
La milla es una distancia rara. ¿Cuánto mide una milla? He tenido que preguntarle a Google. Vale, 1.609 metros. Uno se queda mirando el número y piensa: pero qué clase de distancia es esa. Luego le das una vuelta y dices, a ver, es que estos ingleses no miden en metros, miden en yardas, y supongo que en yardas será algo más redondo. Pues no: 1.760 yardas. What the hell!
Así qué más Google (paciencia a nuestros cinco peralicos que corrieron la XIII Milla Solidaria de la Huertecica, que están aquí para leer sus hazañas, pero un misterio es un misterio). Además, que si me contaráis cosas de vuestras carreras no me enrollaría tanto… Para facilitar la lectura, lo que está entre corchetes os lo podéis saltar e ir directamente a lo que importa.
[La cosa es que la milla no es un invento inglés sino romano. Mille passus: mil pasos. Así medían las distancias las legiones cuando se dedicaban a conquistar el mundo y a pavimentarlo de calzadas. Lo que pasa es que un paso romano no era lo que tú y yo entendemos por un paso. Nosotros contamos cada vez que apoyamos un pie: izquierdo, uno; derecho, dos. Los romanos contaban de dos en dos: izquierdo-derecho, uno. Así que mil pasos romanos eran unos 1.480 metros y la milla romana se quedaba en 5.000 pies (de los ingleses, que habría que ver qué talla gasta el pie inglés del señor al que le midieron el pie para calcularlo)… ¿Complicado?
Pues resulta que los ingleses tenían su propia unidad de medida para el campo, el furlong —que viene de furrow long, «largo del surco»—, que era la distancia que una yunta de bueyes podía arar de tirón sin descansar: 660 pies. Y cuando en 1593 el Parlamento de Isabel I se sentó a poner orden en aquel desbarajuste, decidieron que una milla tenía que caber exactamente en ocho furlongs. Ocho por 660, 5.280 pies. ¡Con lo sencillo que es el sistema métrico decimal!
Misterio resuelto. La milla es rara de cojones, sí, pero al menos ahora sabemos a quién echarle la culpa: a los bueyes.
Por si fuera poco, en Cartagena la milla tiene un problema adicional de identidad. Porque aquí, cuando dices milla, la mitad de la gente piensa en la náutica, que son 1.852 metros, casi un cuarto de kilómetro más larga. Y es normal: esta es ciudad de gente que hizo la mili embarcada o en el Arsenal, de tipos como nuestro compañero Camero que seguramente ha recorrido tantas millas náuticas o más que kilómetros de asfalto, y eso que lleva unos cuantos… En fin, que aquí, el que no tiene barquico, tiene el título de patrón por si alguna vez lo tiene.
Lo curioso es que España, que nunca ha corrido millas porque para eso tenemos el milqui —el 1.500, para los no iniciados—, ha sido históricamente una potencia en esa distancia casi gemela. Fermín Cacho ganó el oro olímpico en Barcelona 92 en un 1.500 que medio país vio sin respirar. José Luis González, José Manuel Abascal… Pero la milla, esos 109 metros de más que separan al milqui de la distancia imperial, esos son territorio inglés. No solo por los metros sino por la épica.
Porque si hay una distancia legendaria en el atletismo, es la milla. Y si hay un momento legendario en la historia de la milla, es el 6 de mayo de 1954 en la pista de ceniza de Iffley Road, Oxford. Roger Bannister, estudiante de medicina de 25 años, corriendo contra un viento cruzado que no invitaba a hacer historia, con dos colegas marcándole el ritmo como quien acompaña a un amigo al borde de un precipicio. Cuando el speaker empezó a dar el tiempo —»Three minutes…»— el resto se perdió en un rugido. 3:59.4. Había hecho lo que los fisiólogos decían que era imposible, lo que podía matarte. Bajar de cuatro minutos en la milla.
Hay récords que se baten y se olvidan. ¿Quién recuerda la primera vez que alguien bajó de diez segundos en los cien metros? Spoiler: fue Jim Hines, en México 68. Pero el de Bannister permanece en la memoria colectiva como una de esas fronteras del cuerpo humano que, una vez derribada, le cambió a todo el mundo la idea de lo posible. El récord actual anda por los 3:43 de Hicham El Guerrouj, una barbaridad, pero la gente se sigue acordando de Bannister…
Me imagino a Leanne, nuestra compañera británica, corriendo de pequeña alguna carrera escolar en la campiña inglesa, medida en millas, con la leyenda de Bannister como parte de sus recuerdos de infancia, que seguro que se la contaban en el cole. Para ella, 1.609 metros no es un número raro: es la distancia natural de correr. Para nosotros, la distancia natural es el kilómetro con sus múltiplos y submúltiplos. ¡Cuida esa rodilla, Leanne, que te echamos de menos!
El caso es que la milla arrastra esa aureola mítica. Los cuatro minutos de la milla son como las dos horas del maratón: un número redondo, limpio, que se clava en la imaginación. Kipchoge lo bajó en Viena en 2019 —1:59:40—, pero no se homologó porque aquello fue un montaje de laboratorio con liebres rotatorias, coche pantalla y hasta formación en V (como las bandadas de aves migratorias) para cortar el viento. Un experimento más que una carrera. Kiptum, que batió el récord oficial con 2:00:35 en Chicago y que decían que sí podría haberlo hecho de verdad, en competición, murió en un accidente de tráfico en Kenia en febrero de 2024. Tenía 24 años].
Y ya. Vamos a ello. Vamos con La Huertecica, que lleva desde 1983 trabajando con personas en situación de exclusión social en Cartagena, y que desde 2013 organiza esta milla solidaria para recordarnos que correr también puede servir para algo más que mirarse el Garmin.
Los peralicos

