Paraíso en la Tierra

¿Se puede irradiar más felicidad? Xtreme Happiness!

Esta foto de Tamara y compañía (juraría que la última vez que los vi correr iban disfrazados de churros y dejando un reguero de azúcar por el asfalto), me encanta porque no hay pose, ni fingimiento, ni exhibición de esas sonrisas que duran lo que dura el selfi. Esto es otra cosa. Una felicidad un poco naif, de pómulos altos y ojos entornados, la cara de quien está a punto de hacer algo que no tiene demasiado sentido bajo un calor de justicia y que, en lugar de arrepentirse, está encantado de la vida. Playa Paraíso, 7 kilometrazos a orillas del Mar Menor. Un junio disfrazado de agosto. WTF?

Si te paras a pensarlo un poco, no hay lógica que lo sostenga. Lo racional, cuando el resol del atardecer todavía te está dando en la cara como un foco en un escenario, es quedarse en una terraza con una caña bien fresquita. Y sin embargo ahí estaban, los de la foto y unos cuantos más, media docena de peralicos, dispuestos a desafiar al bochorno.

La explicación es que el cerebro nos hackea. Cuando corres, y especialmente cuando corres pasándolo mal, el cuerpo monta su propia farmacia clandestina: endorfinas, que son opiáceos que fabricas tú mismo gratis, y endocannabinoides, que son básicamente la razón científica de que correr y fumarse un porro tengan más en común de lo que admitirías ante un juez. El famoso «subidón del corredor» no es un mito que vendan las marcas de zapatillas. Es química real, una recompensa que el organismo te suelta probablemente porque durante doscientos mil años el que era capaz de seguir corriendo cuando ya no podía más tenía una ventaja competitiva que no se premiaba con subir al podio, sino con seguir vivo un día más. Y aquí da igual si corrías detrás de un antílope o delante de un tigre de dientes de sable: la zanahoria y el palo daban el mismo resultado en el Pleistoceno. El que aflojaba se quedaba sin cenar o se convertía en cena, según el caso. Somos los nietos de los que no pararon por una razón o por la otra. Y el premio por no parar sigue ahí, intacto, esperándote al cruzar la meta.

Téllez tellezeando a 4.17/km y decidiendo si cenará solomillo de mamut o costillar de bisonte.
Daniel Sánchez Espejo fue 1º en la categoría Jovenes Promesas.
Alberto Hernández marcó un ritmo digno de corredores etiopes, a 4.30/km, en la categoría M50M. ¡Enhorabuena!

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