
Hacía tiempo que los Peralicos no se subían a un autobús para ir juntos a una carrera. Años, probablemente. Nos vemos en los entrenamientos, coincidimos en las carreras locales, nos cruzamos por Cartagena, pero lo de organizar una salida en grupo, con autobús y todo, eso ya era otra cosa. Eso requería intención. Y ganas. Y que alguien se pusiera las pilas para organizarlo.
Olga, la presidenta, decidió que el 24 de enero sería el Día D. Y las siete de la tarde, la Hora H. Y eligió bien: el XV Cross Nocturno de Sax, un pueblo de Alicante que cada año monta una carrera que es más fiesta que competición, más celebración que cronómetro. Ocho kilómetros, dos vueltas, cuestas incluidas (y qué cuestas), y todo el pueblo en la calle. Si queríamos volver a juntarnos, ese era el sitio.
Así que ahí estábamos, un sábado por la tarde, subiéndonos al autobús como críos de excursión. Daban ganas de ponerse a cantar eso de badabadúm badúm badumbadumbadero, como cuando salías de excursión con el colegio y el viaje era la mitad de la aventura. Aunque nosotros ya no seamos unos críos —pero correr sí que es un vestigio de la infancia, de esos años en los que ibas corriendo a todas partes, no porque tuvieras prisa, sino porque era divertido y tu corazón y tus pulmones y tus piernas te lo pedían: detrás de un balón, jugando a la pillá en el recreo, siempre masticando algo, el bocadillo de salchichón, un chicle, regaliz—. O sea, que sí, que en el fondo seguimos siendo unos críos.
El viaje discurrió sin novedad. Y cuando llegamos a Sax, lo primero que hicimos fue buscar los dorsales y los baños. Porque antes de correr, ya se sabe, el cuerpo pide lo suyo. Y aquí viene uno de los grandes descubrimientos de la noche: había un autocar-retrete. Sí, habéis leído bien. Un autobús entero remozado como un aseo portátil. Pero no de esos químicos infames donde entras conteniendo la respiración y sales traumatizado. No. Esto era un bus-váter de lujo. Subías las escaleras y casi te daba cosa de lo limpios que estaban. Dire Straits sonando de fondo mientras uno se encierra ahí dentro a hacer lo que hay que hacer (soltar lastre) antes de correr ocho kilómetros. Héctor, claro, estuvo haciendo fotos del invento —porque esto había que documentarlo—.


Después nos refugiamos en los vestuarios de la piscina municipal, donde la calefacción estaba a tope. Hacía un frío de cojones fuera, y ahí dentro se estaba tan a gusto que te entraban dudas existenciales: ¿salgo o no salgo? ¿Me quedo aquí calentito o me lanzo a la noche helada a correr como un poseso por las cuestas de Sax? Al final todos salimos, claro. Para eso habíamos ido.
La carrera fue exactamente lo que promete: un caos maravilloso. Las calles del casco antiguo son muy estrechas. Al principio hubo atasco, gente frenando, gente adelantando por donde no cabía… Pero esa es la gracia del cross nocturno: es un festival, con música en cada esquina, vecinos asomados en cada portal, chavales animando, bares donde te invitan a beber de un porrón de mistela… Y mirar arriba, a la derecha, y ver el majestuoso Castillo medieval. Una gozada.
Las cuestas dolían. Claro que dolían. Y en la segunda vuelta, cuando ya las conocías, dolían más, porque sabías lo que venía. Pero también había tramos donde podías soltarte, dejarte caer por las bajadas, aprovechar el impulso. Y siempre, siempre, había alguien gritándote algo. «Vamos, que ya queda poco». «Ánimo, que lo llevas». «Tú puedes». Quizá no lo llevabas tan bien, y a lo mejor no podías. Pero daba igual. Te lo creías.
Y entonces pasó lo que nadie espera que pase. Un corredor sufrió una parada cardíaca en plena carrera. Los servicios de emergencia actuaron rápido, pero durante muchos minutos angustiosos estuvieron ahí, en la calle, con la RCP, luchando. La carrera siguió —porque así funciona esto, la vida sigue aunque alguien las esté pasando canutas detrás de un biombo—, pero todos los que pasamos por ahí nos llevamos esa imagen. Esa sensación de fragilidad. De que esto que hacemos, correr, que parece tan inocente, tan sano, también tiene sus riesgos. Días después leí que el hombre se había recuperado. Menos mal.
Pero la noche no acabó ahí. Después vino la cena. Y la conversación. Y ahí es donde los Peralicos demostramos que somos más que un club de running: somos un grupo de gente rara con intereses variados y conversaciones imposibles. Astronomía y eclipses, navegaciones por la Antártida —con tormenta de nieve en Isla Decepción incluida, ¡esos fuelles de Neptuno!—, y del Albacete Balompié, que Ricardo es manchego y sacó pecho (aunque casi hubo que ponerle una pistola en el ídem para que presumiera un poco) después de ganarle al Real Madrid…
Y en algún momento de la cena, alguien lanzó la idea. Una escapada más seria. Un viaje como los de antes. El maratón de Florencia. O el de Marrakech. Algo grande. Algo que requiriera planificación, ilusión, compromiso. Algo que nos recordara que este club nació hace más de veinticinco años precisamente para eso: para correr juntos, sí, pero también para vivir juntos esas experiencias que solo tienen sentido si las compartes.
Ahí lo dejo.
Y luego volvimos en autobús. Con la luna como una sonrisa en el cielo, colgada ahí arriba como si también hubiera disfrutado de la noche. A gusto. En paz. Cansados pero contentos. Con esa sensación de que habíamos hecho algo más que correr ocho kilómetros. Habíamos vuelto a salir juntos. ¡Y qué bien lo pasamos!
















Debe estar conectado para enviar un comentario.