
Carlos Alcaraz iba perdiendo. Bueno, no exactamente perdiendo, pero sí dejando de ganar, que a veces es peor. Llevaba dos sets arriba contra Zverev en las semifinales del Open de Australia, a dos juegos de meterse en su primera final en Melbourne, y de pronto las piernas dejaron de responderle. Calambres. Rampas. Esa sensación de que el músculo decide por su cuenta contraerse y no soltarse, como si alguien hubiera metido un tenedor en el enchufe de tu sistema nervioso.
Lo que pasó después ya lo habéis visto: tiempo médico, polémica, Zverev echando espuma por la boca porque técnicamente no se puede pedir asistencia médica por calambres (y mira que Zverev me cae bien, porque es diabético y se mide la glucosa y se pincha en los partidos, visibilizando la diabetes, un gesto que aprecio como padre de deportista diabético), y Alcaraz bebiendo algo misterioso de un botecito. Era zumo de pepinillos. Pickle juice, lo llaman los americanos. Y funcionó. El chaval volvió a moverse, remontó el quinto set, y ahora tiene un Grand Slam más en la vitrina.
La ciencia detrás de esto es curiosa porque durante décadas todo el mundo pensó que funcionaba por los electrolitos: el sodio, el potasio, esas cosas que pierdes cuando sudas. Pero no. Resulta que el zumo de pepinillos alivia los calambres en treinta segundos, y los electrolitos tardan media hora en absorberse. Las cuentas no salen. Lo que realmente ocurre es que el ácido acético del vinagre activa unos receptores nerviosos en la garganta —los canales TRP, si os gustan los nombres técnicos— que envían una señal al cerebro diciendo «eh, resetea eso». Y el calambre se corta. Así, sin más. Como reiniciar el router cuando se cuelga internet.
Tiene algo de magia y mucho de receta de abuela. En el club lo sabemos bien: cuando llegan las Fortalezas (por cierto, ¡tengo dorsal!) y el calor aprieta, cada uno tiene su truco. Yo llevo una tarrina monodosis de vinagre de esas que ponen en los bares para la ensalada. Hay quien prefiere las gildas, las banderillas, cualquier cosa ácida y salada que te haga torcer el gesto.
Pues bien, este post es nuestro zumo de pepinillos particular. El community manager lleva semanas acumulando calambres informativos: carreras por aquí, carreras por allá, peralicos que no paran quietos ni un fin de semana (la madre que los…), y el blog pidiendo a gritos un reseteo. Así que vamos a tomarnos un buen trago de crónicas concentradas para salir del bucle y ponernos al día. Bienvenidos al zumo de peralicos.
Un bronce (y tres bronceados) en San Pedro
El 11 de enero, la V Media Maratón y 9K Paraíso Salado en San Pedro del Pinatar reunió a tres peralicos junto al Mar Menor. Elena García García se subió al tercer cajón del podio en su categoría M45F con un ritmo de 5:08 el kilómetro (¡enhorabuena Elena!). Junto a ella, Pablo Hernández (que como siempre llegó a la par, como si hicieran natación sincronizada en vez de correr) y el incombustible Fernando Montero completaron los 9 kilómetros disfrutando del ambiente y las salinas.



Noche de San Antón en Jaén

Ricardo García Garijo (que además de ser rápido como una centella es lo más parecido a una Wikipedia ambulante de la historia del fútbol local y quién sabe de qué otros conocimientos ignotos) se plantó el sábado 17 de enero en la XLIII edición de la Carrera Urbana Internacional Noche de San Antón, esos 10 kilómetros nocturnos que llevan cuarenta y tres años convirtiendo Jaén en una fiesta del atletismo popular. Catorce mil corredores en la línea de salida, récord histórico de participación, y una ciudad entera volcada en la calle con antorchas iluminando el recorrido (eso dicen las crónicas). La San Antón no es un 10K cualquiera: es fiesta de interés turístico nacional, y el motivo se entiende cuando te lo cuentan los que la han corrido.
Ricardo lo resume mejor que cualquier folleto promocional: «Es de esas carreras que te hacen amar este deporte». Y avisa a los que estéis dudando: sí, Jaén queda a más de tres horas y media de Cartagena, pero merece la pena. Eso sí, si os animáis para el año que viene, afinad los reflejos, porque los doce mil dorsales de la prueba popular se agotaron este año en dos horas y diecisiete minutos. Hay gente que tarda más en elegir serie de Netflix.

