

El Monte Calvario no es un sitio donde se vaya a pasarlo bien. Esta carrera no es un 10K, es un dolor de muelas con rampas que rozan el veinte por ciento, una bajadita traidora a mitad de subida para que te confíes justo antes de hundirte, y un tramo final que se empina por encima del once por ciento mientras a tu derecha el Mediterráneo te mira con la indiferencia de quien lleva tres mil años viendo sufrir gente. Yo solo he subido esa rampa con palitroques nórdicos o como se llamen, en la RDLF… Y una vez que me fui con la cámara de fotos para hacerle un reportaje a las mujeres que suben a la Virgen en procesión. No me preguntéis qué Virgen porque no me acuerdo… Pero estaba lloviendo e iba envuelta en plásticos. Este 31 de mayo no llovía, o sea, el sol caía a plomo.
Por si la vista del mar no bastara para ponerte filosófico, la subida pasa bordeando el cementerio de Santa Lucía, que con las pulsaciones a las que va uno por ahí y la temperatura que alcanza el radiador no es precisamente el panorama más sosegante: te da tiempo a ir escogiendo nicho, comparando orientaciones y calculando si te llegará para uno con vistas. Seis peralicos salieron del Arsenal tan campantes y se metieron ahí dentro, como quien se mete en el horno de una pizzería para comprobar que la masa está crujiente. Ellos son así…







Aquí empieza lo bueno. Porque Leanne cruzó la meta del Calvario ya repuesta de su lesión y con una sonrisa que en las fotos parece de spot de protector solar. Yo, al día siguiente, dejé el coche en el taller y volví a casa corriendo tres kilómetros llanos con el mismo calor, y llegué con cara de haber discutido con la muerte y haber perdido por penaltis (como su sagrado Arsenal, dicho sea de paso). Sorry Leanne! Pero ganásteis la Premiere… Congrats Leanne!

El secreto de la sonrisa no estaba en las piernas, estaba en la meta. Allí esperaban los suyos con una cerveza fría, y Pablo —que un rato antes había sufrido de lo lindo— le tendió la birra antes de que a Leanne le diera tiempo de apagar el reloj. Esa es la jerarquía real de prioridades del corredor popular: primero la cerveza, después las estadísticas. El Strava puede esperar; la espuma, no. Le pregunté qué tal y me dijo, palabras textuales, que lo más bonito de toda la carrera fue ver a los peralicos esperándola. North London forever and ever South Calvario!



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