
El sábado 24 de octubre Sabela, que hacía tiempo que no se prodigaba, se plantó en Sant Antoni de Portmany con un dorsal de la Ibiza Trail Marathon, que celebraba su decimoctava edición con tres distancias, 48, 28 y 11 kilómetros, para que cada cual eligiera su ración. Casi sin haber podido prepararla, salió sin poner el crono y con la idea declarada de tomársela como un entreno. Un recorrido con cuestas verticales que no se acaban nunca, escalones, rocas, pista forestal, asfalto y barro, porque Ibiza todavía no ha vuelto a la normalidad después de la dana. «¡Bonito de verdad!», resume.
La recogida de dorsales fue el viernes en el hotel Blau Parc y la bolsa del corredor le pareció muy completa, la camiseta súper top y la organización de diez. La llegada, impresionante: el speaker vio la camiseta del Marathon Cartagena y se acordó de atletas cartageneros muy conocidos por esas tierras, de los que Sabela no da nombres, así que nos quedamos con la intriga. Avituallamiento abundante durante toda la carrera y, en la meta, bocata caliente de longaniza blanca.
Del crono, contenta, porque no daba muchas esperanzas de acabar tan fresca. Cuánto ha marcado y cuál de las tres distancias ha corrido son dos datos que no aparecen en su parte, y aquí se acepta el trato sin rechistar (aunque el cronista confiesa que ha curioseado y que le parece un tiempazo). Por supuesto, la cosa siguió después de la meta, al estilo Ibiza, con DJ Ramones, concierto del Canijo de Jerez, y la fiesta se alargó toda la tarde. Recomendable cien por cien, dice. La gente, súper amable, y la isla, que barata no es, se adapta a todos los bolsillos. Imprescindible el bullit de peix, que Sabela y compañía han tomado en Sa Espartar. Tomamos nota.
El cronista, mientras tanto, se ha quedado enganchado al bocata de longaniza, blanca por más señas. Porque de una carrera se recuerda el crono (en especial si fue personal best), se recuerdan las cuestas (las más crueles), pero sobre todo se recuerdan dos cosas que dejan huella: lo que te dan cuando llegas a la meta y lo que te dieron el día antes en la bolsa del corredor. De lo primero hay carreras que se recuerdan por la paella, por las cervezas, por lo que sea que humeaba en una carpa al cruzar la cinta, pongamos un bocata caliente de longaniza blanca, y carreras que se recuerdan por el agüica tibia en botella de plástico y el trozo de plátano.
La bolsa del corredor, por otra parte, es el objeto de este deporte que más ilusión genera por unidad de decepción. Se recoge el día antes con la solemnidad de quien abre un regalo y se vacía sobre la cama del hotel con la cara de quien ha comprado una caja sorpresa en el chino. Los veteranos del club cuentan de otros tiempos en los que la bolsa llevaba un bocadillo de salchichón, una manzana, cosas que se podían comer sin leer la etiqueta. La de ahora trae dos geles del patrocinador con sabor a frutas del bosque, que es como la industria llama al color fucsia metalizado, un vale de descuento del cinco por ciento para unas zapatillas de ciento cuarenta euros, el folleto de un fisio y la camiseta técnica, más o menos bonica y más o menos técnica.
Hay excepciones, y la que el cronista tiene más a mano es la del Cross Nocturno de Orihuela. Su mujer, que tiene mejor memoria, pasa inventario: una botella de vino, una mata de apio de la huerta, una lata de mejillones, olivas, almendras saladas, una naranja y el año pasado una manta de la Policía Local. En la meta hay chocolatada. La inscripción son 10 euros.
Por si os apetece, la carrera se celebra el sábado 26 de diciembre a las diez de la noche. Sale del Puente Viejo y termina en la explanada del Seminario, previa mítica subida de 643 metros zigzagueantes y exigentes que el cronista jamás ha podido correr del tirón. Media ciudad está en la calle, animando. Y la otra media corriendo disfrazada. Aquí el que escribe se vistió el año pasado de hombre de hojalata (2º premio, aunque no subió al podio porque no se enteró) y este toca espantapájaros.



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