Los 60 maratones de Camero

Camero, con más medallas que un almirante. (Y solo trajo las de las últimas carreras).

Hubo un tiempo en el que los peralicos celebraban estas cosas. Un maratón, pues venga: se quedaba para tomar unas cervezas, se comentaban las anécdotas de la carrera (y del viaje), se brindaba por el que había hecho la hazaña (que muchas veces eran un montón). Luego, como pasa con todas las buenas costumbres, la cosa decayó. Hasta ahora. Porque el miércoles pasado recuperamos la tradición con la excusa más gorda que podíamos encontrar: los sesenta maratones de José Ramón Camero Fuentes.

Sesenta.

El caso es que nos sentamos a cenar y a charlar. Y yo hubiera ido con la intención secreta de sacarle chicha al homenajeado. Que un periodista lleva una grabadora mental que no se apaga nunca, y sesenta maratones tienen que dar para una epopeya. Para tres epopeyas. Para un ciclo artúrico completo con su caballero, su grial y sus dragones.

Pero como ya me voy conociendo el percal, ni me lo planteé. ¿Pa qué?

Camero, que es muy capaz de describirte cualquiera de sus 60 maratones con un titular que un redactor jefe te tacharía en rojo: “Bien”. “Hizo calor el final”. “Había mucha gente y costaba coger el ritmo”. “A por el siguiente, mientras el cuerpo aguante”. ¿El titular tachado? ¡Te tacharía la crónica entera!

Al principio me frustraba. Yo, que llevo toda la vida intentando que la gente me cuente cosas. Miraba la chatarra gloriosa de su última docena de medallas encima de la mesa y pensaba: hijo mío, si yo solo he corrido un maratón en mi vida, y fue hace cuarenta años, y todavía se lo cuento a cualquiera que se deje.

Pero esa noche empecé a entender que el laconismo de Camero no es timidez, ni modestia. Es otra cosa. Y no es solo Camero. Es Téllez, es Dani, es Mar, de la que todavía recuerdo un: «Se hizo durillo». Son todos. Los que llevan años corriendo distancias que les exigen todo lo que tienen, y cuando les preguntas te responden como si les preguntaras, en la caja del Lidl, qué tal las hojas esas de parra con algo raro dentro que se compró cuando la semana griega.

Y es que correr distancias respetables —respetables para ti, que lo mismo son cinco kilómetros que cuarenta y dos— te enseña algo que no viene en ningún manual de autoayuda ni en ningún podcast de desarrollo personal, aunque ahora todo el mundo hable de estoicismo como si lo hubieran inventado los de Silicon Valley. Te enseña a ponderar. A distinguir lo que importa de lo que no importa tanto. Porque cuando llevas treinta kilómetros y las piernas están en huelga y el cerebro te pide que pares y el estómago te avisa de que como sigas va a tomar decisiones por su cuenta, aprendes que, en ciertos momentos, las palabras sobran. Que lo que importa es el siguiente paso. Que la pájara del kilómetro treinta y cinco no necesita un soliloquio shakespeariano, necesita que sigas andando hasta que se pase o no se pase, y si no se pasa, pues te sientas un rato y luego sigues. O te retiras… Que tampoco pasa nada. Las cosas vienen y las cosas se van. El dolor viene y el dolor se va (aunque a veces solo se va a un segundo plano). Y cuando cruzas la meta y alguien te pregunta qué tal, dices «me salió una ampolla, pero no estuvo mal». Lo demás lo llevas dentro y no tiene traducción.

Me acordé esa noche de un libro que compré hace siglos, un americano que en los años ochenta escribía sobre maratones cuando correr maratones no estaba de moda. No me acuerdo del título ni del autor, pero me acuerdo de dos cosas que decía. La primera: que correr te da buena salud y lesiones. Las dos, inseparables, como el anverso y el reverso de la misma moneda. Y es verdad, porque mira que muchos andamos cojos de vez en cuando, con nuestras rodillas y nuestras fascitis y nuestros tendones protestando, y lo contamos con la misma naturalidad con la que los abuelicos comentan en la sala de espera del centro de salud que si la artrosis o la próstata. Sin drama. Sin épica. «Me molesta el sóleo.» «Tengo la cintilla jodida.» «Me ha dado un tirón en el gemelo.» Y vuelta a correr en cuanto se puede, que es siempre antes de lo que el médico recomienda.

La segunda cosa que decía aquel americano es que un domingo salió a correr y pasó por delante de una iglesia a la hora de misa. Un vecino lo vio y le soltó que iría mejor yendo más a la iglesia y corriendo menos. Y el corredor, que evidentemente llevaba ya unos cuantos kilómetros encima y estaba en ese estado de beatitud o bordería, según te pille el cuerpo, en el que dices cosas que normalmente no dirías, le contestó que en los últimos diez kilómetros había hablado con Dios más que toda la congregación junta cantando salmos.

Yo no soy religioso y no voy a meterme en camisas de once varas teológicas, y menos en un día como hoy, viernes de Dolores, pero reconozco una verdad cuando la oigo. Porque rezar, al fin y al cabo, es hablar contigo mismo con la esperanza de que alguien te escuche. (Y si es omnipotente, mejor). Y correr, cuando llevas el rato suficiente, es un poco eso. Una conversación larga y honesta contigo mismo en la que no puedes mentir porque el cuerpo no te deja. Te duele o no te duele. Puedes o no puedes. Estás aquí o quieres irte a casa. Y en esa conversación descubres cosas que sentado en el sofá no descubrirías nunca, porque el sofá es cómodo y la comodidad es el enemigo natural de preguntarte cosas.

No digo que correr te haga filósofo. Digo que te hace un poco más capaz de encajar lo que venga (en las carreras y, quizá, con suerte, también en la vida) sin necesidad de decorarlo con adjetivos. Los peralicos que llevan años en esto no cuentan sus carreras con épica porque no la necesitan. La épica es para los que gustan del postureo, que por algo hay gente pa tó.

Así que brindamos por Camero y sus sesenta. Y ese confesión suya, que sí valdría un titular: “Y nunca he ido a un fisio”.

Eso no es ser estoico, es ser duro de pelar.

Siempre hay una buena razón para celebrar, y si la compañía es buena, más razón todavía.

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