Ana Sánchez Pedreño fue nuestra representante femenina en esta edición. Ana completó la milla en 8:43, a un ritmo de 5’25» por kilómetro, octava en la categoría senior femenina. En una carrera donde todo el mundo sale a darlo todo desde el metro cero porque no hay tiempo para dosificar, cada segundo cuenta y cada segundo duele. ¡Enhorabuena Ana!

José Antonio Téllez Almodóvar está de dulce. Tercero en la M55 con un tiempo de 5:40. Cinco minutos y cuarenta segundos. Que alguien haga las cuentas: eso sale a 3’31 por kilómetro. Yo no podría ni corriendo cuesta abajo con viento a favor y habiendo firmado un pacto con el diablo. Téllez lo hace un domingo de febrero como quien va a comprar el pan.
Ignacio Vélez Garcerán hizo su milla en 6:14 a 3’52» el kilómetro, puesto 27 en la categoría senior masculina. No sale en las fotos, pero estuvo ahí, y el chip no entiende de postureo.

Antonio Sánchez Montalbán, quinto en la M60, completó la milla en 8:46 a 5’27» por kilómetro. En la categoría de los sesenta, donde cada carrera es un acto de fe en las articulaciones y de rebeldía contra el calendario, terminar entre los cinco primeros no es un resultado: es una declaración de intenciones.

Y luego está Ángel Conesa Sánchez, que cerró su milla en 6:26. Puesto 16 en la M45. Y aquí viene lo bonito del asunto, porque el ritmo de Ángel fue de 3’59» por kilómetro. ¡Bajó de cuatro minutos!
No es la milla. Es el kilómetro. Lo sé. Pero dejadme un momento.
Pista de ceniza batida por el viento. Un corredor solo contra el reloj y contra la certeza de todos los fisiólogos del mundo que dicen que no se puede, que el cuerpo humano no está diseñado para esto… Los pulmones queman. Las piernas ya no responden a órdenes racionales. El speaker coge el micrófono, hace una pausa eterna y dice: «Three minutes…»
Perdón. Me he dejado llevar. Que esto es la Avenida del Cantón, las palmeras, el Palacio de Deportes de Cartagena, la mañana de un domingo. Que por aquí, de noche, a veces corretean los jabalíes. Que esta es mi zona habitual de entrenamiento, la Línea Verde que discurre paralela (y que mide algo así como 830 metros, otro número incomprensible, la podían haber dejado en 800, como la del faro verde) y que llega casi hasta el Grifo, lugar mítico para los peralicos. Donde te cruzas con los chavales africanos que hacen dominadas y abdominales en los aparatos de calistenia, con las autocaravanas de jubilados centroeuropeos que hibernan al sol, con montones de niños que aprenden a patinar o a montar en bici, con zagalones en patinete que ni se darían cuenta si te atropellan porque encima van mirando el móvil… Un ecosistema que no se parece en nada a Oxford, pero que tiene su propia épica de andar por casa.
Ángel bajó de cuatro minutos. El kilómetro, no la milla. Pero yo, que nunca he visto un tres delante de los dos puntos en la pantalla de mi Coros, le miro con la misma admiración con la que imagino que miraban a Bannister los que estuvieron allí.
Enhorabuena a los cinco. Y gracias a La Huertecica por darnos un motivo para correr que no cabe en un reloj.







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