García, La Moto, de Cuevas de Reyllo, ahí al lado, en Fuente Álamo, se proclamaba campeón del mundo de 1.500 metros en pista cubierta. Un tío que empezó a correr de crío para escapar del perro de un vecino en el camino al colegio. Le tengo un gran aprecio personal —tuve la suerte de entrevistarle en 2023 para XL Semanal— y puedo dar fe de que su sencillez y simpatía. Aquí os podéis descargar aquel reportaje.
En el Club Marathón Cartagena siempre hemos tenido una tradición que nos define tanto como correr: ¡compartir! Durante años, hemos celebrado juntos los maratones conseguidos por nuestros compañeros, reuniéndonos en un ambiente distendido para brindar por el esfuerzo, la constancia y la ilusión que hay detrás de cada meta cruzada.
Con el paso del tiempo, esta bonita costumbre se fue perdiendo… pero ha llegado el momento de recuperarla.
Desde la nueva Junta Directiva queremos retomar estas celebraciones como parte del programa del mandato 2025-2029, y qué mejor ocasión que hacerlo coincidiendo con un hito muy especial: nuestro compañero Camero ha alcanzado en la Zúrich Marató de Barcelona del pasado 15 de marzo de 2026 la impresionante cifra de 60 maratones completados vistiendo la camiseta del club. Un logro que merece, sin duda, ser celebrado como se merece.
Celebraremos a todos los atletas del club que han corrido al menos una maratón entre enero de 2025 y marzo de 2026. Próximamente publicaremos en este mismo espacio el listado completo de corredores, para dar visibilidad a su esfuerzo y dedicación.
Por supuesto que el evento es para todos los socios del club y familiares, sin importar si hemos corrido una maratón, una milla, andado o simplemente ido de sherpas o palmeros a alguna carrera.
📅 Fecha de la celebración: miércoles 25 de marzo de 2026
🕗 Hora: a partir de las 20:00 h
📍 Lugar: por determinar (en función del número de asistentes confirmados)
Para organizar mejor el encuentro, os compartimos esta información y una encuesta en el grupo de WhatsApp del club. Os pedimos que participéis para estimar el número de asistentes y poder reservar el local más adecuado para la ocasión.
Será una oportunidad perfecta para reencontrarnos, compartir experiencias, anécdotas de carrera… y, por supuesto, seguir haciendo club.
¡Os esperamos!
Zúrich Marató de Barcelona, 15 de marzo de 2026
José Ramón Camero lleva el nombre de Luisa en el dorsal. Hay quien dice que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, que es una frase que suena bonita pero que a mí me parece una chorrada. Primero porque hay más (muchas más) grandes mujeres que hombres, al menos esa es mi experiencia. Y cuando se juntan un gran hombre y una gran mujer, eso no implica que una de las dos personas vaya detrás. Y cualquiera que haya visto a Camero y a Luisa correr juntos sabe que van al lado, que es como van las parejas que funcionan. La Zurich Marató de Barcelona ha sido este domingo la número sesenta de Camero, y la ha corrido con esas dos palabras escritas sobre la camiseta azul: Mi Luisa.

¿Hacemos cuentas? Sesenta maratones son dos mil quinientos treinta y un kilómetros y unas doscientas cincuenta horas de carrera. Y eso sin contar las populares, los 10K, las medias y todo lo que no lleva la etiqueta de maratón. Esos 2531 km (más las propinas) es la distancia que separa Cartagena de Estocolmo, adonde probablemente Camero llegaría antes corriendo que yo en mi coche, porque yo tendría que hacer paradas para respostar, comer, dormir. Y Camero no pararía ni en los avituallamientos y es bien sabido, además, que los marinos duermen con un ojo abierto y otro cerrado, que en la mar no te puedes descuidar ni en brazos de Morfeo.
O, si lo calculamos desde Ushuaia, que es un punto de partida que a Camero le resulta familiar, 2.531 kilómetros hacia el sur te meten directamente en la Antártida, o por las islas Livingstone o en Isla Decepción, depende del derrotero que elijas. Claro, aquella parte es un pelín húmeda como para ir a pie. Y lo de caminar sobre las aguas se lo vamos a dejar a Jesucristo, que es el único con el currículum adecuado para el puesto, y aun así por el Mar de Hoces lo tendría complicado, porque una cosa es obrar milagros y otra muy distinta mantener el equilibrio con olas de quince metros.
Camero ha cruzado la meta con un tiempo neto de 3:58:31, por debajo de las cuatro horas, a ritmo de 5:39 el kilómetro. Su maratón número sesenta. Seis-cero. En la categoría M60 ha entrado el 215 de los que acabaron. No es que Camero compita contra nadie a estas alturas, pero el dato está ahí para quien quiera valorar lo que significa bajar de cuatro horas en tu sexagésima maratón con más de sesenta años. Honor y gloria para nuestro José Ramón y su Luisa. Hay que quedar a tomar una cerveza para comentar la hazaña.

