
En junio de 1948 los soviéticos cerraron las carreteras, las vías y los canales que llevaban a Berlín Occidental, y los aliados respondieron por el único sitio que les quedaba libre, que era el aire. Durante casi un año aterrizaron aviones en Tempelhof cada pocos minutos, de día y de noche, cargados de harina, leche en polvo y carbón. Un día de julio, un piloto americano llamado Gail Halvorsen aprovechó un rato libre para acercarse a la alambrada del final de la pista, donde se juntaban los críos a ver bajar los aviones. Llevaba dos chicles en el bolsillo y se los pasó a través del alambre. Los que se quedaron sin nada se pusieron a oler los envoltorios, y a Halvorsen aquello le partió el alma. Les prometió que al día siguiente les tiraría más desde el aire. Para que supieran cuál era su avión, les dijo que al llegar lo balancearía de un lado a otro, ladeando las alas como quien saluda. Cumplió, y siguió cumpliendo: chocolatinas y caramelos colgados de paracaídas hechos con pañuelos, cayendo sobre una ciudad que llevaba años sin ver un dulce. Los críos lo esperaban en la valla gritando «¡Ónkel Vákelflúguel!», que viene a ser el Tíodelasalasbamboleantes.

El aeropuerto cerró en 2008, las pistas se quedaron ahí, kilómetros de asfalto sin nada que aterrizar, y hoy son un parque donde los berlineses montan en bici, vuelan cometas, hacen barbacoas y, el último fin de semana de septiembre, ven pasar a alguna cartagenera que abre la mochila y despliega una bandera que no han visto en su vida. La del submarinico. En son de paz, natürlich!

Nuestra Mar estuvo allí bien acompañada. Había ido a correr el maratón de Berlín, el circuito donde han caído más récords del mundo que en ningún otro, el de Gebrselassie y el de Kipchoge, que hoy nos parecen poca cosa después de que en Londres otro par de africanos bajasen de las dos horas.

El sábado tocó el Reichstag, que ardió y vio arder la democracia alemana. Y que hoy tiene una cúpula de cristal con una rampa en espiral por la que los visitantes suben a mirar desde arriba a los diputados para comprobar si trabajan o hacen como que… Mar sí que había hecho los deberes. Y lo que le esperaba al día siguiente tenía su miga, porque llegó a Berlín después de una lesión de larga duración. Arrastra el problema desde la Ruta de las Fortalezas y se ha pasado el verano entre algodones, entrenando lo que el cuerpo le dejaba y renegociando cada semana si la cita alemana seguía en pie. Siguió. El domingo se puso en la salida, cruzó la Puerta de Brandeburgo con la meta ya a la vista y paró el reloj en 3:46:14, a 5:22 el kilómetro. Su mejor marca está en 3:41, cinco minutos más abajo, y en esta casa sabemos lo que valen cinco minutos cuando entre medias hay un verano de fisio y hielo.

Ya que hablamos de marcas, aprovechamos para recordar que el récord femenino del club sigue en manos de nuestra presidenta, Olga, con 3:33 a 5:03 el kilómetro. Viene a cuento lo justo, pero llevábamos tiempo sin presumir de presidenta y aquí no se desperdicia una excusa. («¡Presi, no dirás que no te hago la pelota!»).

Lo de Wim Wenders sí viene a cuento. En El cielo sobre Berlín, los ángeles vigilan la ciudad desde lo alto de la columna de la Victoria, escuchan lo que piensa la gente en el metro y en la biblioteca, lo saben todo y lo miran todo desde fuera. Uno de ellos, Damiel, se harta de tanta eternidad y renuncia a las alas para poder hacer lo que hacen los mortales: pasar frío, frotarse las manos, tomarse un café en un puesto callejero, notar por fin el peso de su propio cuerpo. Si alguno de aquellos ángeles seguía por allí el domingo, tuvo a quién envidiar: una corredora tocada desde la primavera, con cuarenta y dos kilómetros en las piernas, un dolor que ya era solo suyo y una medalla colgada del cuello.



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