A toda pastilla en Santa Pola
Al día siguiente, el domingo 18, la cosa iba de agua salada. La 34ª Mitja Marató Internacional Vila de Santa Pola volvió a demostrar por qué está considerada una de las cuatro mejores medias maratones de España y una de las más rápidas de Europa. Circuito prácticamente plano, el Mediterráneo como telón de fondo durante 21 kilómetros, y casi 8.000 corredores en la línea de salida. Para que os hagáis una idea del nivel: el ganador paró el crono en 1:00:49. Una hora y cuarenta y nueve segundos. Yo tardo más en clavarle los puñeteros imperdibles al dorsal, pero es que lo mío no es la motricidad fina…
Antonio Pérez García y Miguel Ángel Torres Llamas llevaron los colores del club por el litoral alicantino. Antonio firmó un estupendo 1:47:51, mientras que Miguel Ángel completó los 21 kilómetros en 2:01:09. Es su media número 55, ahí es nada. Y con las mismas se marcha este mes a Nápoles, donde correrá con el Vesubio a la vista y las ruinas de Pompeya en lontananza. ¡Cómete una buena pizza a nuestra salud!



Kilómetros solidarios en Molina
Y mientras tanto, en Molina de Segura, Fernando Montero (sí, Fernando otra vez) se apuntaba a la III Carrera Popular La Molineta, una prueba de 7 kilómetros con ese carácter solidario que convierte el simple hecho de correr en algo que va más allá de la marca personal. Fernando completó el recorrido en 37:22, a un ritmo de 5:20 el kilómetro. El trazado combinó circuito urbano por el centro de Molina con tramos por la Rambla de las Canteras, la Vía Verde y la mota del río, ofreciendo un recorrido variado que sacaba a los corredores del asfalto puro y duro.

Plomo (¡y plata!) en La Unión
Y cerramos por todo lo alto con otra plata en la XXXVII Carrera Alcalde de La Unión. Lo cuenta el protagonista, Juan José Téllez, que no solo corre que se las pela, sino que lo cuenta maravillosamente.
«Qué mejor plan para una fresca y soleada mañana de invierno que correr por el monte minero de La Unión, pensé cuando a escasas dos horas del cierre de las inscripciones hice la mía. Lo que no sabía el pasado jueves es que la carrera iba a ser tan dura y a la vez tan bonita. Dura, porque sus más de 200 metros de desnivel positivo en tan sólo 9 kilómetros son cosa seria, y más si le sumas la dificultad técnica de algunos tramos de estrechísimo, roto y húmedo sendero. Tanto, que yo meditaría cambiar su denominación oficial y añadirle el título de trail, o al menos el de cross. Y bonita. Parece mentira que la Sierra Minera cuente con semejante vegetación, parajes tan frondosos, senderos de tanta belleza y paisajes con tantos contrastes. En resumen, una carrera muy cercana y totalmente aconsejable desde el plano lúdico/deportivo. Por cierto, para los que conviven con un can deportista, que sepáis que también se disputa un Cross Canino 6k. Ya en lo personal, satisfecho de mi rendimiento en la carrera y del segundo puesto obtenido en mi categoría».
Por si tenéis curiosidad, en el cross canino participaron 18 perros, y algunos podían ir a unos Juegos Olímpicos, o casi… El que ganó bajó de 3min/k. Me pregunto si el dueño aprovechó para acoplar una vela al arnés y aprovechar el impulso de su chucho para hacer kitesurf…




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