Peralicos por nuestro diminuto mundo

Camero despliega la bandera peralica en las Antípodas, una vez más (hace nada la paseó Pepe Lacárcel).
Emilio Peña, de major en major.
Pergunto ao vento que passa notícias do meu país…

Nadie convocó nada. Nadie puso en el grupo «este finde nos repartimos el planeta». Simplemente, el sábado 10 por la mañana, mientras en Cartagena la gente se tomaba el segundo café, un peralico se ponía en la línea de salida en Carcavelos; esa misma noche, con medio club durmiendo, otro entraba corriendo en un estadio de cricket en el otro extremo del mundo; y el domingo a media tarde un tercero cruzaba la meta de Chicago con el sol pegando duro. Si se mira el mapa, el club estuvo veinticuatro horas seguidas corriendo un maratón en algún sitio de este mundo. Es una de nuestras señas de identidad: en cualquier momento del año hay un peralico con el dorsal puesto en un lugar donde uno no esperaría encontrarse una camiseta azul con el escudo de Cartagena.

Armando Mayordomo abrió el turno. La maratón de Lisboa sale de Carcavelos y se pega al agua durante kilómetros, con el Tajo a un lado y el viento entrando por donde le da la gana, hasta desembocar en la Praça do Comércio. Nos mandó el equivalente a un telegrama: «Aunque no muy fino, pude acabarlo. Bonito recorrido y ciudad, junto al río, con sol y viento». Intuyo que ese no muy fino implica bastante sufrimiento.

A Armando el fado le salió un pelín desafinado, pero llegó, que es lo que importa.

Mientras Armando ya estaba en la ducha, en Melbourne amanecía y Camero se alineaba con otros 22.000 en una salida que él describe como espectacular, con un recorrido abarrotado de gente y una llegada dando la vuelta al Melbourne Cricket Ground lleno hasta la bandera. Allí, una par de horas por delante, iba un tal Eliud Kipchoge, que ganó con récord del recorrido, 2:09:10, dentro de su gira para correr un maratón en cada continente en dos años. El keniata lleva tres paradas. Camero cerró en Melbourne lo mismo que Kipchoge persigue, y de propina: maratones en todos los continentes y en los dos círculos polares, con un 4:07 oficial y el único reproche que se hace a sí mismo de haber acusado un poco lo de dos maratones en una semana. (No sé si se llega a apreciar el mérito de que un socio de este club se haya adelantado al mejor maratoniano de la historia en el reto que el propio Kipchoge se ha puesto como despedida. Sin equipo, sin avión privado, sin contrato con Nike. Con un mensaje al grupo que empieza con «un saludo, compañeros» y acaba hablando de lo bien que se lo pasó en la llegada).

Dos leyendas: Kipmero y Cachogue.
Camero contrató a un coach: «Vamos con la técnica de carretera. Necesitas unas zapas con placa de carbono para aprovechar el efecto muelle»
Pues van 65 o 66 o 67… No sé, perdí la cuenta.

El relevo lo recogió el domingo Emilio Peña en Chicago, a la hora en que aquí se recoge la mesa. Maratón número veinte, cuarto Major, 3h34′ en un día soleado y algo caluroso, con esa animación norteamericana que él ya conoce de sobra y que le sigue impresionando.

Emilio recorrió los 29 neighboorhoods.
Casi 3000 calorías… Que se reponen rápido en un Steakhouse.

Y luego está nuestra Leanne, que ese mismo fin de semana se apuntó al Running Day de la Cresta del Gallo en la modalidad de senderismo, aunque seguía reventada de Sierra Espuña, y acabó sin móvil en meta y con una sola prueba documental, casualmente con una cerveza en la mano, a fe que bien ganada. Puesto al lado de Melbourne, de Chicago y de Lisboa parece un asunto menor, hasta que uno repara en que llegó rota de una montaña y su manera de descansar fue irse a por otra.

Un poco altas las pulsaciones, me parece…

Lo que tienen en común los cuatro, y con ellos casi todo el club, es que no saben estarse quietos, y el que escribe esto lleva un tiempo dándole vueltas a qué significa eso. Lo más parecido a una respuesta que ha encontrado es bastante sencillo: tenemos piernas y las vamos a tener durante un número limitado de tiempo, y en algún momento uno se da cuenta de que el mundo es lo bastante pequeño como para intentar correrlo entero y lo bastante grande como para que nunca llegue a terminarlo. Entre esas dos medidas se mueve la cosa. Hay días en que las piernas se quejan y otros en que una rodilla avisa de que el contrato tiene fecha, y precisamente por eso nuestra añorado Juanlu salía a las siete de la mañana con las zapatillas puestas, Camero se pasea por los círculos polares y Leanne por un cerro de Murcia o por lo volcanes de Ecuador. A algunos nos cuesta más por la mañana y lo hacemos de noche, pero lo hacemos, porque dejarlo para más adelante es apostar a que habrá un más adelante, y esa apuesta la hemos visto perder a unos cuantos ya.

Hay una canción de Maria Arnal que va en la playlist de correr de este cronista, aunque los cascos se queden últimamente en casa para tener los cinco sentidos en que no le atropelle un patinete. Habla de un mundo diminuto que flota en un mar oscuro, en la periferia brillante de una galaxia mediana, y de mil caballos desbocados que corren con el morro ardiendo, unas veces al trote y otras al galope… Eso somos.

Esta entrada fue publicada en Eventos. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta