Gracias a Juanki y Sabela, nuestros vocales de senderismo, por organizar estas escapadas y por los retazos y fotos que luego nos ayudan a reconstruir la historia.

La AEMET lo tenía clarísimo: quédate en casita. Lluvia, viento, frío, el repertorio completo de calamidades meteorológicas que llevamos arrastrando desde que este tren de borrascas decidió instalarse en la península. Pero claro, en el Club Marathon Cartagena llevamos lo de desafiar pronósticos en el ADN, así que allí estábamos, una decena de peralicos más Lima —una perra muy cariñosa que trajeron nuestros compañeros teutones, recientemente incorporados al club—, plantados junto al faro de Portmán como quien dice «lo que tú digas, AEMET, pero nosotros vamos a salir, y ya si eso…»

La mañana del sábado se abrió como un regalo inesperado, de esos que te hacen pensar que alguien ahí arriba nos tiene aprecio. Nada de chuzos de punta. Nada de paraguas ni chubasqueros. Arrancamos con unas vistas impresionantes desde los acantilados, casi sin viento, que luego sí empezó a subir pero que a nosotros apenas nos afectó.

Y el paisaje se desató con una explosión de colores que parecía que nos habíamos colado en el escenario donde la naturaleza estaba preparando el ensayo general de la primavera: amarillos, ocres, lilas, todo ese repertorio cromático que se empeña en desbordarse en febrero cuando el calendario dice que aún falta un mes para la función oficial.

Después de los acantilados nos metimos en un bosque frondoso que nada tenía que envidiar a sus primos del norte. Pinos carrascos, palmitos, algún que otro ciprés de Cartagena, también llamado sabina mora —esa especie endémica que solo crece aquí y que los botánicos bautizaron Tetraclinus articulata porque para eso son botánicos—, todo ese verde espeso que te hace olvidar que estás en el sureste seco de España.

La última parte era la más técnica y durilla, pero el grupo la afrontó sin problema alguno. Tres horas de marcha circular que te van llevando monte arriba hasta los 305 metros de altura donde, en 1931, la dictadura de Primo de Rivera decidió plantar dos cañones Vickers modelo 1923 de 88 toneladas cada uno, dieciocho metros de longitud, calibre de 381 milímetros, alcance de 35 kilómetros. Los mismos que hay en Castillitos, en Cabo Tiñoso. Toda una red de baterías costeras que estuvieron en servicio hasta 1994, hasta que los modernos misiles las dejaron obsoletas (para los asuntos militares), aunque sus usos culturales y turísticos no caducan.

Ya arriba, en la batería, pudimos disfrutar de las magníficas vistas tanto del Mar Menor como de la costa de poniente, que aprovechamos para reponer fuerzas. La batería es un festín de arquitectura modernista abandonada: túneles, casamatas, polvorines, galerías subterráneas, ese pórtico de entrada con las cabezas de serpiente inspirado en Chichén Itzá… Alucinante.


La bajada fue cómoda, por pista, viendo la antigua bahía de Portmán, hoy todavía anegada y en espera de solución. Ese Portus Magnus que los romanos convirtieron en enclave estratégico para sacar plata, plomo y cobre, y que la minería moderna del siglo XX sepultó bajo sesenta millones de toneladas de residuos que llegaron a adentrarse doce kilómetros en el Mediterráneo. Una de las mayores catástrofes medioambientales de España, ahí abajo, a nuestros pies, esperando que alguien decida hacer algo al respecto.

Terminamos en la antigua calzada romana, frondosa de vegetación, esa misma calzada por donde los romanos bajaban el mineral hasta los barcos anclados en el puerto. Y de ahí, de vuelta a los coches para plantarnos en una terraza soleada de Portmán y dar buena cuenta de unos merecidos zumos de cebada fermentada en buena camaradería.

Como dijo Sabela… «Sábado 7 febrero, contra todo pronóstico…preciosa mañana de invierno»… De invierno disfrazado de primavera. Y como refrendó Gema: «Pasamos una muy buena mañana». De eso se trata. Y de recuperar sensaciones. En marzo, nueva excursión, ¡a ver qué nos preparan nuestros sherpas!


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