Nuestro triángulo de las Bermudas

No es fácil de ver por su disposición apaisada, pero es sin duda un triángulo. Mi conjetura es que la M significa Misterio, aunque también podría significar Manoli…

En 1974, un señor llamado Charles Berlitz publicó un libro que vendió veinte millones de ejemplares explicando que en una zona del Atlántico con forma de triángulo, delimitada por Miami, Bermudas y Puerto Rico, los barcos y los aviones desaparecían sin dejar rastro por causas que la ciencia oficial se negaba a investigar. Berlitz era nieto del fundador de la academia de idiomas, hablaba treinta y dos lenguas, y tenía una capacidad inagotable para encontrar misterios donde los demás solo veían mal tiempo y errores de navegación. Su tesis, resumida para los que entonces íbamos al colegio, era que en aquel triángulo pasaban cosas raras. Aviones que se evaporaban en pleno vuelo. Barcos que aparecían meses después con la mesa puesta y la tripulación esfumada. Brújulas que enloquecían. Pilotos que en sus últimas transmisiones por radio decían cosas inquietantes sobre el color del cielo antes de dejar de transmitir para siempre.

El más famoso de los casos, el que todos los chavales de mi quinta comentábamos en el recreo, era el del Vuelo 19. Cinco bombarderos Avenger de la marina de Estados Unidos despegaron en diciembre de 1945 de una base en Fort Lauderdale para hacer un ejercicio de rutina, y a las dos horas el instructor empezó a comunicar por radio que las brújulas no funcionaban, que no veía tierra, que no sabía hacia dónde estaba el oeste. Despegó un hidroavión a buscarlos. El hidroavión también desapareció. Veintisiete hombres en total. Nunca se encontró ni un trozo de chapa.

Aquello, para un crío impresionable (yo mismo), era literatura de altura. Mejor que Verne. Mejor que Salgari. Berlitz mezclaba documentos militares desclasificados con leyendas marineras, anomalías magnéticas con civilizaciones perdidas, y de vez en cuando metía a la Atlántida por la puerta de atrás como quien no quiere la cosa. Luego vino la ciencia aburrida a explicar que la mayoría de las desapariciones se debían a tormentas tropicales, errores de navegación, fallos mecánicos y, en algunos casos, simple invención periodística. Que ya se sabe que los periodistas tenemos mucho peligro.

Cuento todo esto porque desde hace unos días me están llegando al móvil noticias inquietantes. Vecinos ven salir a un peralico de su casa con la mochila al hombro un sábado a las siete de la mañana y no lo vuelven a ver hasta por la tarde, arrastrando los pies y con cara de haber atravesado una dimensión paralela. Coches del club aparcados en sitios donde nadie recuerda haberlos dejado. Mensajes de WhatsApp que llegan con horas de retraso desde lugares que han perdido la cobertura. El Strava de algunos compañeros marcando posiciones que no cuadran con sus rutinas habituales…

He cogido Google Maps y he ido marcando los puntos donde han ido apareciendo los desaparecidos. Tres vértices. Uno al oeste, en la Azohía, ese pueblo de pescadores donde el tiempo parece congelado en algún verano del siglo XX. Otro al suroeste, en Águilas, con esa luz de tarjeta postal que ha vuelto loco a más de un fotógrafo. Y el tercero al norte, en las Salinas de San Pedro, con los flamencos rosas haciendo equilibrios sobre una pata como instructores de pilates avícolas.

Tres puntos en la costa. Una figura triangular dentro de la cual está pasando algo que merece ser investigado con el rigor que se merece todo asunto paranormal. Porque dentro de ese triángulo, queridos socios del Club Marathon Cartagena, han ido desapareciendo nuestros compañeros uno detrás de otro, y la única cosa que tenemos clara al cierre de esta edición es que todos los desaparecidos han sido localizados sanos y salvos, aunque algunos con las piernas temblonas y otros con la mirada perdida.

Las hipótesis están todas abiertas. Mi favorita la comento al final de este post.

Lo que sí podemos hacer, con la información disponible, es reconstruir lo que sucedió en cada uno de los tres vértices durante los días en que se produjeron las desapariciones. Solo es un relato plausible de los hechos, contado con la prudencia que exigen estos temas.

Vamos por partes.


Vértice oeste: La Azohía – Isla Plana

La XIV Carrera Popular de la Azohía, sábado de Gloria. Diez kilómetros entre invernaderos de tomates, una torre vigía mirándolo todo como si ya lo hubiera visto antes… Media docena de peralicos apareció de repente en aquel lugar inverosímil, todos como recién despertados de un sueño compartido.