El Valle Trail 2026 — 26K Extreme, Parque Regional de El Valle y Carrascoy, La Alberca — Sábado 14 de marzo

A Miguel Pérez Saura (Mibu en el dorsal y en el WhatsApp), yo no lo tenía controlado, así que asumo que es otra incorporación de nuestra política de fichajes que ni el Madrid de Florentino. Si es así (aunque puedo equivocarme porque soy un community novato), se estrenó con la camiseta del club y lo hizo de una manera que no admite indiferencia: quinto de la general y tercero en categoría senior masculina, con un tiempo de 2:49:40. O sea, que este es de los ‘pros’. Como carta de presentación es envidiable. Y sin carta, también.

Base Aérea de Alcantarilla — 14K y 5K — Domingo 15 de marzo
En la 14K, Antonio Pérez García tiró del grupo con 1:06:56 a ritmo de 4:46, seguido de Pablo Pérez Esparza con 1:09:05. José Miguel Rodríguez Ruz completó la distancia en 1:21:50. El Trío Calaveras. Y luego llegó uno de esos momentos que ya es una tradición en nuestro club: los hermanos Lacárcel Wandosell —José y Alfonso— cruzaron la meta con exactamente el mismo tiempo, 1:35:46. Andrés Segura Melón cerró la expedición de la 14K en 1:46:36.
En la 5K, además de María Teresa Díaz Galindo (que hizo doblete, pues el sábado corrió en La Manga) participó Bárbara García Solano, que completó la distancia en 26:42.



VI Carrera Popular Virgen del Mar — La Manga del Mar Menor, 7.5K — Sábado 14 de marzo
Téllez volvió a hacer lo que Téllez hace siempre: correr como si tuviera veinte años menos y dejar a la gente preguntándose qué desayuna. Puesto 65 de la general, quinto de la categoría M55, 30 minutos y 9 segundos a un ritmo de 3:59 el kilómetro. Ignacio Vélez Garcerán completó la prueba en 43:15, Ana Sánchez Pedreño en 44:07, y María Teresa Díaz Galindo cerró la representación peralica con 51:57 en la categoría M60 femenina, novena de su categoría.



XIII Serranía de Librilla — Sábado 14 de marzo
Leanne Miller estuvo en Librilla haciendo la travesía «porque todavía estoy floja», recuperándose activamente del zarpazo del oso pardo. Lo de caminar es un decir, o más bien un eufemismo, porque fueron casi 3 horas a un ritmo de 8.38. Además, 21k por el monte a mí no me suena a estar floja, más bien me da flojera cuando lo pienso. «La carrera de Librilla es muy bonita, son 21Km de montaña, pero por pista forestal, nada técnica», cuenta. Paisajes de postal y una peralica con un número redondo en el dorsal.

En total, dieciséis peralicos en cuatro pruebas distintas repartidas entre La Manga, La Alberca, Alcantarilla y Barcelona, más Leanne caminando por Librilla porque quedarse quieta no es una opción. Un fin de semana en el que el club ha cubierto desde los 5 kilómetros de asfalto hasta los 42 de maratón pasando por los 26 de trail, y en el que un señor de más de sesenta años ha cruzado la meta de su sexagésima maratón con el nombre de su mujer que no le cabía en el pecho.
Con el debido respeto: Descansad un finde, ¡cojones! Que me lleváis con la lengua fuera.
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