Se materializaron tal cual, en La Azohía, de la nada…

El primero en cruzar la meta, y aquí ya empieza a desafiar las leyes de la física conocida, fue Daniel Puyosa, que se sacó un crono de 38:49 a un ritmo medio de 4:01 por kilómetro. Detrás llegó Jose Antonio Téllez con 40:56, ritmo de 4:14, otro fenómeno paranormal… Tercero por el club entró Alberto Hernández con 43:58, ritmo de 4:33. Tres peralicos por debajo de los 44 minutos en una popular de diez kilómetros es la clase de dato que uno apunta en la libreta y subraya. Ummm…

Dani, que estaba en Madrid, apareció sorpresivamente en la playa de San Ginés.
¿Téllez es humano? Dejo caer la pregunta…

Y aquí es donde los hechos empiezan a parecerse a esos pasajes de Berlitz en los que dos pilotos que despegaron de bases distintas aparecen flotando en la misma balsa salvavidas sin saber explicar cómo. Jose Ramón Camero y Luisa María Marín cruzaron la línea de meta exactamente al mismo tiempo. Los dos en 54:52. Posición 175 él, posición 176 ella, separados por una millonésima de segundo. Que dos personas distintas, con biomecánicas distintas, con piernas distintas, con respiraciones distintas, acaben una carrera de diez kilómetros con una diferencia de menos de un segundo después de dar 7777 zancadas (aprox), es algo que nadie en su sano juicio llamaría coincidencia.

Camero y Luisa, entrelazados cuánticamente, dan de la mano a terrícolas del futuro.

Cerró el grupo Antonio Sánchez Montalbán con 1:05:50, ritmo de 6:50. Antonio es de los que entienden que en una carrera popular la posición en el cajón no la determina la línea de meta sino el camino hasta ella. La épica suele ser inversamente proporcional a la posición que ocupas cuando llegas.

La épica del 10K en versión Montalbán.

Vértice suroeste: Águilas

Evidentemente, Leandro y Fernando no son de esta planeta… El parecido de ambos con el comandante Spock salta a la vista.

Una semana más tarde, la ciudad de Águilas celebraba la decimotercera edición de su Media Maratón. Por motivos que la ciencia no ha podido aclarar todavía, en este vértice remoto del triángulo aparecieron dos peralicos. El primero fue Fernando Daniel Quesada Pereira, que firmó 1:36:41 con un ritmo medio de 4:34 por kilómetro y quedó segundo en la categoría M50 masculino. Plata.

Fernando en el podio. Disimulando…

Pero el dato que pone el vértice de Águilas oficialmente bajo sospecha de actividad paranormal es el de Leandro Miras Ontiveros. Leandro corrió la media en 1:54:34. Y aquí viene la categoría: M70 masculino, primer puesto.

Leandro haciendo el saludo secreto del exoplaneta 571-/9A.

Setenta años. Veintiún kilómetros. A 5:25 el kilómetro. WTF???


Vértice norte: Salinas de San Pedro

Aquí donde los datos disponibles para el cronista se vuelven, digámoslo sin medias tintas, fragmentarios.

Lo único que se sabe con certeza es que un número indeterminado de peralicos fueron vistos materializándose el sábado por la mañana en las inmediaciones del hotel Thalasia, en San Pedro del Pinatar. Tres horas más tarde, los peralicos —al parecer, los mismos— fueron vistos reapareciendo exactamente en el mismo punto del que habían partido. El mismo aparcamiento. Los mismos coches. Algunos llevaban flores silvestres pegadas a las mallas. Todos, sal y espuma de mar seca en la piel.

A partir de esa información, los investigadores —es decir, yo— nos vemos obligados a formular hipótesis. La más probable, después de cotejarla con la lógica geográfica del lugar, es que el itinerario fuese circular. Es decir, que los desaparecidos no atravesaron ningún portal dimensional sino que caminaron en círculo durante tres horas hasta volver al punto de partida, que es una forma muy ingeniosa que tiene la especie humana de no perderse del todo. La hipótesis circular tiene a su favor la elegancia de lo simple (la navaja de Ockham, como diría el doctor House) y el respaldo de varios milenios de senderismo organizado desde los cazadores recolectores hasta nuestros días. En su contra tiene únicamente el hecho de que no disponemos de ninguna prueba directa: no he visto fotos, salvo una asombrosamente incongruente…

¿Peralicos internándose en otra dimensión? La nieve, totalmente improbable en el Mar Menor, indicaría temperaturas cercanas al 0 absoluto, típicas de un agujero de gusano intergaláctico. Por fortuna, reversible.

Por mi propia experiencia con el lugar, me atrevo a aventurar que la ruta debió pasar por las charcas salineras, por los carriles entre molinos donde uno se siente caminando por una acuarela del siglo XIX, por la playa de la Llana… Y de ahí, vete tú a saber… Pero todo esto es especulación. La verdad oficial, hasta que aparezcan testigos o se desclasifiquen tracks, sigue siendo un enigma.

Y aquí mi teoría.

Por mi experiencia, yo diría que este lugar es un portal dimensional. A mí, por lo menos, siempre me transporta en el espacio y en el tiempo…

En un bonito exoplaneta, un peralico que andaba perdido volvió de no se sabe dónde. Todos los que acierten el lugar desde el que se tomó esta foto y/o dónde se abrió esa rendija anaranjada en el horizonte se llevarán 1 point…

Esta entrada fue publicada en Eventos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario